La Presentación del Niño Jesús en el Templo (Lucas 2, 22-35)
Bajo el pincel de Pablo Madrigal, la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción custodia una de las representaciones más imponentes de la Presentación de Jesús, obra que une la maestría de la escuela de Espinosa con el paisaje local.
Ubicación de la obra:
Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Biar
La obra
Este gran óleo sobre lienzo, de 290 x 310 cm, denominado retablo de la Consagración del templo parroquial de Biar. La obra se atribuye al pintor Pablo Madrigal (Cocentaina, 1627-1665), artista del ámbito valenciano, activo en la segunda mitad del siglo XVII.
Según la documentación conservada, en febrero de 1657 el Consell de la Vila de Biar encargó a Pablo Madrigal, que se encontraba entonces en la ciudad de Elda, la ejecución de este lienzo, El Retablo de la Consagración.
Madrigal fue pintor y alumno de Jacinto de Espinosa (Cocentaina, 1600-1667), una de las figuras más relevantes del barroco valenciano, conocido como «el Zurbarán valenciano» por la intensidad devocional, el naturalismo contenido y la sobriedad expresiva de su pintura. Espinosa se vincula a la corriente de los Ribalta, herederos del naturalismo barroco valenciano, aunque lejos de la tradición procedente de Juan de Juanes.
La escena
La pintura representa el episodio evangélico de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, también llamado Purificación de María, según prescribe la ley hebrea. Cumplidos los cuarenta días desde el nacimiento, se ha alcanzado el tiempo establecido para que María sea purificada y para que el primogénito sea consagrado a Dios mediante el rito legal.
María y José acuden al templo de Jerusalén como judíos piadosos, llevando la ofrenda prescrita: dos tórtolas, gesto que subraya la sencillez y pobreza del entorno en el que se manifiesta el Mesías.

El centro compositivo lo ocupa el anciano Simeón, que toma al Niño en brazos tras reconocer en Él al Salvador prometido. Hombre justo y piadoso, había recibido la revelación de que no moriría sin ver al Mesías.

El oficiante, revestido con atuendo sacerdotal de inspiración hebrea pronuncia el célebre cántico en el que proclama que Jesús es «luz para alumbrar a las naciones» y, al mismo tiempo, «signo de contradicción”, anticipando proféticamente el rechazo y el sufrimiento que marcarán su vida y su misión redentora.

Junto al oficiante aparece la profetisa Ana, testigo del cumplimiento de la promesa divina.

María, en actitud recogida y silenciosa, sostiene la ofrenda de las tórtolas, mientras José, discretamente situado, entrega unas monedas a los sacerdotes del templo. En torno a ellos se disponen otros personajes secundarios, incluido un individuo de espaldas, que refuerzan el carácter coral y ceremonial de la escena.
Lugar, arquitectura y paisaje
La acción se desarrolla bajo un pórtico monumental, identificado como el pórtico de la gloria del templo, con columnas de gran presencia que enmarcan la escena principal. La arquitectura responde a modelos clasicistas habituales en la pintura barroca valenciana.
Al fondo se abre un paisaje con montañas, vegetación, caseríos y construcciones rurales, que algunos estudiosos interpretan como una alusión idealizada al entorno de la villa de Biar. De este modo, el pintor integra el acontecimiento sagrado en un paisaje cercano y reconocible para el fiel, reforzando la dimensión humana y cotidiana del misterio representado.
Este tratamiento del paisaje y de los fondos arquitectónicos conecta con la tradición de pintores como Pedro Orrente, barroco natural de Murcia, especializado en escenas bíblicas y pastoriles.
El lienzo y su significado
Este lienzo recibe el nombre de «La Consagración”, ya que representa el acto solemne de presentar y ofrecer a Jesús en el templo, prefigurando el sacrificio final de su vida. La escena no es únicamente narrativa, sino profundamente ritual y teológica: se cumple la Ley, se revela el Mesías y se anticipa su destino como Salvador.
El gesto de Simeón, la luz que envuelve al Niño y la solemnidad del conjunto subrayan el carácter profético y universal del acontecimiento, que trasciende el ámbito judío para abrirse a todas las naciones.
El mensaje: la fiesta de la luz
La escena da sentido a la festividad de La Candelaria, celebrada el 2 de febrero, conocida como la fiesta de la luz. Simeón proclama que sus ojos han visto la salvación de Dios, expresándolo en el cántico litúrgico:
«Lumen ad revelationem gentium et gloriam plebis tuae Israel»
(Luz para revelación de las naciones y gloria de tu pueblo Israel).
Escucha esta canción :
Este texto ha sido fuente de inspiración de numerosas composiciones musicales litúrgicas, especialmente en la tradición gregoriana, vinculadas a la festividad de la Candelaria y a la expresión de despedida serena tras haber contemplado la salvación de Dios. Entre ellas destacan los cantos basados en el Nunc dimittis, así como otras piezas devocionales como «Jesús dulcis memoria«, utilizadas en celebraciones litúrgicas relacionadas con el Nombre de Jesús.
“La Candelaria simboliza, así, la luz que irrumpe en la historia, la esperanza cumplida y la redención ofrecida a toda la humanidad.”
Un legado vivo
A las puertas de febrero, el lienzo de «La Consagración» recobra todo su sentido litúrgico. Más allá de su valor artístico, la obra sigue siendo un referente de la Fiesta de la Luz, recordándonos que, hace casi cuatro siglos, un pintor de Cocentaina logró plasmar en Biar la luz que, según la tradición, vino a iluminar a todas las naciones.

Fausto Ruiz Gómez
Biar, Enero 2026
(Articulo de 2019 revisado y ampliado posteriormente)




















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