Una de mis aficiones favoritas es leer todo lo relativo a las guerras, lo que me ha llevado a descubrir que las acciones bélicas carecen de un carácter épico, ideológico y doctrinal como nos habían hecho creer.
Es más, estoy convencido que las causas fueron consecuencia de asuntos económicos, de dominio, de poder y expansión territorial, y para ello nada mejor que dar rienda suelta a una violencia minuciosamente organizada.
En la actualidad las guerras llevan una innegable acción de devastación, constituyendo la muerte los daños colaterales, para una vez reducido el territorio a escombros, reconstruirlo por los mismos que lo destruyeron, teniendo como mano de obra a los supervivientes.
Resultan muy gratificantes las guerras para los que viven de ella sin experimentar algún rubor. El secreto está en tener la riqueza necesaria para tener más armas que el enemigo o fabricarlas directamente y vendérselas también al enemigo como armas low cost.
Luego, como mágico elixir que potencia la exaltación, la barbarie, la violencia, el odio y la muerte, se encuentran las ideologías que administran a su antojo los ideólogos de los partidos políticos.
Se han puesto de moda los eslóganes y la inmensa mayoría de ellos con un claro poso político. Resulta curioso que eslóganes como el «No a la Guerra» confronte con el «Si a la Paz». Eslóganes que significando lo mismo suenan diferente.
No hace mucho vi que como en una manifestación del «No a la guerra» terminaron a bofetadas con los adversarios ideológicos, convirtiendo la marcha en una trifulca entre pacifistas.
Más de ochenta años ha tardado España en reconstruir una nación destrozada en tan solo tres.
¿Alguien puede imaginar dónde se encontraría España, si todo lo que se gastó en su reconstrucción se hubiese empleado en modernizar el país? Seguro que seríamos una gran potencia industrial, empresarial y comercial, pero entonces el negocio de unos pocos hubiese fracasado frente al bienestar de la mayoría.
Eso sí, mientras los historiadores siguen haciéndonos creer que las guerras son consecuencia de grandes gestas, Felipe VI pide perdón a Méjico por los abusos cometidos hace 500 años. ¡Si levantasen sus egregias cabezas los Reyes Católicos! Ellos que creyeron ir a evangelizar, a culturizar y civilizar, resulta que fue un abuso considerable.
Teniendo en cuenta que en tiempos de Felipe II en España no se ponía el Sol, vamos a tener que pedir perdón a medio mundo.

















