Tenemos una España que camina imprimiendo varias velocidades sin un destino determinado.
Por un lado, mantiene una velocidad de crucero con la que intenta conseguir notables avances tecnológicos, en base a una economía derivada de los servicios.
Por otro, la que con su parsimonia y desgana ralentiza la modernización industrial, agrícola y ganadera de la que siempre hizo gala.
Al mismo tiempo y por vías paralelas discurren tradiciones, ideas, doctrinas y una confianza cogida con alfileres.
Por una tercera vía circula con limitación de velocidad, la Cultura, la Historia y las raíces de un país anclado en cierto inmovilismo.
Siendo esta la fórmula la que hace que esta sociedad tenga varios ritmos, cadencias y propósitos totalmente diferenciados.
Y en esa gran autopista de varios carriles se hallan los conservadores, los librepensadores, socialdemócratas, progresistas, nacionalistas y los ahora denominados activistas, naturistas, verdes y ecologistas camuflados en siglas engañosas, con la pretensión de ser fieles a sus escondidas ansias de poder, sueños de grandeza y utópicas metas, sin olvidarnos de los que caminan por atajos, ventajistas de ocasión.
La sociedad se encuentra en esta encrucijada, donde de manera sorprendente, todos somos conservadores y progresistas al mismo tiempo, pretendiendo caminar de la mano, sin que se resquebrajen los principios donde anida la concordia, el entendimiento y la paz social.
En estos momentos podemos reconocer las complejas reacciones de una ciudadanía perdida en sus inconsistentes conceptos, desubicada en sus apetencias y desencantada por sus continuas derrotas.
Es una extraña sociedad que se muestra tan beligerante, que a veces impone su más irracional violencia por conseguir algo aparentemente sin importancia.
Es el resultado de no tener definidos los límites, las fronteras y los territorios donde poder desarrollar un mundo de justicia, igualdad y consenso.
Al mismo tiempo sufrimos el comportamiento violento de una parte de la ciudadanía y también una actitud medrosa, mostrándose dócil, servil, manipulable, maleable y entregada a unos dirigentes que se han erigido en conductores de una plebe sumisa y obediente, incapaz de dirigirse a sí mismo.
Y para que nada falte a este volcán a punto de entrar en erupción, vuelven los subsidios, las gratificaciones, las subvenciones, las ayudas, las soldadas mínimas vitales, los donativos, los comedores sociales, las inclusas, los asilos, las casas de beneficencia, los orfanatos…
No sé por qué, pero los de mi generación tenemos la sensación de haberlo vivido antes, con la inmensa y abismal diferencia de un país desquiciado por la acción de un consumismo atroz y devastador.
Es la regresión dentro del progreso. Es la revitalización de enfermedades ya superadas. Es volver a los orígenes de nuestros tribales comportamientos. Es volver a los asilos con denominaciones menos lesivas…
Porque el problema no está en el fondo sino en las formas. En el hecho, no en la causa. En llorar los efectos de la tragedia, no en evitarla. En el coraje no en la resignación.


















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