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Plañideras, Exhibicionistas E Hipócritas

Me causa cierta desazón observar como la muerte une lo que separa la vida, lo que constituye toda una paradoja.

He visto cómo se abrazaban hermanos, que llevaban tiempo distanciados, ante el féretro de su padre.

Cómo se fundían en emocionados abrazos excónyuges que llevaban años divorciados.

Cómo lloraban amigos hombro con hombro desde tiempo sin relación alguna.

Todos ellos abatidos por el intenso dolor que produce la muerte.

Y en pleno dolor, de pronto emergen sentimientos de honda tristeza, siendo el difunto el que propició tantos reencuentros, tantos abrazos circunstanciales, tantos sollozos ocasionales…

Mas, cuando se acaba el cortejo fúnebre, acaban los abrazos, se enjugan las lágrimas, se calman los sollozos, finalizan las amarguras y el dolor desaparece como por arte de magia, ahorrándose el duelo y el luto.

Y es que la muerte sigue produciendo emociones espontáneas, controvertidos sentires, exageradas dramatizaciones y la más vergonzante hipocresía…

Es la típica representación teatral a la que invita la muerte desde el palco que otorga la vida.

Es el eterno drama que representa la pérdida de un familiar o un amigo, tratando de mostrar a los demás el inmenso dolor que experimentamos cuando la muerte nos sorprende de manera súbita, sin darnos la posibilidad a la reflexión, al acondicionamiento emocional y al acomodamiento de nuestros súbitos sentires.

Y si a todas estas exageradas manifestaciones de dolor unimos nuestra fama de ser los mejores enterradores del mundo, el espectáculo que ofrecen las «desgarradoras» escenas nos rompe el corazón, aunque sea un ratito, aunque sea la consecuencia de la más burda comedia comprimida en un responso.

Y de aquellas mujeres de eternas negruras de la posguerra, que encadenaban los obligados lutos por las muertes de los abuelos, padres, hijos, suegros, maridos y algún tío carnal, hemos pasado a la levedad que imprime el «pésame de tanatorio», abierto en horario comercial.

Hoy incluso se aplaude a los difuntos por el hecho de ser difuntos. Son los difuntos de los telediarios, de programas del corazón y de sucesos.

Se ha puesto de moda aplaudir a la secuestrada, violada y asesinada, y nadie sabe por qué.

Es aplaudir a la muerte como homenaje, incluidas las víctimas de accidentes naturales, transportes o pandemias. Recordemos cómo se aplaudían a los féretros de decenas de víctimas del COVID.

Somos latinos, hispanos y mediterráneos, demasiada carga para mirar a la muerte con total normalidad, sin tanto aspaviento, sin tanto dolor, sin tantas lágrimas, aunque hayan desaparecido aquellas plañideras de principios del siglo pasado.

Y es que, ante la muerte de nuestros seres queridos, quedamos inermes, mudos, desolados, ahogados por un dolor, donde lo único que nos reconforta es la más absoluta soledad y el más profundo silencio.

Mientras, otros se entregan al aspaviento y al exceso. Tengo dudas, pero en todo esto da la impresión que hay cierto exhibicionismo.

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Enrique García-Moreno Amador

Presidente del Ateneo de Ocaña

Escritor y amante de Ocaña y su historia

Tags: El Atril de Enrique García-Moreno

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Enrique García-Moreno Amador

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