No sé qué me hace pensar que nos encontramos en los últimos años de la festividad del día del padre como fiesta arraigada en el Pueblo español.
Al menos es lo que intentarán los amantes de esta degeneración espontánea, donde ser padre está quedando como una efemérides a extinguir por su cada vez más difuso significado.
Ahora se pueden tener varios padres y ninguno biológico, ningún padre conocido o reconocido, e incluso padres de o para la ocasión.
Hoy se puede ser padre anónimo y para eso sólo es necesaria la compra de un frasquito de semen que pronto podría estar a la venta en AlíExpress, Amazon o Temu, de una o varias dosis, en oferta o en promoción de 3×2.
Tras las pintureras, variopintas y carnavaleras manifestaciones anti-hombre de esta clá de divertidas «feministillas», lejos de reivindicar todos los derechos que aún les quedan por conseguir a muchas mujeres en el mundo, se manifiestan contra todo lo que representa el otro cincuenta por ciento de la Humanidad, los hombres.
No sé de donde les vendrá este odio de continua repulsa pública, que desemboca en la más radical misandria, para chocar frontalmente con el comportamiento que en la intimidad muestran, de sumisión, complacencia y supeditación a sus correspondientes, cambiantes y efímeros machos.
Que una cosa es la algarada callejera y otra, retozar como consecuencia de fluidas pasiones poliamorosas, relaciones diversificadas y polisexsualizadas.
Frente a las movidas callejeras de estas minorías festivas y homofóbicas, se encuentra la naturalidad de la inmensa mayoría de mujeres que cada día dan muestras de su inmensa capacidad en todos los campos, niveles y condiciones.
Esta minoría vociferante y tamborilera no muestra una definida capacitación, sacrificio, trabajo, dedicación, actitud, aptitud y excelencia, que sirva para demostrar que la igualdad empieza a desequilibrarse en contra del hombre.
Estas algaradas conmemorativas sirven para cerrar telediarios, mostrando su cansina coreografía bufa con más dirigentes que manifestantes plenas de banderas que nada tienen que ver con la protesta.
Seguro que a estas divertidas «mayorettes», no se les ocurre por si solas afirmar que el día del padre es una reminiscencia machista impuesta por los nazis el General Prim y de Pío XII, más bien obedecen a consignas elaboradas con sus varones en largas jornadas de asueto.
Si levantaran la cabeza los millones de mujeres, las madres y abuelas de estas, que se dejaron la vida trabajando en las fábricas, en escuelas rurales o en el campo de sol a sol… volverían a morirse… de pena.
Mujeres que se ganaron a pulso su máxima consideración sin cuotas, dádivas o limosnas.
Trabajadoras, independientes y espléndidamente formadas a través de años de estudio, dedicación y lucha de igual a igual en oposiciones libres donde el intelecto prima sobre otras consideraciones.
No entiendo esta guerra entre sexos. No sé cual es el fin. No sé cuál es la intención. Aunque sospecho que la causa pueda venir de una absurda rivalidad nacida de ciertas frustraciones, de ciertos complejos y rémoras sociales ya superadas, pero necesarias para crear chiringuitos generosamente subvencionados.


















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