En este artículo rompo el hilo conductor de mis últimas colaboraciones en mi Atril del Consistorio Digital para analizar un entorno que nos afecta directamente.
Se trata del Mediterráneo, un mar que ha sido históricamente nexo entre pueblos y culturas, un entorno que ha visto crecer y desaparecer imperios y civilizaciones, un espacio situado en la centralidad de otras regiones geopolíticas.
En el actual contexto internacional, esta región podría ser considerada como una en la que se muestra de un modo más evidente la fractura entre el Norte y Sur globales, se podría afirmar sin caer en el error que sus orillas están cada vez más separadas, no en vano entre ellas se produce el mayor diferencial de desarrollo en el mundo, lo que multiplica el que es uno de los principales desafíos a los que se enfrentan hoy nuestras sociedades, como son los movimientos migratorios incontrolados.
Su referida centralidad entre el Indo-Pacífico, Oriente Medio y Eurasia y su conexión con el Atlántico orienta los intereses de las principales potencias del sistema internacional. Así pues, en el presente ejercicio de análisis trataremos de interpretar el papel que juegan las principales potencias en la región, aproximarnos a los desafíos a los que nos enfrentamos y los riesgos que generan, y comprender la influencia que tienen las mencionadas regiones geopolíticas sobre el Mediterráneo.
Como punto de partida propongo una aproximación a su perspectiva geopolítica para afirmar que se trata de un sistema geopolítico complejo, caracterizado por que en él interactúan un importante número de actores cuyos intereses se mueven entre la cooperación y la competencia, lo que genera una superposición de crisis recurrentes y en ocasiones endémicas. Un espacio que va más allá del tradicional continuum cooperación-competencia para ser interpretado más apropiadamente como una zona gris en la que diferentes amenazas híbridas generan una situación de conflictividad permanente, situación agravada por el hecho de ser un territorio especialmente sensible a perturbaciones externas, fruto precisamente de su centralidad
En síntesis, se trata de un subsistema regional no lineal, altamente sensible a las condiciones iniciales, donde pequeñas perturbaciones locales o externas generan efectos estratégicos desproporcionados. Desde ese punto de vista, no parece adecuado considerar al Mediterráneo como una región más, sino como un espacio donde el desorden sistémico global se manifiesta de forma concentrada, simultánea y permanente, constituyendo un nodo crítico del sistema internacional desordenado.
¿Cuáles son los principales desafíos que afectan a este espacio geopolítico?
Desde la perspectiva de la Unión Europea, y de manera particular en el caso de España, los desafíos del Mediterráneo se manifiestan como riesgos directos que inciden sobre la seguridad interior, la cohesión social y la estabilidad política. La posición geográfica española como parte de la frontera sur de Europa, su papel privilegiado en el control del acceso marítimo desde el Atlántico y su proximidad geográfica al continente africano, le confiere su condición de posición avanzada, viéndose afectada de una manera directa por las tensiones estructurales que influyen en la región.
Desde este enfoque, los principales desafíos que se manifiestan en el espacio mediterráneo deben ser entendidos como un conjunto de factores interconectados, cuya interacción amplifica sus efectos y dificulta su gestión. De una manera sintética, propongo considerar los que se exponen a continuación:
- Fragmentación Norte-Sur. El Mediterráneo representa la frontera con el mayor diferencial de desarrollo socioeconómico del sistema internacional, una fractura que lejos de mitigarse, tiende a profundizarse. Esta quiebra tiene su origen, entre otros factores, por el hecho de que en la ribera sur confluyen una evidente debilidad institucional, un crecimiento demográfico acelerado, unas economías dependientes y poco diversificadas, y unos elevados niveles de desempleo juvenil. Estas dinámicas erosionan la capacidad de los Estados norteafricanos para garantizar la seguridad de sus ciudadanos, y los servicios básicos y expectativas de futuro de la población, siendo en sí mismos generadores de crisis en forma de migraciones masivas e incontroladas, criminalidad organizada y radicalización.
Esta asimetría estructural entre las riberas norte y sur actúa como condición de permanente inestabilidad, generando presiones continuas sobre los Estados europeos ribereños y sobre la UE en general, en la que España se sitúa en la primera línea de impacto de esta fractura estructural.
- Presión migratoria. Los flujos migratorios irregulares en el Mediterráneo suponen un fenómeno permanente y persistente que obliga a que sean analizados más allá de la lógica humanitaria o policial. Se podría incluso asociar a una amenaza híbrida, especialmente cuando es instrumentalizado con fines políticos o estratégicos. No en vano, la migración irregular tensiona los sistemas de acogida y protección social, alimenta la polarización política interna, erosiona la confianza ciudadana en las instituciones, y se convierte en un vector de desestabilización explotable por actores estatales y no estatales.
España, como parte de la frontera sur de la UE se ve particularmente afectada por este fenómeno, agravado por la incapacidad europea para articular una respuesta común y solidaria.
- Inseguridad multidimensional y convergencia de amenazas. El Mediterráneo es un entorno en el que las amenazas tradicionales y no tradicionales se refuerzan mutuamente. Se podría afirmar que se trata de un espacio que por su centralidad convergen un conjunto de riesgos, que asociados al terrorismo internacional, a la criminalidad organizada transnacional de la mano del tráfico de personas, armas y drogas, y a la corrupción institucional propia de los Estados débiles, conforman un ecosistema de inseguridad de gran complejidad.
En este entorno de inseguridad adquiere una especial relevancia la convergencia entre redes criminales y actores violentos, que aprovechan la porosidad de fronteras marítimas, la debilidad de Estados en conflicto o postconflicto, así como la limitada cooperación internacional. Para la UE, esta inseguridad multidimensional tiene un impacto directo en la seguridad interior.
- Competencia por recursos estratégicos. El Mediterráneo se ha convertido en un espacio clave de competencia por recursos estratégicos, particularmente en el ámbito energético y de las infraestructuras críticas. Esta competencia introduce nuevos factores de fricción, entre los que se podrían destacar las disputas marítimas y jurisdiccionales y la creciente vulnerabilidad de las infraestructuras frente a agresiones físicas y a los efectos de las catástrofes naturales, así como a los ciberataques.
Para la UE, la seguridad energética del Mediterráneo es una cuestión estratégica y a la vez una de sus grandes vulnerabilidades, tanto por las deficientes políticas comunes en este campo, como por la inexistente conectividad energética.
- Debilidad estratégica europea. Finalmente, uno de los principales desafíos en el Mediterráneo es la propia fragilidad de la Unión Europea, la cual, como exponía en un artículo anterior, se debe a las consecuencias de su propio diseño que le impide transformar eficientemente su potencial económico y político-social en un poder estratégico coherente. En este sentido la mayor dificultad de la UE se identifica en la definición de una visión estratégica compartida que permitiera la coordinación eficaz de los instrumentos diplomáticos, económicos y de seguridad y, con ello, fortalecer el ejercicio de un liderazgo efectivo en la gestión de crisis regionales y globales.
Esta debilidad se traduce en una pérdida progresiva de influencia, especialmente preocupante en una región que afecta directamente a la seguridad del continente, generando un vacío que incrementa el riesgo de ser ocupado por otros actores con intereses contrarios a los de la Unión.
¿Quiénes son los principales actores en la región y cuáles podrían ser sus principales intereses?
El Mediterráneo es un espacio donde interactúan simultáneamente actores con naturalezas, capacidades y agendas muy distintas, lo que refuerza su carácter de sistema complejo. A diferencia de otras regiones, no existe un actor hegemónico capaz de imponer reglas estables, a pesar de la innegable preeminencia de la UE. Por el contrario, la región se configura como un escenario de superposición de estrategias, donde cooperación, competencia y confrontación indirecta coexisten de forma permanente.
Asumiendo este hecho diferencial, propongo abordar este análisis diferenciando el papel que juegan las potencias globales del de otros actores regionales con capacidad de influencia, junto al de aquellos que pueden ser considerados desestabilizadores y bisagra, cuya conducta multiplica la fricción sistémica en la región.
Comenzando por las primeras, en el nuevo orden mundial podemos considerar que las potencias globales del sistema internacional con influencia e intereses en el Mediterráneo son Estados Unidos, China, Rusia y la propia Unión Europea.
- Estados Unidos. Su relación con esta región podría definirse afirmando que mantiene una presencia selectiva en la medida que su prioridad está desplazada a la región Indo-Pacífico. A pesar de ello, sigue siendo la potencia militar con mayor capacidad militar de proyección en el Mediterráneo, siendo sus objetivos prioritarios asegurar el control de las rutas marítimas críticas y ejercer la disuasión frente a actores revisionistas. Su presencia se ha venido materializando principalmente a través de la OTAN, sin embargo, las difíciles relaciones de EE.UU con buena parte de los miembros europeos de esta organización podría afectar a la capacidad de gestión de crisis en la Región.
- Para este país su objetivo prioritario en el espacio mediterráneo pasa por su proyección económica sin asumir responsabilidades en los asuntos de seguridad, limitándolo a una extensión funcional de sus intereses globales. Sus líneas de acción estratégica se orientan al control o participación en puertos, infraestructuras logísticas y nodos de transporte. Este modelo le permite extraer beneficios estratégicos minimizando riesgos, al tiempo que incrementa la dependencia europea en sectores críticos.
- La visión rusa del Mediterráneo se refiere a un espacio clave para proyectar una influencia limitada pero altamente disruptiva. Su presencia, especialmente en el Mediterráneo oriental, no persigue la estabilización regional, sino la erosión del orden impulsado por Occidente, recurriendo para ello al despliegue selectivo en apoyo a regímenes afines, y empleo de amenazas híbridas, Rusia actúa como actor de bloqueo y perturbación, explotando las fracturas existentes y reforzando la lógica de competencia sistémica. Su capacidad de generar efectos estratégicos con recursos relativamente limitados es coherente con un enfoque de asimetría estratégica.
- La Unión Europea. El papel jugado por este actor constituye un caso singular, pues dispone de un peso económico y normativo significativo, pero su débil coherencia estratégica, unida la una insuficiente autonomía estratégica, limitan su capacidad para ejercer un liderazgo efectivo en su entorno inmediato. Paradójicamente, siendo el Mediterráneo una región que afecta de un modo directo y profundo a su seguridad, sus políticas y estrategias son básicamente reactivas, mostrando, además, importantes divisiones internas, y dependiendo de actores externos para la gestión de crisis. Lo que le confiere una suerte de condición de potencia regional incompleta, reduciendo su credibilidad como garante de estabilidad y limitando su capacidad para influir en la conducta de otros actores. España, junto con otros Estados del sur de Europa, se ve directamente afectada por esta debilidad estructural del proyecto europeo.
Un segundo grupo de actores en la región lo integran una serie de potencias medias que, aún manteniendo sus propias agendas, operan como actores bisagra en este espacio geopolítico
- Turquía. Puede ser considerado como un actor revisionista y altamente pragmático, el cual exhibe ambiciones regionales, recurre a herramientas de presión, como es el caso de la migración, y aplica una política exterior autónoma. Su habilidad para moverse entre cooperación y confrontación hace que este país pueda ser considerado como un generador de fricción en la región.
- Es una potencia militar regional con capacidad disuasoria significativa, pero también foco permanente de inestabilidad, especialmente en el Mediterráneo oriental. Sus conflictos tienen un efecto desbordamiento que trasciende el ámbito local. El hecho de ser una importante potencia tecnológica, especialmente en el sector de la industria de defensa, le convierte en un aliado imprescindible para el refuerzo de las capacidades militares europeas.
- Su condición de estabilizador selectivo, interesado en preservar el statu quo y garantizar su seguridad interna, le confiere un papel es clave en el control de flujos y en la contención de crisis en las zonas limítrofes del Mediterráneo Oriental, aunque limitado por sus propias fragilidades.
Además de los dos grupos de Estados arriba citados, traigo a colación en este análisis a una nueva categoría que se corresponde con los actores desestabilizadores y no estatales con una influencia determinante en buena parte de los desafíos regionales que anteriormente referenciados. El Mediterráneo alberga una amplia constelación de actores no estatales, como milicias armadas, organizaciones terroristas, o grupos vinculados al crimen organizado transnacional, muchos de ellos son causa y efecto de los Estados débiles de la ribera Sur y de la franja subsahariana, y son verdaderos multiplicadores de la inseguridad regional.
¿Qué relación se puede establecer con otras regiones geopolíticas?
Una de las características distintivas del Mediterráneo tiene que ver con su alta permeabilidad a dinámicas geopolíticas externas, lo que lo convierte en un espacio receptor y amplificador de tensiones globales en la medida que la región funciona como un nodo de interconexión estratégica entre varios teatros clave del sistema internacional. Desde la perspectiva europea, comprender la influencia de estos entornos geopolíticos resulta esencial para interpretar la naturaleza y persistencia de la inestabilidad mediterránea.
- El Indo-Pacífico y el desplazamiento del centro de gravedad estratégico. La relación de esta región con el Mediterráneo viene fundamentalmente por el hecho de que este mar constituye el extremo occidental de la cadena logística entre Asia y Europa. Por otra parte, las perturbaciones en el Índico y en el Mar Rojo se traducen automáticamente en inseguridad marítima, aumento de costes, y militarización indirecta del comercio.
El progresivo desplazamiento del centro de gravedad del sistema internacional hacia el Indo-Pacífico constituye uno de los factores estructurales que más condicionan la evolución del Mediterráneo. La competencia estratégica entre grandes potencias en esa región absorbe crecientes recursos políticos, militares y económicos, reduciendo la atención estratégica dedicada a otros espacios, lo que genera, entre otras consecuencias, que el Mediterráneo absorbe impactos estratégicos que no genera.
Esta reorientación es causa de varios efectos indirectos como son, por ejemplo, una menor implicación de las potencias occidentales en la gestión de crisis en la región, así como un aumento de la autonomía de otros actores regionales con agendas propias. El resultado es una pérdida relativa del valor estratégico del Mediterráneo, sin esto signifique una menor relevancia, al contrario, esta condición abona el hecho de una mayor reactividad en la gestión de crisis a pesar del incremento de su vulnerabilidad frente a fenómenos adversos.
- Oriente Medio y la vecindad con el caos. Esta región geopolítica se caracteriza por ser una de las más inestables en el contexto de la seguridad internacional. El Mediterráneo mantiene una conexión estructural y directa con esta región caracterizada por la persistencia de conflictos no resueltos, rivalidades regionales y Estados frágiles.
Esta inestabilidad genera un efecto de desbordamiento constante hacia el espacio mediterráneo, tanto en términos de seguridad como de inestabilidad política, actuando como generador o multiplicador de crisis relacionadas con los flujos migratorios y de refugiados, los cuales contribuyen, a su vez, al incremento de la radicalización y polarización identitaria en los Estados receptores. Asimismo, la conflictividad sistémica de la región sirve de efecto llamada para la circulación de combatientes irregulares y grupos armados vinculados a la criminalidad organizada relacionada con los tráficos ilícitos. Para la Unión Europea, esta proximidad geográfica convierte crisis aparentemente externas en riesgos directos para su seguridad interior.
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- Atlántico Norte y el Océano Ártico y la redistribución de prioridades estratégicas. Aunque a primera vista alejados del Mediterráneo, la geopolítica de estos espacios ejerce una influencia creciente sobre la región como consecuencia de ser un entorno clave en relación con la reconfiguración de las prioridades estratégicas occidentales. El aumento de la relevancia del flanco norte europeo y de los espacios polares está focalizando la atención de las políticas de la UE e impulsando una redistribución de recursos militares. Esta dinámica, unida al riesgo creciente de las políticas revisionistas de Rusia en el Este de Europa, evidencia, aún más si cabe la fractura Norte-Sur de la Unión, reforzando con ello la idea de un Mediterráneo gestionado como espacio periférico, subordinado a las prioridades euroatlánticas.
Conclusiones.
El análisis de la geopolítica del Mediterráneo confirma que la región debe de ser entendida como un nodo crítico del sistema internacional. Su centralidad geográfica, unida a profundas asimetrías entre ambas riberas y a la superposición de intereses de actores diversos, convierte al Mediterráneo en un espacio de fricción permanente que es especialmente sensible a perturbaciones internas y externas.
Desde la perspectiva de la Unión Europea, esta realidad plantea un desafío estratégico de primer orden. La región concentra amenazas híbridas, presiones migratorias estructurales, competencia por recursos estratégicos y una creciente inseguridad multidimensional que impacta directamente en la estabilidad del continente. Para España, como país del flanco sur europeo, estas dinámicas representan riesgos que inciden de manera directa sobre su seguridad interior, su cohesión social y su proyección exterior.
Se puede afirmar que en esta región geopolítica no se identifica a ninguna potencia, ni siquiera la Unión Europea, que asuma plenamente la responsabilidad sobre la estabilidad regional. Por su parte las potencias globales actúan de forma selectiva y condicionada por prioridades extrarregionales; los actores regionales persiguen agendas propias, a menudo contradictorias; y los actores desestabilizadores explotan sistemáticamente los vacíos de poder existentes. El resultado es un entorno caracterizado por una competencia estratégica difusa, en el que la cooperación es puntual y frágil, y la conflictividad de zona gris se consolida como patrón dominante.
A lo anterior se suma la influencia de otras regiones geopolíticas clave. El desplazamiento del centro de gravedad hacia el Indo-Pacífico, la persistencia de conflictos endémicos en Oriente Medio y la revalorización estratégica del Atlántico Norte y el Ártico reconfiguran las prioridades globales y reducen la atención sostenida sobre el Mediterráneo.
En este contexto, la principal debilidad europea reside en la ausencia de una visión estratégica integrada y sostenida para el Mediterráneo. Mientras persista la fragmentación interna y la brecha entre ambición normativa y capacidades reales, la Unión Europea seguirá actuando de forma reactiva, cediendo espacio a otros actores y asumiendo los costes de una inestabilidad que afecta directamente a su seguridad. Superar esta dinámica exige reconocer al Mediterráneo como un teatro estratégico prioritario, no solo como un espacio de vecindad, cuya gestión condicionará de forma decisiva la posición de Europa en el sistema internacional del siglo XXI.

















