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La Basura Que Hemos De Erradicar

Resulta profundamente mezquino el modo en que, en España, el debate político se ha degradado hasta convertirse en un intercambio automático de descalificaciones. Con la precariedad que existe, con los sueldos de porquería que se pagan, con las pensiones insuficientes que se cobran. Da la sensación de que ya no importa qué se hace, ni con qué finalidad, ni a quién beneficia realmente una medida. Lo único relevante es quién la propone.

Si una iniciativa propuesta por progresistas, no gusta a la derecha, inmediatamente pasa a ser obra de “los comunistas”, presentados como una amenaza permanente, unos supuestos enemigos del país dispuestos a hundir la economía, romper la convivencia y destruir España tal y como la conocemos. En cambio, cuando una decisión tomada por la derecha no agrada a la izquierda, la respuesta es casi idéntica: se les tacha de “fascistas”, de querer recortar derechos, empobrecer a la mayoría y conducir al país a un retroceso histórico.

Este juego de etiquetas, tan previsible como estéril, revela una pobreza intelectual preocupante. No hay análisis serio, no hay matices, no hay voluntad de comprender la complejidad de los problemas reales. Carecemos de lideres de verdad. Todo se reduce a consignas, a ridiculizar al adversario y a un enfrentamiento permanente que solo beneficia a quienes viven de la crispación. Mientras tanto, los ciudadanos asisten cansados a una representación en la que unos y otros parecen más interesados en ganar posiciones para si mismos, que en mejorar la vida de la gente.

Lo más grave es que esta dinámica impide cualquier avance real. Porque cuando todo se interpreta en clave de “ellos contra nosotros”, se vuelve imposible reconocer aciertos en el otro lado o corregir errores propios. Se legisla pensando en el titular, en el aplauso fácil de los fieles, y no en las consecuencias a medio y largo plazo. Así, problemas fundamentales como la pobreza, el acceso a la vivienda, la precariedad laboral, la educación o la sanidad quedan atrapados en una batalla ideológica que los vacía de soluciones concretas.

Quizá ya va siendo hora de que esos “comunistas” y esos “fascistas” como ellos mismos se denominan aprendan algo importante: un país no se construye desde el insulto ni desde el miedo. Gobernar, o aspirar a gobernar, debería implicar la responsabilidad de buscar acuerdos básicos y de trabajar, de verdad, en beneficio de los más necesitados. No para utilizarlos como argumento político, sino para ofrecerles oportunidades reales de vivir con dignidad.

España no prosperará repitiendo eternamente los mismos reproches ni agitando fantasmas del pasado. Prosperará cuando se anteponga el interés común al partidista, cuando se juzguen las ideas por sus resultados y no por el color de quien las propone, y cuando la política recupere su sentido más noble: que es justamente servir a la sociedad y construir un futuro compartido, real y sostenible para todos, en el que seamos capaces de erradicar la pobreza, que incentivemos la industria y el comercio para acabar con el desempleo , que retribuyamos suficientemente a nuestro talento ( médicos, investigadores y eruditos) para que no se haya de marchar del país, que construyamos vivienda suficiente para los que la precisan , que protejamos a nuestro primer sector (minería, agricultura, ganadería y pesca) para poder beneficiarnos de su gestión.

Lo importante en definitiva es que acabemos con esa batalla de colores (Rojo y Azul), para conseguir una paz política basada en el establecimiento de gestores, intelectualmente bien preparados , honestos y dedicados a su labor de forma eficaz.

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Joan Pau Rica López

Politólogo

Economista, Asesor, Optimitzador empresarial y Politólogo

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Tags: El Atril de Joan Pau Rica

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