En multitud de ocasiones resultó muy complicado mantenernos fieles a nosotros mismos, a nuestros principios e ideas, hasta el punto, de no crear situaciones incómodas, disimular nuestras actitudes, ponderar apetencias y cuidar nuestras maneras.
A pesar de nuestra obsesión porque nuestra opinión no incomode a nadie, de contemporizar con todos, de mostrarnos moderados, “ellos», nunca sabremos por qué, se permiten la licencia de prejuzgarnos, sin haber intercambiado ni una sola palabra con nosotros más allá de lo estrictamente necesario.
Y esta hostil actitud nos proporcionó una personalidad marcada por la desconfianza y el recelo, componiendo así nuestras señas de identidad.
Somos conscientes de encontrarnos inmersos en una parte de la sociedad dispuesta a complicarnos la vida, resultando que nosotros, siendo prisioneros de nuestra educación, no responderemos con la misma moneda, no por ganas de no emplear el ojo por ojo, y el diente por diente, sino por ser fieles a unos principios venidos desde el seno familiar.
Y por si aún no tuviésemos bastante, algunos de los que se relacionan con nosotros, las más de las veces están dispuestos a hacernos daño por puro placer, por una irracional maldad y una marcada e injustificada inquina.
Por instinto mostramos una natural tendencia a defendernos, tendemos a refugiarnos en nuestra prefabricada burbuja a modo de búnker emocional que nos preserve del francotirador de turno y nos libere de feroces tarascadas.
Y esta autoprotección nos obliga a disimular nuestros triunfos y airear nuestros fracasos, para que esta rémora social no sienta celos de nuestras pequeñas victorias y puedan disfrutar de nuestras grandes derrotas.
En cierta ocasión un viejo Maestro, compañero de tertulia y de profesión, me decía: «Sé discreto, camina de puntillas y no despiertes a las fieras. Que ellas no huelan tus necesidades, ni tampoco tus debilidades, ni siquiera tus deseos de prosperar».
Existe una extraña fuerza que nos invita a esconder nuestra verdad para mostrarnos comprensivos con la mentira de los demás.
Lo que éstos no saben, es que, llegado este momento, nosotros, los que estamos conformes con la forma que nos ha tratado la vida después de haber luchado hasta la extenuación, somos incapaces de reunir nuestros logros y jactarnos públicamente de haberlo conseguido.
Porque si lo pregonásemos a los cuatro vientos, caeríamos en el gran pecado que representa la soberbia.
Será nuestro objetivo cumplir el deseo de mostrar una cuenta de resultados satisfactoria que nos permita justificarnos íntimamente.
Se está cumpliendo nuestro tiempo, ya estamos viviendo aquel nuestro ansiado futuro, sin traumas, sin miedos, ni resquemores.
Mirando a la vida con una sonrisa, serenamente, plácidamente…
Hasta aquellos que fueron reyes, ricos, nobles o excelsos militares, fueron transformándose hasta la nada delante de nuestros ojos, siendo lo más que les pudo haber ocurrido, quedar reflejados en las páginas de una historia escrita por un cronista a sueldo absolutamente parcial.
Y en un momento de serena calma, proyectar nuestros recuerdos de aquellos sucesos que conformaron nuestra vida con un único fin, haber permanecido fieles a nuestros principios, a pesar de haber tenido que hacer ciertas concesiones como pago al obligado peaje, que exige vivir en paz.


















1 comentario. Dejar nuevo
[…] De Puntillas, el Atril de Engamora, presidente del Ateneo de Ocaña […]