En un anterior análisis sobre la captura del dictador Nicolás Maduro por Estados Unidos planteaba las siguientes tres cuestiones: los aspectos legales de la operación, las condiciones que debieran presidir la transición de Venezuela hacia un régimen democrático, y la relación de esta decisión de la Administración Trump con un cambio profundo en la geoestrategia estadounidense. En el presente estudio voy a profundizar en los aspectos relacionados con este último punto. A este tenor, procede acuñar una premisa inicial para establecer que para comprender esta geoestrategia en toda su amplitud es necesario comenzar con la definición del sistema de poder actual que define el contexto internacional de nuestros días, para, a partir de él, determinar el modo en cómo influye en la configuración del marco geopolítico.
Antes de comenzar, propongo establecer una diferencia entre dos términos que a veces se utilizan indistintamente como son los de la geopolítica y la geoestrategia, dos conceptos estrechamente relacionados, pero no equivalentes. La primera se corresponde con un marco analítico e interpretativo, siendo su finalidad explicar cómo los factores geográficos influyen en el comportamiento, las decisiones y el poder de los actores internacionales. Mientras que la segunda se trata de un concepto operativo y normativo que parte del análisis geopolítico, pero que su finalidad es decidir y actuar para alcanzar objetivos estratégicos concretos. Es decir, de una manera sencilla se podría decir que hablamos de geopolítica al describir una región geográfica en relación con factores políticos y lo hacemos de geoestrategia cuando aplicamos los intereses de un actor estratégico en un entorno geopolítico.
Debido a su extensión el presente análisis lo voy a dividir en tres partes. En esta primera sección haré una aproximación al actual sistema internacional desde su enfoque histórico, por cuanto las sociedades humanas, pese a los cambios tecnológicos y culturales, tienden a reproducir patrones estructurales de ascenso, consolidación, decadencia y colapso. No se trata de una repetición mecánica de los hechos, sino de una recurrencia de dinámicas profundas que se manifiestan bajo formas distintas según el contexto histórico. En la segunda haré una descripción del contexto internacional actual, tratando de llevar a la comprensión de los lectores su complejidad, analizando, para ello, el papel que juegan los diferentes actores internacionales y su relación con el poder. En la última parte de este trabajo profundizo en los modelos geopolíticos que conforman el escenario de la seguridad internacional en esta tercera década del Siglo XXI, comparándolos con las teorías tradicionales en este campo y su adaptación al complejo e incierto contexto internacional.
Una reflexión histórica sobre el actual sistema internacional
El carácter cíclico de la Historia se observa con especial claridad en el ámbito del poder internacional. Cada época histórica incorpora elementos nuevos, ya sean tecnológicos, ideológicos o demográficos, pero la lógica subyacente de competencia, adaptación y supervivencia tiene una mayor permanencia en el tiempo. Lo anterior no significa que asumir la recurrencia de la Historia implique caer en el determinismo; al contrario, los ciclos no son cerrados ni idénticos, sino que están influidos por diferentes factores entre los que se podrían citar la propia evolución de las sociedades y su capacidad de innovación, los desafíos a los que se enfrentan, entre otros, y de una manera muy especial a los procesos de decisión, en su relación con el liderazgo. Reconocer esta condición de la Historia tiene un valor analítico y estratégico fundamental, al permitir relativizar la idea de excepcionalidad de cada época, identificar señales tempranas de cambio y comprender que las crisis no son anomalías, sino fases recurrentes de transformación. Para los decisores políticos y estratégicos, esta conciencia no sirve para predecir el futuro con exactitud, sino para pensar en términos de tendencias, rupturas y ventanas de oportunidad, asumiendo que todo orden histórico es, por definición, transitorio.
En este afán de encontrar un antecedente histórico que ayude a comprender hacia dónde se orienta la nueva relación de poder, algunos analistas proponen la idea de que el sistema internacional se aproxima a una nueva edición del modelo bipolar que surgió de la Guerra Fría, en el que las dos grandes potencias -la Unión Soviética (URSS) y los Estados Unidos de América (EUA)- se repartían sus áreas de influencia y fundamentaban su poder en las estrategias de disuasión, donde China ocuparía el papel que otrora asumió la URSS. Sin embargo, desde mi punto de vista, esta visión la considero un tanto simplista y poco acorde a la realidad que vivimos en esta tercera década del Siglo, y las razones de esta valoración la podría fundamentar en los siguientes argumentos:
1º. Ambas superpotencias no compiten ideológicamente. China no representa el modelo socialista como lo hacía la URSS durante la Guerra Fría, ni los EUA responden ya al modelo tradicional que fundamentó la democracia liberal, ambas se mueven por intereses fundamentalmente económicos. Adicionalmente, se podría colegir que tanto una como otra se sustentan en un liderazgo que podría ser clasificado como autoritario y discrecional, caracterizado por una recurrente desviación ética y normativa. En este modelo bien podrían encajar los presidentes de ambas naciones, aunque, eso sí, con notables diferencias entre ellos, mientras Xi Jinping responde a un modelo dictatorial, Trump está más cerca del paradigma de un líder populista.
2º. El sistema internacional basado en normas que surgió de la Segunda Guerra Mundial (SGM), del que se puede decir que ha pervivido hasta los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 más allá del diferente equilibrio de poder bipolar y “unimultipolar”1, antes o después de la Guerra Fría, respectivamente. Esta preeminencia normativa era fruto precisamente de que los orígenes de las dos guerras mundiales fueron entre otros la inexistencia de una normativa internacional y el ineficaz papel de la Sociedad de Naciones lo que facilitó el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial (PGM) y el de la SGM, respectivamente. Así pues, acabado este conflicto armado era necesario construir la seguridad mundial en base a un sistema normativo eficaz y eficiente, lo que sin duda durante años aportó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y un entramado de organizaciones internacionales relacionadas con la justicia, el comercio, la economía, etc. Hoy el papel de la ONU se encuentra ampliamente cuestionado por la propia obsolescencia de su estructura y liderazgo, lo que abona el camino para aquellos líderes que fundamentan sus decisiones en sus propios intereses.
3º. El papel que jugaron las alianzas y las medidas de confianza han permitido un largo período de estabilidad mundial, más allá de los conflictos acaecidos en diversas partes del mundo que no son objeto del presente estudio. Refiriéndome a las primeras, cabe destacar la función que ha llevado a cabo la OTAN, tanto en su compromiso con la defensa colectiva como, a partir de los años 90’s. como organización comprometida con la seguridad internacional. Por su parte las medidas de confianza fueron fundamentales en la transición de la Federación Rusa desde la extinta URSS y sus países satélites, hoy la mayoría de ellos son regímenes democráticos integrados en la UE. Actualmente las potencias del sistema dan preeminencia a las estrategias de competición frente a las de cooperación que fueron el referente en los años 80’s y 90’s del pasado siglo.
4º. Europa, extenuada tras dos cruentas guerras, renacía unida después de siglos de divisiones, con el apoyo de la gran potencia occidental, Estados Unidos. El Tratado del Atlántico Norte aportaba precisamente el marco de seguridad que los países europeos precisaban para su desarrollo. Esta situación cristalizaba en 1992 con la firma del Tratado de Maastricht por el que se creaba la Unión Europea. Sin embargo, hoy en día la Unión Europea muestra una preocupante falta de cohesión y debilidad institucional para hacer frente a las complejas crisis de seguridad actuales, situación que se ve agravada si consideramos que el “vínculo transatlántico” está debilitado, cuando no amenazado por las políticas de Donald Trump.
Llegados a este punto, parece claro concluir que la situación actual no se asemeja a las décadas de los años 50’s a los 80’s del pasado siglo; sin embargo, sí se podrían encontrar notables similitudes del actual sistema internacional con el de otras épocas históricas. Los años anteriores a la PGM el equilibrio de poder podría definirse como un orden multipolar clásico con una distribución relativamente estable en función de unas áreas de influencia aceptadas por las potencias del sistema, pero con una tendencia creciente hacia una mayor tensión. En ese momento se podrían identificar tres grandes potencias:
- Reino Unido era la gran potencia colonial, siendo la India el centro de su poder exterior y su visión geoestratégica era asegurar no solo su indiscutible poderío naval, sino también reforzar el control sobre los accesos terrestres lo que daba sentido a su interés en el dominio de Eurasia y Asia Central, al asumir la teoría geopolítica de la “tierra corazón” (Hearthland) de McKinder, puede ser considerado como el único poder global: “quien gobierna Europa Oriental domina el Heartland; quien gobierna el Heartland domina la Isla-Mundo; quien gobierna la Isla-Mundo domina el mundo.”
- Francia, a la que cabría considerarla como el segundo pilar del sistema, orientaba su esfuerzo hacia África del Norte y Oriente Medio (Siria y Líbano principalmente). Aunque, había perdido sus extraordinarias capacidades militares de la época napoleónica, seguía manteniendo un notable poderío militar en el ámbito terrestre. Su visión geopolítica se enfocaba hacia la expansión territorial en el concepto de Lebensraum (espacio vital) como medio para compensar su escasez de población y de recursos vitales. Su poder podía ser considerado como regional, en ningún caso global, siendo reforzado por medio de Alianzas, fundamentalmente con el Reino Unido y Rusia.
- Alemania ejercía el liderazgo del Imperio Alemán y, como en el caso Francia, su geoestrategia se orientaba a la ampliación de su espacio vital, compitiendo en su expansión con Francia, principalmente en África, mientras que con el Reino Unido pugnaba por un mayor control en las rutas marítimas, necesarias para su creciente comercio que se comienza a orientar hacia el Continente Americano. En las primeras décadas del pasado siglo el ejército alemán era sin duda el de mayor poder en Europa. En el campo de las alianzas, Austria-Hungría es una potencia secundaria que complementa a Alemania
A estas tres potencias principales del sistema cabría mencionar otras complementarias. Estados Unidos como potencia emergente, especialmente después de su guerra con España en 1898, cuyos objetivos estratégicos vitales se concentraban en la propia América y sus problemáticos procesos de independencia, algo que quedaba materializado en lo que se conoce como “Doctrina Monroe”. Por otra parte, consciente de la expansión de los imperios que se aglutinaban en torno a las tres grandes potencias arriba citadas, Estados Unidos, necesitaba asegurar sus rutas marítimas, lo que llevará al desarrollo de la teoría geopolítica de Mahan, quien sostiene que el control del mar es el factor decisivo del poder nacional y del predominio global.
Otra potencia del sistema internacional del comienzo del Siglo XX era Turquía, como centro del Imperio Otomano, el cual se encontraba ya en franco declive, siendo, de hecho, generador de frecuentes crisis entre potencias.
Un factor importante para destacar en esta breve descripción es la ausencia de instituciones multilaterales efectivas de gobernanza regional y global y, en consecuencia, un evidente vacío normativo que genera una paz de gran fragilidad, débilmente mantenida por un poder basado en la capacidad militar, el potencial industrial y el comercio, un equilibrio de gran rigidez y nada cooperativo.
Posiblemente este último modelo descrito nos permite una aproximación más precisa al de nuestros días con la lógica excepción de que las potencias del sistema que en este caso serían China, Rusia y Estados Unidos, las que, en similitud al anteriormente descrito, las dos primeras serían convergentes en sus objetivos y ambas compitiendo con Estados Unidos. Junto a estas tres potencias encontramos a una Unión Europea que no ha alcanzado el nivel de cohesión y eficiencia deseado y que a pesar de su potencial no puede ser considerada una potencia de primer orden y junto a ellas un conjunto de Estados con capacidades diversas y con diferente nivel de influencia en las diferentes regiones geopolíticas, como sería el caso de Japón y Corea del Sur en Asia Pacífico, especialmente en los ámbitos económico y tecnológico y Corea del Norte e Irán como potencias desestabilizadoras del sistema.
Siguiendo la comparación con la época histórica de comienzos del pasado siglo, a diferencia de ella, si bien se cuenta hoy en día con una constelación de organizaciones internacionales, éstas se encuentran dominadas por las potencias del sistema, la cuales 4 son cada vez más renuentes a la aceptación de normas universales. De acuerdo con los dos modelos del orden mundial analizados, pareciera más apropiado, en mi opinión, comparar el sistema internacional actual al que se conformaba con anterioridad a la primera gran guerra que al que pervivió durante la Guerra Fría y su extensión hasta los ataques del 11S de 2001.
Para terminar esta parte del estudio propuesto, quisiera hacer notar que la consecuencia de aquel orden mundial sin normas dio lugar al que posiblemente haya sido el período más destructivo y violento de la historia de la humanidad que se inicia en el año 1914 con la Primera Guerra Mundial y que finalizaría con la Segunda en 1945, con un intervalo entre ellas caracterizado por una paz sin seguridad, una profunda crisis económica y un surgimiento de revoluciones sociales. Sin ánimo de caer en el catastrofismo, se podría entonces colegir que nos encontramos ante un escenario prebélico, algo que sería difícil aceptar si pensamos en los campos de batalla de lo que se conocen como las guerras de destrucción o guerras de la época industrial, pero que no estaría tan alejado de la realidad si pensamos en espacios operacionales globales, discontinuos y concurrentes en diferentes ámbitos que caracterizan lo que denominamos guerras híbridas.





















