En mi anterior artículo mencionaba la importancia que tiene el relato para modular la percepción que un grupo humano desarrolla sobre un determinado hecho, concluyendo con la afirmación de que la seguridad deja de ser un objetivo para convertirse en una variable dependiente de la narrativa. Tal dependencia no surge de manera espontánea, es causa y efecto de la existencia de un espacio en el que ésta incide y lo conforma que no es otro que el “Terreno Humano”. En esta ocasión voy a ahondar en este concepto, el cual supongo que será novedoso para muchos lectores.
La influencia del discurso sobre la percepción colectiva responde a lógicas de análisis y actuación que desde hace décadas forman parte del ámbito de la estrategia y de la inteligencia, por lo que no debiera simplificarse en una mera dinámica coyuntural ni circunscribirse exclusivamente al ámbito político. En términos generales, el Terreno Humano (TH) podría ser entendido como el espacio social, emocional y cognitivo en el que se articulan las creencias, temores, identidades, agravios y expectativas de una comunidad. Si durante siglos el control del territorio físico constituyó una condición esencial del poder, en el escenario geopolítico contemporáneo comprender y condicionar este territorio intangible que conforman las personas se ha convertido en un factor decisivo para orientar conductas, legitimar decisiones y conformar percepciones.
La dimensión de este concepto supera con creces el ámbito militar, reafirmando lo que podría ser considerada una constante histórica, como es el hecho de que equipos, materiales y tecnologías desarrolladas para la guerra y la seguridad terminan rebasando el campo estrictamente militar para instalarse en el medio civil. Así la humanidad ha asistido a esta simbiosis en los ámbitos civil y militar, por ejemplo, las redes de comunicación y las grandes infraestructuras surgieron como necesidades defensivas, o el desarrollo de la cartografía de una manera sistemática, fueron posteriormente desarrolladas en su aplicación civil; o si nos referimos a la era industrial debiéramos hacer mención al telégrafo, el cual supuso un punto de inflexión para la conducción estratégica de las operaciones, y que posteriormente fue determinante en los campos bancario, información pública, transportes y comunicaciones, o en la propia gestión política. Pero es a partir del Siglo XX cuando el desarrollo tecnológico surgido en el mundo militar va a ser determinante en la transformación de las sociedades modernas: las comunicaciones inalámbricas, el radar, la aviación y la aplicación de la energía nuclear, son claros ejemplos de ello y más recientemente ha ocurrido lo mismo con la navegación satelital, internet, la vigilancia digital etc.
Esta dualidad va más allá de los materiales y la tecnología, manifestándose también en el conocimiento y en los conceptos. La estrategia que, en sus inicios era un arte y una ciencia que versaba sobre la conducción de los ejércitos, fue evolucionando para convertirse en un área de conocimiento vinculada a la política, una suerte de puente entre lo deseable y lo posible. La Inteligencia, cuyo antecedente se limitaba a una de las funciones de combate, también fue ampliando su alcance para convertirse en una herramienta fundamental para los procesos de toma de decisiones, superando, actualmente, con creces el ámbito militar. Hoy en día las dos, estrategia e inteligencia, constituyen áreas de conocimiento que rebasan incluso el ámbito del Estado para ser también unos instrumentos esenciales en el sector privado.
Podríamos citar muchos más ejemplos, pero lo expuesto nos ayuda a entender como la combinación de tecnología, comunicaciones y cartografía, junto a conceptos como la estrategia y la inteligencia, todos ellos circunscritos en su origen al ámbito militar, se han ido conformando en un medio de influencia en la percepción colectiva. Así se podría colegir que el empleo combinado de las redes sociales y la comprensión del terreno humano, junto a la vigilancia digital y las estrategias de comunicación conforman un sistema integrado que permite actuar en el espacio cognitivo.
El terreno humano
En los párrafos anteriores hemos expuesto cómo algunos conceptos, medios y tecnologías surgen en el ámbito militar para quedar integrados plenamente en la sociedad en su sentido más amplio. Muchos de esos elementos han surgido en las propias guerras, fenómeno, éste, que tiene la doble condición de continuidad, si nos referimos a su naturaleza violenta, controversial y política, y de discontinuidad, atendiendo a sus características en relación con los actores, escenarios, procedimientos, etc. Las guerras se han compuesto tradicionalmente de combates y batallas que tenían lugar sobre los espacios terrestres, navales y aéreos, en los que el terreno físico suponía un factor decisivo para alcanzar la victoria. Sin embargo, en los conflictos actuales la rivalidad entre los contendientes se manifiesta en otros entornos menos tangibles como son el espacio y el ciberespacio, lo que supone una mayor importancia del dominio cognitivo frente al físico, lo que permite justificar que hoy en día se pueden ganar guerras perdiendo batallas.
En el conflicto armado de nuestros días, las conquistas militares no se circunscriben al terreno físico, sino que es la propia población lo que define el verdadero centro de gravedad. El conocimiento de sus aspiraciones, lealtades, miedos o percepciones son factores determinantes para alcanzar la pretendida ventaja estratégica. Las nuevas guerras se libran “entre la gente” como nos recuerda Ruppert Smith, es decir en el terreno humano y si en las guerras tradicionales los ejércitos preparaban el terreno para obtener una posición de ventaja sobre el adversario, en las nuevas guerras también se precisa conformar el TH para ganar corazones y mentes, así como modular la percepción de la opinión pública sobre asuntos relacionados directa o indirectamente con la seguridad internacional y la defensa.
Esta expresión fue acuñada por el Ejército de Estados Unidos en el marco de la lucha contra la insurgencia en Afganistán, pudiendo ser definida como el conjunto de factores sociales, culturales, políticos y psicológicos que caracterizan a una población en un entorno determinado y que condicionan su comportamiento, percepciones y relaciones, influyendo de manera decisiva en el desarrollo y resultado de cualquier acción estratégica.
La comprensión de este concepto operacional nos servirá de guía para entender la influencia del discurso y del relato en el modelo cognitivo de una población determinada. Si en el escenario bélico conocer el TH permite anticipar reacciones, identificar apoyos, neutralizar resistencias y orientar comportamientos colectivos, fuera del campo militar esa misma lógica resulta plenamente aplicable sobre sociedades enteras sometidas a un flujo constante de información, estímulos emocionales y mensajes políticamente dirigidos.
Dicho de otro modo, el concepto de terreno humano es perfectamente trasladable al espacio público, no en vano, en tiempos de aparente normalidad, la conflictividad se manifiesta al conformar las creencias compartidas, activar determinados miedos, reforzar identidades colectivas o generar adhesión y rechazo frente a decisiones concretas. Quien es capaz de interpretar adecuadamente ese mapa de emociones, percepciones y expectativas dispone de una evidente ventaja estratégica para influir en la conducta social sin necesidad, incluso, de recurrir a la coerción, o cuando menos minimizar sus efectos. Es precisamente desde este enfoque por el que este concepto se convierte en una herramienta fundamental para la inteligencia, la comunicación estratégica y, en último termino para el ejercicio del poder. En síntesis, la comprensión del terreno humano y su adecuada adaptación a los intereses y objetivos pretendidos permite condicionar el modo por el que una sociedad interpreta la realidad que tienen ante sí.
La influencia sobre el terreno humano.
En esta parte del artículo me voy a centrar en el modo por el que puede ser conformado, incluso manipulado, el terreno humano, para lo cual consideraremos cómo la comunicación estratégica, la propaganda y las redes sociales pueden actuar en el entorno cognitivo.
Siguiendo con el símil que estamos utilizando, la comunicación cumple sobre el terreno humano una función similar a la que realizan los ingenieros militares cuando preparan el terreno físico para la conducción de las operaciones, construyendo obstáculos, tendiendo puentes o abriendo brechas que faciliten el avance propio y dificulten el del adversario. Pero no olvidemos que bajo el suelo o las aguas en un escenario bélico también podemos encontrar minas u otros artificios explosivos susceptibles de provocar efectos no deseados, lo que llevado al territorio humano bien podrían ser equiparados a la utilización de las redes sociales con intención de causar un daño o alterar la percepción de la sociedad hacia intereses espurios.
La comunicación estratégica no debe ser entendida como una mera herramienta de difusión institucional ni como un simple ejercicio de propaganda, lo cual es más acorde con lo que se entiende como comunicación pública. Su verdadera naturaleza reside en la planificación deliberada de mensajes, símbolos, silencios, tiempos y marcos interpretativos con el propósito de influir en la manera en que una colectividad comprende un hecho, jerarquiza sus prioridades y reacciona ante determinados estímulos. No se trata, por tanto, sólo de informar, sino de construir un contexto mental favorable para que ciertas decisiones, narrativas o líneas de acción resulten asumibles, legítimas o incluso deseables para la población a la que van dirigidas, es decir debe de estar completamente alineada a alcanzar el objetivo.
Es decir, con la comunicación estratégica actuamos sobre en el entorno cognitivo, pero para que su influencia resulte eficaz no basta con emitir mensajes reiterados ni siquiera limitarse a formular consignas simples. Para que esta función sea verdaderamente transformadora debe dirigirse a los estratos más profundos de la sociedad, allí donde se sedimentan los valores compartidos, los miedos colectivos, las identidades culturales y los prejuicios asumidos casi de manera inconsciente. Las conductas visibles y las opiniones expresas no son sino la manifestación externa de ese subsuelo cultural que da sentido a la forma en que una comunidad interpreta la realidad. Por ello, quien pretenda modelar el terreno humano no puede limitarse a notificar hechos, todo lo contario, debe actuar sobre creencias previamente asumidas, activar emociones latentes de la sociedad y conectar su relato con los códigos morales y representativos que conforman el imaginario colectivo.
Desde esta perspectiva, la comunicación estratégica deja de ser una simple técnica de información para convertirse en una herramienta de intervención sobre la conciencia social. Preparar el terreno humano significa, en consecuencia, predisponer a una población o a un grupo social a aceptar determinadas decisiones, rechazar otras o asumir como propias narrativas cuidadosamente construidas desde centros de poder político, mediático o incluso exterior.
A continuación, sobre el marco teórico establecido previamente, introduciré algunos ejemplos relacionados con la historia reciente que considero pueden ayudarnos a una mejor comprensión de la casuística del terreno humano, evitando entrar en valoraciones personales, centrándome en hechos ampliamente conocidos.
El primero de los casos que traigo a los lectores de este artículo es el modo mediante el cual un hecho de naturaleza similar, dos atentados terroristas de enorme magnitud sobre sendas democracias occidentales generan respuestas radicalmente distintas, pero ambas son percibidas de manera positiva por las respectivas sociedades. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el gobierno de Estados Unidos decidió la intervención en Afganistán, inicialmente para capturar a su autor intelectual, Osama Ben Laden, y posteriormente el derrocamiento del régimen talibán. Esta decisión contó con la aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (CSNU) y fue la primera vez, desde su creación, que la OTAN invocaba el Artículo V del Tratado (defensa colectiva). Por su parte, la sociedad estadounidense -el terreno humano- apoyó mayoritariamente y sin reservas esta decisión, manifestando una cohesión patriótica ante el sentimiento de una agresión nacional y legitimando el uso de la fuerza alegando el derecho de legítima defensa.
Radicalmente diferente fue la respuesta española tras los atentados del 11 de marzo de 2004, auspiciando que el trauma colectivo derivara hacia la contestación política al gobierno, propiciando un cambio de gobierno ante las inmediatas elecciones que iban a tener lugar. El discurso se sustentó en el rechazo a la guerra en Irak, exigiendo la retirada de las tropas españolas de ese país; todo ello, a pesar de que España nunca tomó parte en la esa guerra y que las tropas que allí desplegadas lo estaban al amparo de una resolución del CSNU para la reconstrucción de Irak. En uno y otro caso, los atentados del 11S y el 11M, el terrorismo actuó como detonante, pero fue el sustrato cultural, emocional e identitario de cada sociedad lo que determinó la orientación final de la percepción colectiva.
Conociendo esa predisposición social, el relato político encuentra un terreno especialmente fértil para simplificar realidades complejas mediante consignas emocionalmente eficaces. Los eslóganes vacíos poseen precisamente esa capacidad, en la medida de que no buscan explicar o dar respuesta a un problema, sino activar reflejos morales previamente asentados. Expresiones como el recurrente “no a la guerra”, formuladas de manera abstracta y descontextualizada, operan sobre sentimientos pacifistas profundamente arraigados en una parte de la sociedad española y desplazan el debate desde el análisis de los intereses estratégicos hacia una respuesta meramente instintiva. La complejidad del escenario internacional queda así reducida a una dicotomía moral elemental en la que disentir del mensaje equivale casi a situarse fuera de un supuesto consenso ético. Esta consigna repetida sin argumentación alguna conforma el terreno humano haciendo olvidar otros asuntos con mucha mayor trascendencia para la sociedad española, se podría decir que se trata de una forma de discurso aplicado con un fin perverso.
Si la propaganda tradicional precisaba de tiempos prolongados y de canales relativamente centralizados para consolidar percepciones, las redes sociales han multiplicado exponencialmente la capacidad de modelar el TH. Su inmediatez, la reiteración algorítmica de los mensajes, la simplificación sus contenidos y la facilidad para viralizar emociones convierten a estas plataformas en el ecosistema idóneo para amplificar miedos, indignaciones, adhesiones o rechazos. El problema no reside en la herramienta en sí misma, cuya utilidad es indiscutible, sino en la intencionalidad de quien la emplea y en la vulnerabilidad de sociedades cada vez más expuestas a recibir información fragmentada, sesgada o deliberadamente manipulada. De este modo, la disputa por la percepción colectiva deja de ser un ejercicio esporádico de propaganda para convertirse en un proceso continuo de modelación cognitiva.
A modo de conclusión.
La principal enseñanza que se desprende de lo expuesto es que el terreno humano no constituye una realidad estática ni espontánea, sino un espacio moldeable sobre el que actúan de manera permanente discursos, relatos, símbolos, emociones y estímulos informativos. La percepción colectiva de la seguridad, de las amenazas o incluso de los intereses nacionales surge del modo en que los hechos objetivos son interpretados, jerarquizados y asumidos por la sociedad. La comunicación estratégica es una forma de acción que permite la preparación del terreno humano de manera efectiva, contribuyendo a alcanzar los objetivos propios y obtener una ventaja sobre los adversarios.
Por otra parte, se debe tener presente que, en el volátil entorno internacional de nuestros días, la sociedad debe de sustentar su defensa más allá de las tradicionales capacidades tangibles, necesita adaptar con un enfoque crítico su cultura organizacional y su pensamiento estratégico, a sí como fortalecer el conocimiento y los valores compartidos. Una ciudadanía con una sólida formación, con una mayor inteligencia en un entorno saturado de información será menos vulnerable a la simplificación emocional, lo que, en último término, constituye el principal factor de solidez para preservar la autonomía de juicio, la cual es una capacidad esencial para el control del espacio cognitivo que define el terreno humano.





















