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¿Alta velocidad o tren convencional? Qué modelo ferroviario necesita realmente España

La red ferroviaria española vive una encrucijada histórica. España ha logrado situarse en la élite mundial de la alta velocidad, pero lo ha hecho a costa de relegar durante décadas la red convencional, especialmente en la España interior y rural. Hoy el gran debate ya no es tanto cuántos kilómetros nuevos de AVE se construyen, sino si el país será capaz de mantener, modernizar y hacer útil para la mayoría una red ferroviaria que combina líneas punteras con trazados envejecidos, lentos y al borde del abandono. ​

 

Alta velocidad: ¿necesidad o lujo?

La alta velocidad ha transformado la movilidad entre las grandes ciudades. Ha reducido drásticamente los tiempos de viaje, ha arrebatado cuota al avión en corredores como Madrid‑Barcelona o Madrid‑Valencia y ha colocado a la industria ferroviaria española en una posición de referencia europea. Las nuevas políticas comunitarias refuerzan esa apuesta: la Unión Europea impulsa corredores de alta velocidad interoperables como parte de la red transeuropea de transporte, con el objetivo de que el tren sea la opción preferente en distancias medias frente al avión.

En este contexto, la velocidad es una necesidad hasta cierto punto: alcanzar umbrales de 200‑250 km/h permite que el ferrocarril compita con el avión y el coche en tiempo y confort, especialmente si las frecuencias son altas y las tarifas competitivas. Sin embargo, la carrera por llegar a los 300‑350 km/h en todos los ejes abre un interrogante: el salto marginal en velocidad exige inversiones muy superiores en vía, señalización, energía y mantenimiento, para ahorros de tiempo limitados, mientras la red convencional agoniza en muchos territorios.

El propio sector reconoce que la prioridad ya no puede ser sumar kilómetros de LAV sin límite, sino consolidar y mantener lo que existe. Informes independientes subrayan que el mantenimiento por kilómetro de la alta velocidad española no ha crecido al mismo ritmo que la demanda y que el número de trenes en circulación, lo que se traduce en más averías, retrasos y episodios de saturación en algunos corredores. La paradoja es evidente: España presume de red avanzada, pero una parte creciente de los viajeros percibe un deterioro preocupante de la fiabilidad.

La red convencional, gran olvidada

Mientras tanto, la red convencional acumula décadas de desinversión en buena parte de la España interior. Estaciones cerradas, trenes antiguos, limitaciones de velocidad extremas y recortes de frecuencias dibujan un panorama que ha llevado a muchos territorios a ver el tren como un vestigio del pasado más que como una herramienta de futuro. La clausura de líneas y la degradación del servicio se han convertido en símbolos de abandono para comarcas enteras, que asocian la pérdida del tren a la pérdida de oportunidades.

En estas zonas, el problema no es recortar diez minutos a un trayecto entre capitales, sino poder seguir accediendo diariamente a un hospital, un instituto, una universidad o un empleo digno sin depender en exclusiva del coche. Cuando la red convencional se reduce a mínimos, la brecha de movilidad se agranda: mayores, jóvenes sin coche y personas con menos recursos quedan atrapados en la carretera o directamente en el aislamiento. Este fenómeno alimenta la despoblación, como muestran múltiples estudios que vinculan el cierre de estaciones y líneas a caídas demográficas pronunciadas en municipios del interior.

La llamada “sombra” de la alta velocidad se hace visible aquí. Allí donde una LAV ha captado la demanda de largo recorrido sin articular un sistema sólido de enlaces y servicios regionales, la línea convencional se ha ido vaciando, deteriorando y, finalmente, cerrando con el argumento de su baja rentabilidad. El resultado es un mapa ferroviario dual: ejes rápidos y competitivos para quienes viven en grandes nodos, y un mosaico de trazados en decadencia para quienes habitan en la España vaciada.

Mantenimiento: el talón de Aquiles

La raíz de buena parte de estos problemas está en el mantenimiento. Durante años, Adif destinó un porcentaje menor de recursos a conservación del que requería una red cada vez más extensa, generando un déficit acumulado que hoy se manifiesta en incidencias y restricciones. Aunque en 2024 y 2025 se han batido récords de inversión total —con cerca de 4.500 millones de euros ejecutados en 2024, una parte relevante para renovación de vía, catenaria y elementos de seguridad—, los expertos señalan que se llega tarde a corregir un deterioro larvado.

En Cercanías Madrid, por ejemplo, las incidencias se han disparado alrededor de un 28% en 2025, pese al anuncio de planes integrales de mejora y refuerzo de inversiones. Usuarios y sindicatos señalan directamente a infraestructuras envejecidas, falta de personal y una política de priorización inversora que ha favorecido históricamente a la alta velocidad frente a los servicios que más ciudadanos utilizan a diario. Casos recientes de cortes prolongados por averías en ejes como Madrid‑Andalucía ilustran los efectos de una estrategia que ha confiado demasiado en la obra nueva y demasiado poco en la conservación sistemática.

Hoy, el mantenimiento se ha convertido en una carrera contrarreloj. El Estado adjudica contratos por centenares de millones para conservación integral de miles de kilómetros de red convencional, mientras refuerza los presupuestos destinados a inspección, renovación de traviesas, mejora de catenaria o modernización de señalización. Pero la pregunta de fondo sigue siendo si el esfuerzo será sostenido o se limitará a una respuesta coyuntural ante el ruido mediático y el malestar ciudadano.

Consecuencias del deterioro: de la estación al territorio

El deterioro de las líneas convencionales no es un asunto técnico limitado a ingenieros y presupuestos; tiene consecuencias profundas sobre la vida cotidiana y el equilibrio territorial. Cada limitación de velocidad, cada supresión de servicio o cierre de estación reduce la capacidad de una comarca para retener población y atraer actividad económica. Comercios, pequeñas industrias, servicios turísticos y proyectos culturales se resienten cuando el tren deja de ser una opción razonable de acceso.

En términos climáticos, la pérdida de ferrocarril convencional empuja tráfico hacia la carretera, en particular hacia el transporte por camión, justo cuando la UE exige recortar drásticamente las emisiones del sector transporte. España mantiene una cuota de mercancías ferroviarias muy baja en comparación con otros países europeos, y el debilitamiento de líneas adecuadas para este tráfico contribuye a perpetuar esa situación. Al mismo tiempo, sustituir tren por autobús en territorios extensos y poco poblados puede ofrecer un parche, pero no resuelve la capacidad de arrastre económico y logístico que el ferrocarril bien gestionado proporciona.

A nivel simbólico, la clausura de estaciones y trazados históricos mina la confianza de la ciudadanía en las instituciones. La sensación de “ser sacrificados” en nombre de la rentabilidad alimenta la desafección política y la protesta social, como muestran los movimientos que han surgido alrededor de ejes clausurados o amenazados en la España vaciada. Recuperar esa confianza exige algo más que anuncios: requiere inversiones, pero también un cambio de narrativa que sitúe el derecho a la movilidad en el centro de la política ferroviaria.

Cuánto cuesta rehabilitar una línea convencional

Una de las objeciones habituales a la recuperación de líneas convencionales es el coste. Sin embargo, los propios análisis coste‑beneficio del Estado muestran que la rehabilitación profunda de un corredor existente es mucho más asequible que la construcción de una nueva LAV. Los estudios técnicos sitúan la renovación integral de una línea convencional —vía, balasto, traviesas, aparatos de vía y parte de la señalización— en el entorno de 2 a 2,5 millones de euros por kilómetro, con variaciones según la orografía y las condiciones de partida.

Frente a ello, el kilómetro de alta velocidad se mueve en España alrededor de los 17‑18 millones de euros, cifra que, aun siendo de las más bajas del mundo según comparativas internacionales, multiplica por casi diez el coste de rehabilitar una convencional. Esto implica que modernizar 200‑300 kilómetros de una línea ya existente podría requerir del orden de 400 a 750 millones de euros, mientras que una nueva LAV equivalente superaría los 3.000‑4.000 millones. La diferencia económica es evidente, sobre todo si se tiene en cuenta que la mejora de la convencional puede alcanzar velocidades comerciales de 140‑160 km/h, suficientes para muchos trayectos regionales y de media distancia.

Estas inversiones se estructuran en paquetes: renovación de vía y traviesas, actualización de electrificación y catenaria, modernización de sistemas de seguridad y comunicaciones, y adecuación de estaciones en accesibilidad y servicios. A ello se suma la renovación de material rodante, donde en los últimos años se han adjudicado miles de millones para nuevos trenes regionales, de media distancia y Cercanías adaptados a una red en proceso de modernización.

Opciones para revitalizar la red convencional

La buena noticia es que existen alternativas claras para revitalizar la red convencional si hay voluntad política y una planificación coherente. Diversos estudios y propuestas —desde el informe TREN 2020 hasta plataformas ecologistas y sociales— plantean un cambio de prioridades: más inversión en mantenimiento y modernización de la red existente, menos obsesión por abrir nuevas LAV de dudosa rentabilidad.

En primer lugar, la modernización técnica puede elevar de forma notable las prestaciones de muchas líneas. Renovar vía, eliminar limitaciones temporales de velocidad, actualizar catenaria y señalización, e introducir sistemas de mantenimiento predictivo basados en sensores y gestión digital de activos aumentaría la fiabilidad y reduciría costes a medio plazo. Estas actuaciones, ya previstas en parte dentro del Plan de Recuperación y las estrategias del MITMA, apuntan a un modelo donde la red convencional deja de ser la hermana pobre y se convierte en pieza central de la movilidad sostenible.

En segundo lugar, el rediseño de los servicios es clave. Tren regional cadenciado, horarios regulares fáciles de memorizar, conexiones garantizadas con la alta velocidad y los autobuses, billete integrado y plataformas digitales intuitivas pueden multiplicar el atractivo del tren convencional sin necesidad de grandes obras. El uso de material ligero, bimodo o híbrido permite ofrecer buenos servicios incluso en líneas parcialmente electrificadas, evitando la excusa de la falta de infraestructura para mantener servicios de calidad.

Finalmente, la revitalización necesita anclaje territorial. Convertir estaciones en pequeños nodos intermodales y, al mismo tiempo, en espacios de actividad económica, cultural y turística contribuye a que las comunidades locales vean la línea como un activo a defender. Proyectos de turismo ferroviario, recuperación patrimonial y logística de pequeña escala pueden complementar —no sustituir— al servicio regular, reforzando el vínculo entre ferrocarril y desarrollo local.​

La oportunidad europea

El momento no podría ser más decisivo. La Unión Europea ha situado el ferrocarril en el centro de su estrategia climática y de cohesión, y ha desplegado instrumentos financieros sin precedentes a través de NextGenerationEU, el Mecanismo Conectar Europa y los fondos estructurales. España tiene comprometidos más de 24.000 millones de euros hasta 2026 en inversiones ferroviarias, con una parte sustancial orientada a la red convencional, Cercanías y nodos intermodales, dentro del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia.

Además, Bruselas ha abierto convocatorias específicas para servicios ferroviarios innovadores que revitalicen líneas infrautilizadas, cofinanciando tanto las inversiones iniciales como la explotación durante los primeros años. Este marco permite plantear proyectos integrales de rehabilitación de corredores convencionales —que combinen viajeros, mercancías y usos territoriales— con una carga financiera nacional mucho menor que en el pasado, siempre que exista una estrategia clara y se superen las inercias administrativas.

La cuestión, por tanto, no es si hay dinero, sino hacia dónde se orienta. Si España decide seguir priorizando grandes obras de alta velocidad por encima de la conservación y mejora de la red convencional, perderá una oportunidad histórica de reequilibrar su territorio y situar el tren en el centro de su transición ecológica. Si, por el contrario, opta por un giro decidido hacia el mantenimiento, la modernización y la vertebración territorial, la red convencional puede dejar de ser un símbolo de decadencia para convertirse en motor de cohesión, empleo y futuro en la era digital.

 

 

 

Juan Andrés Buedo

Doctor en Ciencias Políticas y Sociología
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Tags: Opinión

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