Ni es desayuno, ni es comida; es el epicentro emocional de las Fiestas de Biar donde el tiempo se detiene entre huevos fritos y reencuentros.
POR: REDACCIÓN
En el frenesí de las fiestas de Moros y Cristianos de Biar, entre desfiles, bandas de música y actos oficiales, existe un paréntesis sagrado. No figura en el programa de fiestas con letras de oro, pero nadie se lo pierde. Es el almuerzo festero, ese instante donde la fiesta se detiene, no por cansancio, sino para recoger las fuerzas necesarias que permitan seguir quemando la calle.

El sabor de la hermandad
Bajo la carpa o en el «Maset» de la comparsa, el menú es una declaración de intenciones. Aquí no hay lugar para las prisas ni para las dietas. El plato estrella sigue siendo el de siempre: huevos fritos, patatas al montón y longanizas. Se suma la «cansalá», el embutido de la tierra y esa pericana que sabe a tradición. No pueden faltar esas «faves tendres» que empieza la temporada, ni esos encurtidos que acompañan el almuerzo.
Sin embargo, los tiempos cambian y la crisis también se sienta a la mesa. Las deseadas chuletas de cordero, antaño habituales, se han convertido en un lujo que muchos caterings ya empiezan a omitir debido a la escalada de precios. Pero, como dicen los veteranos, si hay suerte y aparecen, el festín es completo.

Donde el tiempo se detiene
Pero lo que realmente alimenta en estos almuerzos no es la proteína, sino la armonía. Es el momento de la unión, donde se mezclan las anécdotas más frescas de la noche anterior con las historias legendarias de hace décadas.
«No es almorzar, no es comer, es fiesta», comentan los asistentes con una sonrisa mientras brindan.

Lo más valioso de este encuentro es su capacidad para conectar personas. Vecinos o amigos que el resto del año apenas se cruzan un «hola» por la falta de tiempo o la rutina, encuentran en el almuerzo el pretexto perfecto. Aquí el reloj se congela. Hay tiempo para charlar, para reír a carcajadas y para disfrutar de la compañía de aquellos que la vida cotidiana mantiene alejados.

Un legado que se mantiene vivo
El almuerzo festero es, en esencia, el pegamento que mantiene unida a la comunidad. Mientras haya un trozo de pan para mojar en la yema del huevo y una historia que contar, la esencia de nuestras fiestas estará a salvo. Porque, al final del día, la fiesta no solo se baila o se desfila; la fiesta, sobre todo, se comparte en torno a una mesa.




















