Todas Las Guerras Debieran Perderse

A nivel personal lo mejor que nos podría ocurrir después de vivir una larga vida es poderla calificar de satisfactoria.

Resulta muy gratificante poder detenernos al final del camino para observar, cómo sin darnos cuenta, la vida nos cambió fuerza, por libertad; años, por experiencia y vigor, por conocimiento… Y ese conocimiento nos produce una íntima satisfacción, al creer que no hicimos un buen negocio con esos cambios, comprobando al final que la libertad es incompleta, la fuerza limitada y el vigor efímero.

Esta nueva situación de serena placidez que nos da la vejez nos ha permitido cambios sustanciales en lo que hasta ahora formaba parte de nuestro comportamiento habitual.

En política, todos los que compartimos modos, situaciones y vivencias, aprendimos a no posicionarnos ideológicamente, para evitar que nuestra vida laboral se viera seriamente comprometida y nuestras relaciones sociales dañadas.

Y en el aspecto religioso tampoco, por aquello de preservar nuestra vida espiritual frente al siempre complicado materialismo.

El problema lo tenemos con las personas más cercanas a nosotros, incluido el ámbito familiar más íntimo, que pretendiendo compartir todo, terminan imponiendo sus propias convicciones doctrinales, aceptando las nuestras con evidentes reservas.

En el siempre delicado orden religioso, nuestra estudiada equidistancia nos permitió permanecer sin implicaciones, casi siempre manteniéndonos al margen, casi siempre ajenos a las diferentes corrientes, eso sí, siendo considerados y respetuosos con el prójimo.

Tuvimos la habilidad de no tener que caer en la hipocresía de pensar una cosa, decir la contraria y hacer lo contrario de lo que pensábamos y decíamos.

Resulta que ahora los partidos políticos se presentan en una extensa gama de colores, tonalidades y matices, para así mantenernos en una situación de absoluto confusionismo, tal vez por eso los daltónicos somos más felices.

De ahí este nuevo panorama, donde pretenden imponernos una hidra de varias cabezas, con intenciones disparatadas.

Ninguno seduce totalmente, ninguno satisface plenamente, ninguno convence enteramente … Y aunque todos ellos quieren ser distintos en las formas, en el fondo todos son iguales.

Siempre supimos que aquí se sigue más al ídolo, al superhéroe y al líder, que a las ideas, y como nuestra condición es la de permanecer al margen de los mitos, al final estamos presos de nuestras propias creaciones.

Los ídolos, en el fondo, son unos pobres diablos, porque ellos siempre fueron confeccionados con barro, el más humilde de los materiales…

A estas alturas de nuestra vida ya no nos da miedo esa vieja práctica que aún se mantiene vigente en los medios rurales, con ese siempre amenazante fantasma que representan los caciques, que son los que le hacen el trabajo sucio a los grandes mandatarios encargados de exprimir a los débiles a cierta distancia. La enorme distancia que separa el suntuoso despacho del tajo donde se desarrolla el trabajo.

Y es que cuántos más años se cumplen, más cosas contiene la mochila que todos llevamos a nuestras espaldas, algunas pesadas como el plomo, otras tan leves como los plumones de ganso.

Acabamos de asistir al espectáculo más grotesco que jamás pudimos imaginar, con la bufonada televisada del secuestro de Maduro. Y es que el viejo fantoche yanqui de plexiglás anaranjado y cuerpo de goma espuma, creyó que deteniendo al supuesto líder bolivariano, terminaba con las actuales extrañas dictaduras puestas de moda en diferentes territorios, en donde los dictadores crean su propio ejército para masacrar al pueblo, no para la defensa nacional.

Y para justificar la barbarie nada mejor que inventarse un delito. Es como vendar la boca a un mudo para evitar sus excesos lingüísticos.

Y de aquel ídolo caribeño, la imagen de un pelele paseado por Nueva York conducido por avergonzada guardia pretoriana de un insoportable palurdo.

 

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Enrique García-Moreno Amador

Presidente del Ateneo de Ocaña

Escritor y amante de Ocaña y su historia

Tags: El Atril de Enrique García-Moreno

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Enrique García-Moreno Amador

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