En cierta ocasión participé en la monumental Ciudad de los Califas, en la realización de un curso para dirigentes de una determinada institución, en el que se daban técnicas de liderazgo y comunicación.
Los diferentes ponentes coincidieron en poner en práctica la misma técnica, que consistía en enseñar a memorizar un modelo de discurso y sobre él añadir actualizaciones puntuales. Era como las pizzas, que todas tienen la misma base, pero con el añadido de ciertos ingredientes parecen diferentes. O como ciertos platos que parten del mismo refrito o sofrito.
Y para que el mitin parezca improvisado, se introducen pinceladas de temas locales y alguna anécdota simpática que muestre cierta cercanía con la localidad donde se va a girar visita.
Fue por esto que tuve ocasión de coincidir con avezados y experimentados dirigentes del mundo de la política, todos ellos cortadas por el mismo patrón.
De inmediato me di cuenta que todos usaban idénticas técnicas, por lo que supongo que todos fueron al mismo curso o el curso se mantiene en el tiempo.
De todo esto estamos teniendo cumplidas referencias en estas fechas, ya que los lideres de los partidos políticos están entusiasmados por mostrar sus cualidades de hábiles oradores, empleando todas las argucias a las que se puedan agarrar, que son las mismas para todos, con lo que el tedio que producen es insoportable.
La realidad es que casi todos tienen memorizadas sus soflamas, que van repitiendo en cada lugar, con el recurso de ir metiendo morcillas.
Lo que nunca debe hacer un político es fiarse de su memoria, porque un exceso de confianza podría acarrearle un gran fiasco.
Los vivas equivocados refiriéndose a los vecinos de al lado y a la Patrona del pueblo rival suelen resultar absolutamente ridículos.
Recuerdo como éste que suscribe y un compañero de fatigas, fuimos «negros» de diferentes lideres, de los que nunca descubriré sus identidades por cuestiones obvias.
Tanto él como este humilde servidor, escribíamos los discursos de nuestros pretendidos ‘jefes», que ellos memorizaban durante sus desplazamientos, generalmente en coche oficial.
Los lideres leían con atención todo cuanto les habíamos preparado, con respecto a la historia, las costumbres, tradiciones y personajes populares del pueblo a donde nos dirigíamos. Incluso de su peculiar gastronomía…
Volviendo a los políticos encargados de hipnotizar, abotargar y atontolinar al pueblo, ellos van a lo suyo y sueltan sus encendidos discursos a base de ir diciendo lo que la gente quiere oír, hacen ver lo que la gente quiere ver, e invitando a la gente a que dejen de pensar, porque para pensar ya están ellos.
La puesta en escena de estos líderes la basan en llenar sus escenarios de gente bullanguera, a la que besarán, abrazarán y envolverán con sonrisas cautivadoras, siendo su indumentaria desenfadada, sencilla y a veces humilde hasta el ridículo.
Para ellos los mítines que dan en los pueblos son como ir de merienda al campo, de ahí su indumentaria de marcado estilo rural.
Recuerdo a Isabel Tocino disfrazada de pastorcita en un mitin en Extremadura
También recuerdo como muchos lideres pusieron de moda pantalones de pana, camisas a cuadros remangadas y jerséis de marca cutre anudados al cuello.
Lo del que se disfrazaba de vaquero del Oeste, andaba como los vaqueros y hablaba como un vaquero era de una cutrez extrema.
Y como detalles curiosos, aquel cariñoso saluda de Federico Trillo a los vecinos de un pueblo confundiéndolos con los de al lado, o su desliz del manda huevos
Lo de lanzar vivas a la Virgen de las Angustias confundiéndola con la de los Dolores, de otro candidato, fue muy embarazoso.
Y beber de un porrón a chorro y llenarse el generoso escote de vino tinto no fue menos llamativo de lo que lo que ocurrió a una senadora con un langostino…
Lo de comer rosquillas en los mercadillos e irlas escupiendo disimuladamente es un clásico, creo que pillaron a Martínez-Almeida escupiendo una rosquilla tonta en la Pradera de San Isidro… Lo peor fue aquel que visitó una ganadería y recibió un lametón de una vaca en sus partes nobles.
Y es que eso de ser político es una lata, sobre todo cuando creen que los votantes son imbéciles.

















