Receta para hundir un País

La revuelta que arde en Francia empezó en un liceo de Créteil, en el extrarradio de París, con la excusa de profesores que no se reponen, (De excusas aquí entendemos algo, una acampada en Sol, por ejemplo) aulas de 35 alumnos y edificios que se caen. El 17 de octubre se unieron chalecos amarillos, sindicatos y estudiantes contra la carestía, un montón de zurdos que no saben ni de que va la vaina y por supuesto y como no, los saqueadores, ladrones, violadores y violentos, que mire usted, oh casualidad, ya saben de donde vienen, pero por favor no digan nada malo, que son sus costumbres y hay que respetarlas.

Lo que se ha visto este fin de semana es la imagen de un Estado que ya no se hace respetar en la calle: el ayuntamiento de Limoges quemado, el de Marsella asaltado, la oficina de turismo de Lyon en llamas. Y para entender cómo se llega a ese punto hay que mirar veinticinco años de cifras, no un mes de titulares.

En junio de 2023, tras la muerte de un joven en Nanterre, la periferia francesa estalló durante una semana. El balance del Senado, deja pocas dudas sobre la magnitud. Se incendiaron 12.031 vehículos. Hubo 2.508 edificios quemados, entre ellos 105 ayuntamientos y 243 colegios, y más de mil comercios destrozados. Los daños rozaron los mil millones de euros. La edad media de los 3.500 detenidos era de 18 años. Era una generación africana nacida y criada en Francia que se volvió contra el país que la escolarizó, la curó y la subvencionó.

Las cifras demográficas explican buena parte del resto, y vienen del INSEE. Francia tiene 69,1 millones de habitantes. Durante un cuarto de siglo, los inmigrantes fueron un 7,4% estable de la población, hasta finales de los noventa. A partir de ahí la curva se dispara: hoy son 7,6 millones, el 11,2% del país, y el 48% nació en África. A ellos se suman 8 millones de descendientes nacidos en Francia. El Estado francés tiene prohibido preguntar por la religión en el censo. Aun así, su propia encuesta oficial, Trajectoires et Origines, estima que los musulmanes son ya el 10% de la población y el 44% de los inmigrantes.

Esa misma encuesta mide algo que el buenismo no mira. El 39% de los musulmanes se opone a la igualdad de derechos de las parejas homosexuales y es abiertamente machista. Entre los franceses sin religión, esas cifras caen al 6% y al 10%. Es una minoría, sí. Pero es una minoría cuatro y seis veces mayor que la del país que la recibe. Quien diga que los valores no viajan en la maleta no ha leído los datos de su propio Gobierno.

El servicio estadístico del Ministerio del Interior francés registró 132.300 agresiones sexuales en 2025, un 8% más que el año anterior. Las violaciones e intentos de violación subieron un 9%, hasta 50.400. El Ministerio atribuye buena parte de la subida a que hoy se denuncia más. Lo que ninguna campaña de concienciación explica es otro dato. Los extranjeros son el 8% de la población, pero en 2022 eran el 13% de los acusados por violencia sexual. En robos en vivienda llegaban al 41%.

El votante francés ha sacado sus propias conclusiones. Jean-Marie Le Pen no pasó del 17% en la segunda vuelta de 2002. Su hija rozó el 42% en 2022, y el Rassemblement National ganó las europeas de 2024 con un 31,4%. En todos los sondeos publicados este año, Jordan Bardella aparece con entre un 34% y un 38% de intención de voto en primera vuelta. A eso se ha llegado tras décadas de llamar fascista a quien preguntaba por las cifras.

La diferencia de España con Francia no es de rumbo, es de velocidad. En el año 2000 vivían aquí 923.879 extranjeros, el 2,3% de la población. En 2008 eran 5,27 millones, el 11,4%. Lo que a Francia le llevó medio siglo, España lo hizo en ocho años. Hoy, según el INE, somos 49,8 millones, y 10,29 millones hemos nacido fuera, más de uno de cada cinco. Los residentes con nacionalidad extranjera somos 7,44 millones, en torno al 15% de la población. En Francia esa proporción es del 8,8%. Según el Estudio demográfico de la población musulmana de la UCIDE, la Unión de Comunidades Islámicas de España, los musulmanes superan ya los 2,5 millones, y el 55% de ellos son extranjeros.

La curva del delito sexual también tiene acento conocido. En 2024 se denunciaron en España 22.846 delitos contra la libertad sexual, un 66% más que en 2016. En 2025 las agresiones sexuales con penetración volvieron a subir, hasta 5.363. Y el dato que el Ministerio publica sin subrayar: el 39,24% de los detenidos o investigados por estos delitos en 2024 eran extranjeros. En 2017 eran el 29,9%, y en 2019 ya habían pasado del 35%. Es decir, un colectivo que ronda el 15% de la población aporta casi cuatro de cada diez sospechosos. Interior repite que se denuncia más. Será. Pero esa explicación no aclara por qué crece precisamente la proporción de extranjeros entre los autores, además es muy difícil de entender para alguien que solo ve Telepedro. Se necesita bastante mas C.I.

Ni siquiera hay que inventar una receta para hundir un país. Francia la ha escrito con sus propios ingredientes.

Se empieza abriendo la puerta más rápido de lo que se es capaz de integrar. (Léase, por ejemplo, 80 mil invasores) Después se deja de exigir: la lengua, la ley y las costumbres del país que acoge pasan a ser opcionales, y quien pide cumplirlas es tachado de facha. Luego se prohíbe medir, o se mide y se esconde, para que nadie pueda relacionar una política con sus consecuencias. Se sigue repartiendo subsidios sin pedir nada a cambio, en barrios donde la policía ya no entra y el colegio ya no educa. Y al final se le dice al ciudadano que su inquietud es un prejuicio, hasta que ese ciudadano deja de fiarse de los partidos de siempre y va vota otra cosa.

España tiene todos los ingredientes sobre la mesa. Tiene hasta el 29 de noviembre el Gobierno más feminista de la historia y más preocupado por la vivienda, y un electorado de analfabetos que sigue premiándolo, porque se lo cree: el CIS (Centro de Invenciones Socialistas) de septiembre daba al PSOE el 31%. Enfrente tiene una derecha que ha tardado demasiado en hablar claro. VOX pasó del 0,2% en 2016 al 15% en noviembre de 2019. En el CIS de febrero de este año, nada sospechoso de simpatizar con Abascal, aparecía con un 18,9%. Es el mismo camino que recorrió Le Pen, con una década de retraso.

Una condena de la clase política que la usa al inmigrante como coartada moral y deja la factura a los barrios que no pisa. La caridad sin reglas no es caridad. Es dejar el problema a los que vienen detrás.

Francia tendió la mano sin mirar a quién y hoy cuenta las consecuencias. España todavía está a tiempo de no hacerlo. Pero el tiempo, como demuestran las cifras, corre más deprisa aquí que allí.

Sigan ustedes creyendo que todo el monte es orégano…

Jota Camacho

Colaborador de «El Consistorio»

Empresario y escritor con una trayectoria marcada por el liderazgo, la adaptabilidad y el compromiso social. Desde los 17 años intervino en el mundo empresarial, dirigiendo equipos de ventas, guiando empresas en crisis y asumiendo responsabilidades ejecutivas, complementando esa experiencia con estudios en Ingeniería Industrial.
Autor de *Relatos de un Maltratador*, obra que surgió desde la vivencia, la reflexión y la voluntad de transformar experiencias emocionales en un discurso literario que conmueva y active. La primera edición se agotó en menos de tres meses, y posteriormente fue ampliada y revisada para profundizar personajes y estilo.
Actualmente compagina su labor empresarial con iniciativas de divulgación literaria y social. Canta como tenor en un coro lírico y convive además de con su familia, con dos gatos esfinge, Coco y Draco, quienes son testigos silenciosos de sus procesos creativos.
Vida personal: casado en segundas nupcias y padre de dos hijas de 14 y 18 años.

Tags: El Atril de Jota Camacho

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