Este es el tercer artículo que escribo sobre el conflicto en Irán, en el primero de ellos, escrito a los pocos días de iniciarse el ataque de Estados Unidos e Israel, analizaba el posicionamiento de los diferentes actores y trataba de identificar los principales elementos que podrían conformar las supuestas estrategias de los contendientes. En él concluía que este conflicto no hacía sino añadir una mayor incertidumbre al actual contexto internacional y añadía que, en este mundo sin normas, las grandes potencias compiten utilizando todo tipo de recursos y que la lógica de la estrategia requiere una aproximación diferente a los problemas, sin embargo, esta racionalidad difusa también puede conducir peligrosamente hacia la máxima de Maquiavelo de que “el fin justifica los medios”.
El segundo de los artículos contenía un análisis prospectivo después de cumplirse el primer mes de la guerra, en el que se identificaban tres escenarios para la resolución de este conflicto, siendo el más plausible el que apuntaba hacia una situación de inestabilidad prolongada, en el marco de un conflicto híbrido, en el que no se prevé una solución decisiva. Un segundo escenario alternativo refería una suerte de retirada unilateral de Estados Unidos, enmarcada en una supuesta negociación con Irán. Mientras que el tercero, el más caótico, apuntaba a una escalada de la guerra provocada por el despliegue de fuerzas terrestres en el territorio iraní.
En las conclusiones a este segundo artículo hacía la recomendación de entender este conflicto como un catalizador de las transformaciones del sistema internacional, por cuanto, más allá de su dimensión regional, refleja tendencias estructurales del orden internacional, como son el debilitamiento de la gobernanza global, la fragmentación de las alianzas y la primacía de la lógica de poder, consolidando, de este modo, un entorno más incierto, competitivo y difícil de estabilizar.
En base a estas reflexiones previas, deberíamos admitir que esta nueva racionalidad difusa que impera en los tomadores de decisiones tiene un notable impacto en la gobernanza, en un contexto en el que de manera muy preocupante se relativizan las normas. Así pues, este artículo lo voy a orientar a las supuestas debilidades en el liderazgo, tomando el conflicto de Irán como telón de fondo, y de este modo llevar a los lectores a una reflexión que permita superar algunos de los sesgos informativos con los que nos enfrentamos a diario.
Hans Morgenthau, uno de los principales teóricos del realismo clásico, establece tres niveles de análisis: el propio sistema internacional y su distribución de poder, el Estado, como estructura que transmite su ambición de poder en la esfera internacional, y, tercero, el individuo, que materializa la influencia de las élites en las políticas nacionales. Es precisamente en este último, las élites gobernantes, en el que centraremos el análisis, sobre el que el citado autor hacia la siguiente consideración, resaltando con ello su importancia “(…) nos ponemos en el lugar de un estadista que se enfrenta a determinado problema de política exterior en unas circunstancias concretas, y nos preguntamos qué alternativas racionales tiene, cuál debe elegir y cómo debe afrontar el problema en esas circunstancias (…)”. Para que este planteamiento tenga un verdadero sustento en el marco de la política internacional, se debería asumir la presunción de que los decisores políticos actúan de manera racional, lo que no parece inferirse en no pocas ocasiones cuando comparamos las hipótesis en las que han fundamentado sus decisiones con los hechos reales y sus consecuencias.
Resumiendo, para el realismo clásico la unidad de análisis se centra en el Estado, el cual se ve influenciado desde el interior por las élites (no solamente políticas) y desde el exterior por el propio sistema internacional. Desde esta perspectiva estatocéntrica, la Seguridad Nacional se identifica como la condición principal a preservar mediante la aplicación del poder, incluida la fuerza militar si fuera necesario. De acuerdo con ello, para tratar de encontrar una justificación estratégica a la intervención de Estados Unidos en Irán nos apoyaremos en lo que se establece en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), sancionada por su presidente, Donald Trump, en noviembre del pasado año.
La primera impresión es una cierta incomprensión, pues en el mencionado documento se relativiza la conflictividad en la región, asumiendo incluso la manifiesta debilidad de Irán:
“El conflicto sigue siendo la dinámica más problemática de Oriente Medio, pero hoy en día este problema no es tan grave como podrían dar a entender los titulares. Irán —la principal fuerza desestabilizadora de la región— se ha visto muy debilitado por las acciones israelíes desde el 7 de octubre de 2023 y por la Operación Martillo de Medianoche del presidente Trump, llevada a cabo en junio de 2025, que mermó considerablemente el programa nuclear iraní.”
A la lectura de esta afirmación, cabría formular como primera cuestión, por qué se decide el empleo de la fuerza letal contra las instalaciones estratégicas en Irán si realmente ese país no suponía una amenaza para la desestabilización de la región, o es que, por el contrario, el supuesto éxito de la Operación Martillo de Medianoche no pasaba de ser más que pura propaganda de la administración Trump.
En otro de los párrafos dedicados a Oriente Medio, se muestra el compromiso estadounidense para garantizar los suministros energéticos del Golfo: “(…) Estados Unidos siempre tendrá un interés fundamental en garantizar que los suministros energéticos del Golfo no caigan en manos de un enemigo declarado, que el estrecho de Ormuz permanezca abierto, que el mar Rojo siga siendo navegable, (…)”. Otra aparente incongruencia, en primer lugar, porque el tráfico marítimo se realizaba con normalidad con anterioridad a la intervención, pero, además, es que el peso específico de un estrangulamiento para EE.UU. era muy relativo. En este sentido conviene puntualizar que la importancia de este enclave estratégico tiene una importancia relativa para EE.UU., centrada fundamentalmente por sus repercusiones en los mercados globales, más que su impacto directo en la economía y comercio nacionales, como se podría desprender de los datos que evidencian que por allí transita el 20% del consumo mundial de petróleo y el 25% del comercio mundial, pero solo un 10% de las importaciones de petróleo de Estados Unidos tienen su origen en los países del Golfo.
Ha sido precisamente el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán la causa del bloqueo de Ormuz e incluso la reciente amenaza de presionar con el cierre del acceso al mar Rojo a través del Estrecho de Bab al-Mandab. Se podría colegir, en consecuencia, que no se ajustaría a la lógica de la estrategia una decisión de esta envergadura, cuyos efectos negativos directos e indirectos superan con creces las posibles ventajas estratégicas, lo que podría ser calificado como un peligroso cálculo erróneo de consecuencias hoy todavía difíciles de prever.
Si seguimos desmenuzando este documento, en el mismo párrafo se recurre a una miscelánea de riesgos y supuestas alianzas, incluyendo, críticas implícitas a las anteriores administraciones estadounidenses sobre sus operaciones de reconstrucción en Afganistán e Irak, lo que dificulta en gran medida encontrar alguna luz en esta oscura decisión del presidente Trump.
“(…) la región no se convierta en un semillero ni en un exportador de terrorismo contra los intereses estadounidenses o el territorio nacional, y que Israel siga estando a salvo. Podemos y debemos hacer frente a esta amenaza tanto en el plano ideológico como en el militar, sin recurrir a décadas de guerras infructuosas de «construcción de la nación». También tenemos un claro interés en ampliar los Acuerdos de Abraham a más naciones de la región y a otros países del mundo musulmán.”
Si algo quedó meridianamente claro sobre las estrategias aplicadas en lo que el presidente George Bush Jr. denominó “guerra global contra el terror” fue la escasa eficacia del empleo de la fuerza militar como principal, cuando no único recurso de poder, en la lucha contra un fenómeno difuso y de extraordinaria complejidad como es el terrorismo internacional. Ruppert Smith en su libro “The Utility of Force”, establece que más allá de la legalidad del empleo de la fuerza, esta debe de ser útil, es decir contribuir a alcanzar el objetivo perseguido. Evidentemente en el caso de Irán su utilidad se encuentra más que cuestionada a pesar de los evidentes éxitos operacionales y estratégicos alcanzados como la afectación a infraestructuras críticas, incluido las relacionadas con el enriquecimiento del uranio; el debilitamiento de la capacidad operacional de las fuerzas armadas iranís y su producción armamentística; o incluso el pretendido debilitamiento del régimen de los ayatolás, cuya cúpula ha quedado francamente mermada, pero no así su estructura de gobierno. De hecho, lejos de ser alcanzada la pretendida ventaja estratégica por EE.UU. e Israel, lo que se está poniendo de manifiesto es el nivel de resiliencia de Irán, manifestando su habilidad para transitar hacia un conflicto híbrido en el que puede explotar sus capacidades asimétricas frente a adversarios con mayor potencial bélico convencional.
Otra preocupante debilidad estratégica estadounidense tiene que ver con el daño a sus alianzas tradicionales, esperemos que no irreparable. Exceptuando Israel, cuyo primer ministro Benjamín Netanyahu[1] arrastró a Trump a esta guerra en Oriente Medio, el resto no fueron tenidos en cuenta en una decisión con unas repercusiones tan profundas para ellos. Mismos aliados que luego han sido cuestionados por no colaborar y que han mostrado su desacuerdo. En lo que se refiere a los países amigos del Golfo, la cuestión es hasta que punto están dispuestos a arriesgar su supervivencia, cuyas economías tienen una dependencia absoluta de los recursos energéticos. Pero, más grave es aún si cabe, la cada vez más evidente ruptura del vínculo transatlántico, con unas consecuencias dramáticas en materia de seguridad y defensa para Europa, máxime cuando se tiene una guerra abierta en territorio europeo y existe una amenaza manifiesta por parte de Rusia.
El último de los párrafos que dedica la ESN estadounidense a Oriente Medio es especialmente notable al objeto de este análisis cuando menciona: “(…) afortunadamente, han quedado atrás los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior estadounidense, (…); no porque Oriente Medio haya dejado de ser importante, sino porque ya no es el motivo constante de irritación ni la fuente potencial de catástrofe inminente que fue en su día. Más bien se está convirtiendo en un lugar de colaboración, amistad e inversión, una tendencia que debe acogerse con satisfacción y fomentarse.” (el subrayado es del autor).
Curiosa manera de entender la colaboración, amistad e inversión. Dos meses habían transcurrido desde que fueron ratificadas estas afirmaciones cuando Estados Unidos rompió cualquier vínculo, incluso con sus aliados tradicionales; convirtió la presunta relación de armonía en una guerra abierta; y asestó un golpe de consecuencias imprevisibles a la economía mundial.
Pero he dejado para el final una afirmación que refleja la inconsistencia de la política exterior de la administración Trump, a propósito de la loa que en el referido documento estratégico se hace a “la capacidad del presidente Trump para unir al mundo árabe en Sharm el-Sheikh en pos de la paz y la normalización permitirá a Estados Unidos dar finalmente prioridad a los intereses estadounidenses” (sic). Posiblemente esta manifestación explícita a los intereses estadounidenses es la única realmente consecuente. Sin embargo, el fondo del problema radica en conocer cuáles son los intereses reales de la que sigue siendo la primera potencia mundial, a pesar de sus evidentes debilidades. Pero, sea como fuere, lo que es más que evidente es que se trata de una decisión política alejada de la estrategia, lo que redunda en la debilidad de ambas.
Conforme van pasando las semanas y a la vista de los resultados del conflicto se confirma que estamos ante una decisión personal del presidente norteamericano sin un sustento estratégico, poniendo de manifiesto la visión de Morgenthau sobre la influencia de las élites sobre las decisiones de los Estados. No olvidemos que Donald Trump llega a la política desde el mundo de la empresa, donde ha jugado un papel que podría calificarse de “depredador inmobiliario”, y que su advenimiento se produjo fundamentalmente por el desapego de los estadounidenses por su clase política. Pero antes de continuar con el análisis del liderazgo, quisiera señalar una de las características que reflejan la forma de gobernar de este presidente americano, cual es el culto a su propia imagen, reflejado no solo en las manifestaciones externas, sino en todo su proceder. Prueba de ello, son las referencias explícitas a su persona en la referida ESN-2025, hasta en 27 ocasiones se cita su nombre en el que es un documento institucional, de hecho, en las estrategias de 2015 y 2022, de los presidentes Obama y Biden, respectivamente, no había ni una sola cita a sus nombres.
Si bien el caso del presidente Trump ofrece un ejemplo especialmente ilustrativo, las patologías del liderazgo identificadas no constituyen una anomalía aislada, sino un patrón recurrente en contextos de alta incertidumbre estratégica. De hecho, la influencia del individuo en la política internacional adquiere mayor relevancia cuando se debilitan los marcos normativos y los mecanismos de control institucional. En este sentido, dinámicas similares pueden observarse, con distintos grados de intensidad, en otros liderazgos contemporáneos, donde la personalización del poder, la construcción de narrativas ad hoc y la simplificación de entornos complejos condicionan decisiones de alto impacto estratégico. El caso analizado debe, por tanto, interpretarse como una manifestación particularmente visible de una tendencia más amplia en el sistema internacional actual.
A este fin, y centrado en el conflicto en Irán, he considerado traer cuatro modelos disfuncionales del liderazgo, tomando como hilo conductor para su análisis la relación trinitaria entre el líder, la necesidad y los seguidores.
- Patología de origen. Se manifiesta cuando el liderazgo nace más de una ambición personal de afirmación y centralidad del líder que de una necesidad objetiva de la situación. La decisión de atacar Irán bien podría identificarse con esta desviación en la medida que, primero, representa una reafirmación del propio líder, obviando la lógica estratégica reflejada en su propia ESN; segundo se lleva a cabo sin contar con un adecuado asesoramiento técnico-militar, como ponen de manifiesto los ceses de altos cargos de la administración militar de los últimos días; y tercero, es tomada a espaldas de los aliados tradicionales de Estados Unidos.
- Patología de inicio. En este caso el líder recurre a construir y manipular la narrativa para legitimar la acción, creando una necesidad que no se ajusta a la realidad y que en la mayoría de los casos no convence a otros seguidores más allá de los incondicionales. Aunque, se podría afirmar que esta anomalía de liderazgo es “marca de la casa”, lo hemos visto con los aranceles, con Groenlandia y en la relación con la Unión Europea o con China, por citar algunos ejemplos, pero que en el caso de Irán es más que evidente. El recurso a la amenaza que supone Irán para la seguridad regional y mundial ha sido utilizado de manera torticera y posiblemente no se ajuste con exactitud a la realidad. La amenaza nuclear del régimen iraní pasó por haber estado amortizada tras los ataques de junio de 2025 a ser un riesgo inminente el que Irán contara con armamento nuclear en enero de 2026. Los crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen de Teherán en el pasado mes de enero, a pesar del llamado a la población iraní para derrocar a los ayatolás, no deja de ser más que un canto al sol, pues no existe una oposición mínimamente organizada, y no parece que sea éste el propósito de EE.UU., tal y como se desprende de la citada ESN, en la que se deja claro que ha dejado a un lado las guerras para la “construcción de la nación” (sic), como fue el caso de Afganistán e Irak.
Esta patología se puede ver de una manera muy palpable, además, en la presión que trata de ejercer Trump sobre sus aliados europeos a propósito de la apertura del Estrecho de Ormuz, recurriendo a descalificaciones como la de “aprovechados” con la que les acusa por no querer participar en una operación a la que en su momento no fueron llamados y que ahora necesita para salir en el plazo más breve posible.
- Patología de adecuación. Las respuestas del líder no se ajustan a la complejidad del entorno. En este caso se trata de su reducción deliberada y no tanto de una incapacidad para afrontarla, lo que le llevaría a adoptar respuestas estratégicamente incorrectas o, cuando menos incompletas. El supuesto origen del conflicto en Irán radica en un problema multidimensional que está siendo abordado exclusivamente con el empleo de la fuerza. En las páginas anteriores hemos desmenuzado las directrices estratégicas que prevé la propia ESN de Estados Unidos, evidenciando la debilidad la justificación de esta intervención en una lógica de adecuación de fines y medios.
- Patología de fin. Esta disfunción viene a poner el énfasis que el riesgo de que el liderazgo deje de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo. En el caso del actual presidente norteamericano queda reflejado en la utilización que hace de la acción exterior como instrumento de reafirmación personal por encima de la lógica estratégica. Sus manifestaciones y acciones son reflejo de una preocupante megalomanía que no reconoce ninguna limitación en los campos políticos, estratégicos, legales e incluso éticos.
Este análisis del comportamiento de Donald Trump en el conflicto con Irán, a la luz del marco teórico de Hans Morgenthau, pone de manifiesto cómo las patologías del liderazgo erosionan la racionalidad estratégica en la toma de decisiones. Lejos de responder a una lógica de intereses coherentemente definidos, la acción política aparece condicionada por dinámicas de autoafirmación, por una construcción interesada de las narrativas y una simplificación deliberada de entornos complejos, tres comportamientos claramente identificados con los sesgos populistas propios de muchos dirigentes políticos en nuestros días. Esta disfunción no solo genera incoherencias entre fines y medios, sino que introduce un factor de imprevisibilidad que amplifica los riesgos sistémicos, debilita la credibilidad internacional y tensiona los equilibrios de poder. En este sentido, el caso analizado ilustra cómo las disfunciones en el liderazgo pueden convertirse en un vector crítico de inestabilidad en el sistema internacional, especialmente en un contexto caracterizado por la fragilidad normativa y un orden mundial difuso.
Conclusiones.
- Influencia del individuo en la decisión estratégica. El conflicto en Irán está evidenciando que, en determinados contextos, la voluntad y perfil del líder pueden prevalecer sobre los condicionantes estructurales y los análisis estratégicos, lo que refuerzo el modelo de análisis propuesto por el realismo clásico.
- Disfuncionalidad entre la política y la estrategia. La incoherencia entre la Estrategia de Seguridad Nacional y las decisiones adoptadas refleja un desajuste entre los objetivos políticos y los estratégicos, lo que está cuestionando la credibilidad de la política exterior estadounidense.
- Erosión de las alianzas y del orden internacional. La actuación unilateral está tensionando las relaciones con los aliados tradicionales y contribuyendo a una fragmentación del sistema internacional, reforzando las dinámicas de desconfianza y competencia.
- Ineficacia del uso de la fuerza como recurso exclusivo para la resolución de conflictos complejos. La intervención en Irán está confirmando una vez más los límites del poder militar en escenarios híbridos y multidimensionales, donde los efectos estratégicos son inciertos y, en muchos casos, contraproducentes.
- El conflicto de Irán debe de ser analizado como síntoma de un cambio sistémico amplio. Más allá del enfrentamiento bélico, la guerra con Irán actúa como catalizador de algunas tendencias estructurales, como es el caso del debilitamiento de la gobernanza global, así como de la relativización normativa y la consolidación de un entorno internacional más volátil e imprevisible.
Termino este artículo el sábado 4 de abril, a solo 48 horas de que se cumpla el plazo dado por Trump a Teherán, con el anuncio del presidente de que han alcanzado los objetivos militares y que en dos o tres semanas retirará sus fuerzas de la región, con reproches y amenazas a socios tradicionales como Reino Unido o Francia, con el anuncio de que domina el mercado mundial del petróleo, en fin, populismo en estado puro. No sé cuándo se publicará este trabajo, con este personaje bien pudiera ser que cuando llegue a los lectores lo aquí expuesto podría haber quedado obsoleto, pero de lo que caben pocas dudas es el cuándo menos cuestionable liderazgo que rige el orden mundial de nuestros días.
[1] Israel tiene un régimen presidencialista, siendo su presidente Isaac Herzog. El primer ministro es el principal cargo político y responsable del desarrollo de las políticas del país, siendo de facto quien ostenta el poder político real.


















