Los españoles somos demasiado exigentes con las personas que nos aman, y muy permisivos, amables y tolerantes con los que nos malquieren.
Tendemos a ser muy considerados con la falta de respeto que nos dedican los impertinentes que nos rodean y muy dados a rechazar con desmesurada energía la opinión de nuestros seres queridos.
También resulta paradójico, que a veces somos más valorados fuera de nuestro entorno familiar que dentro de él y esto nos suele proporcionar una extraña visión de la realidad, pensando que nos quieren más fuera que dentro por dedicarnos un insulso y ridículo emoticono del pueril «Me gusta».
Y reduciendo espacios, lo mismo nos ocurre con el exagerado buen concepto que tenemos de nosotros mismos, lo que no deja de ser una paradoja.
Por un lado devaluamos el concepto de patriota en el que nis incluimos todos, para de inmediato elevar nuestra singularidad hasta cotas insospechadas.
En pleno siglo XXI el rechazo frontal a las ideas, pensamientos y creencias que deberíamos tenernos en ámbitos como los, familiares, laborales y sociales, confrontan con aquellos tribales comportamientos donde se defendía a ultranza la prevalecía ideológica grupal.
Este primer cuarto de siglo nos ha proporcionado a los españoles una absoluta perdida de confianza, hasta creer que cualquier ciudadano de cualquier lugar nos supera en todo, incluso con nuestros vecinos de edificio, barrio, región o nación.
Y esta corriente comienza con la destrucción del hogar, constituyendo una práctica habitual la proliferación de familias a la deriva, muchas de ellas monoparentales, desestructuradas y desubicadas, hasta el punto, que la unidad familiar se ha convertido en una comuna, donde se dan cita todo tipo de parentescos, incluida toda la variante de hermanos biológicos con sus múltiples porcentajes de «purezas». Es la eclosión del gran mestizaje en todas sus variantes plagado de grotescos eufemismos.
La concepción tradicional de la familia ha pasado a mejor vida dando paso a una sociedad totalmente nueva, donde los parentescos se anulan, se renuevan o se crean, con todo tipo de efímeras relaciones.
Hoy pensar distinto puede resultar mortal de necesidad, según el lugar donde nos encontremos, según nuestras situaciones, circunstancias y vicisitudes.
Sólo hay que escuchar los improperios, insultos y barbaridades que se dedica esta caterva de mandamases, que dicen ser nuestros gobernantes, administradores y representantes, para darnos cuenta donde nos encontramos.
Ellos compartiendo hemiciclos, escaños, sueldos y prebendas, se empeñan en hacernos creer que son nuestros redentores hasta llamarse padres de la patria sin mostrar ningún sonrojo.
Resulta insoportable ver a todos estos insufribles embaucadores corriendo a ningún sitio, carentes dignidad, poseídos por su desmedida mediocridad, pisoteando nuestra Bandera, baboseando las de los demás e inventado otras a las que añaden estrellas caribeñas y vivos colores de repúblicas «low cost».
Y es que siempre hubo clases, castas y vividores disfrazados de libertarios, dispuestos a oprimir, timar y desvencijar al confiado ciudadano, con el único fin de procurarse una vida plena de placeres inmersos en la depravación, el vicio y la ruindad.
Si al menos tuviesen propósito de la enmienda… Si al menos cumpliesen alguna penitencia.
Aún así ¡Viva el 2026! Porque lo mejor de todo esto es, poderlo ver y contar.


















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[…] Ni Enmienda, Ni Penitencia, Ni Propósito, el Atril de Engamora, presidente del Ateneo de Ocaña […]