Es lo que siempre predicaron los ideólogos de manual del siglo XIX a sus eternos clientes los pobres… Que consumieran su vida esperando el utópico milagro laico.
Durante siglos la parte más desfavorecida del pueblo, los pobres, fue abducida por vociferantes arengadores, por charlatanes de viscerales discursos, por falsos luchadores de justicias sociales conservadas en bolitas de alcanfor, envueltas en almíbares y mágicos elíxires.
Su estrategia no era otra que entretener el hambre de los pobres con arengas incendiarias, emotivas soflamas y mezquinas peroratas, mientras ellos, los dirigentes de movimientos populares, vivían como potentados.
Nada ha cambiado, salvo que antes los predicadores eran instruidos, venerables y respetables ancianos y hoy son jóvenes descarados, vocingleros, demagogos y paranoicos.
Los pobres siempre fueron seducidos por charlatanes de repetitivas soflamas, plúmbeas homilías y grandilocuentes proclamas, sin darse cuenta que el tiempo les fue condenando a ser los sempiternos desheredados, por ser los más débiles, los menos instruidos y, por tanto, los más indefensos ante las embestidas dialécticas de revolucionarios de sofás, habano y coñac francés.
Ahora están los embaucadores rebeldes, tendidos al sol en verdes praderas entre los vapores de vodka ruso y ron caribeño.
Como curiosidad y cómo ejemplo recurrente, recordemos a Karl Marx, aquel socialista reconvertido en comunista, nacido en Alemania, que pensaba una cosa, predicaba la opuesta y hacia lo contrario de lo que pensaba y decía.
Por un lado, proclamaba su lucha contra la opresión, defendiendo a las clases más humildes, las clases obreras, y por otra, se entregaba a la opulencia, a solazarse con sus criadas, y a rebozarse plácidamente entre las numerosas deudas, adquiridas a través de su vida licenciosa, plena de lujos y excesos.
Y como herederas cutres y grotescas éstas que se pasan el día entre exabruptos, improperios y brusquedades.
Los supuestos defensores de los pobres nunca fueron unos generosos altruistas, ni productores de riquezas, ni generadores de cultura, ni lucidos profesionales. Ellos siempre se instalaron en la cómoda retaguardia, inflando sus pulmones para imprimir más fuerza a sus arengas de estruendosas algaradas de sedantes efectos.
Ellos siempre mostraron la firme voluntad de mantener su compromiso de decir lo que el pueblo quiere oír en cada momento.
Ahora animan desde sus púlpitos seudomarxistas a importar cientos de miles de pobres no para combatir la pobreza sino para trasladarla de continente.
Son los cantamañanas de siempre, disfrazados de ideólogos, para con su palabrería atraer a los pobres, a los oprimidos y a los abusados, para así poder vivir de ellos.
Llegado el momento de mayor cultura y formación, se fueron reduciendo los pobres en los territorios del primer mundo, donde se desterró la miseria y se creó un bienestar a partir de un amplísimo sector de la sociedad.
Los ricos son perecederos, cambiantes, nómadas e itinerantes, porque la riqueza suele ser efímera, volátil, caprichosa y eso es lo que hace peligroso al rico, que luchará a muerte por conservar su posición de privilegio.
Los ricos no tienen bandera, ni patria, ni ideología, ni religión; a diferencia de los pobres, que estos la tienen porque necesitan cualquiera asidero para no caer en la desesperación.

















