Hace unos días el nombre de “Furia Épica” se ha adueñado de la actualidad internacional. Se trata del ataque lanzado por Estados Unidos a Irán, contando como principal aliado a Israel en su guerra abierta con ese país desde el asesinato indiscriminado del 7 de octubre de 2023 cometido por las milicias chiís.
Abordar un problema tan complejo en sus inicios, cuándo la información se encuentra en franca desventaja frente a la especulación, requiere unas buenas dosis de prudencia, algo que voy a tratar que impere en mis palabras. Una primera valoración tiene que ver con la sorpresa, pues a pesar del despliegue preventivo que Estados Unidos realizó en las semanas previas en el Mediterráneo y en el Índico, el ataque lanzado sobre Irán ha causado no poca conmoción, máxime cuando Washington y Teherán se encontraban en negociaciones para rebajar la tensión en la región.
Sea como fuere, estamos asistiendo a un sinfín de opiniones que estiman que esta intervención tiene como finalidad la de frenar los abusos del régimen de los ayatolás sobre la población iraní, o bien por un supuesto interés de Trump por el control de los recursos energéticos de ese país, ambas carentes, desde mi punto de vista, del rigor debido. También cabe hacer mención al recurrente clamor sobre la vulneración del derecho internacional, una reivindicación, por cierto, lastrada por un deficiente análisis del sistema internacional actual, sin tomar en consideración el hecho de que los organismos responsables de garantizar la paz y la seguridad mundiales y de velar por el cumplimiento de las normas se han visto superados por los acontecimientos, están sumidos en una profunda burocracia y son incapaces de comprender la necesaria adaptación de conceptos clásicos como la soberanía o la no intervención en los asuntos internos ante situaciones en las que los propios gobiernos responsables de garantizar la seguridad de sus ciudadanos vulneran sistemática sus derechos fundamentales ante la pasividad de quien tiene que velar por su cumplimiento.
No voy a tratar en este artículo este asunto que considero de gran interés y que posiblemente abordaré en otra ocasión. En las próximas líneas me limitaré a aportar algunas consideraciones sobre los principales actores relacionados con este conflicto armado y a presentar mis valoraciones estratégicas, asumiendo el riesgo que supone hacer este tipo de análisis sin contar con la información necesaria y sobre todo en un escenario de gran movilidad e incertidumbre como el que estamos viviendo en las últimas 72 horas
Principales actores en el conflicto armado.
Admitido que estamos ante un conflicto armado de imprevisibles consecuencias, procede comenzar con un breve análisis sobre los principales actores en el inicio de las operaciones militares, para lo cual he distinguido tres bloques: los contendientes directos, las potencias regionales no implicadas directamente en la intervención armada, y un tercer grupo en el que entrarían el resto de los actores regionales.
- Actores implicados en las operaciones militares. Hasta el momento en el que escribo este artículo, solamente hay tres naciones que responden a esta consideración:
- Estados Unidos. Desde hace décadas este país mantiene una fuerte presión sobre el régimen de los ayatolás como consecuencia de sus programas de enriquecimiento de uranio para la construcción de armas nucleares.[1] A pesar de los ataques aéreos lanzados el pasado verano con el objetivo de destruir las principales plantas nucleares iranís, y aunque que inicialmente fueron valorados erróneamente de manera exitosa, Irán sigue manteniendo intacta su capacidad nuclear.
La administración Trump, inicialmente contraria a una intervención militar en ese país, comenzó las conversaciones con el gobierno iraní para que este país detuviera su programa nuclear. Simultáneamente, llevó a cabo un enorme despliegue aeronaval en la región, lo que podría interpretarse como una clara medida de disuasión para asegurar el éxito de las citadas conversaciones. Sin embargo, en la mañana del 28 de febrero la fuerza expedicionaria estadounidense lanzó un ataque masivo sobre objetivos críticos, ante lo que cabe preguntarnos sobre las razones que han llevado a Trump a cambiar su discurso de pacificación por la máxima expresión belicista, máxime teniendo en cuenta que la posición iraní respecto a su desarrollo nuclear no había variado. Desde mi punto de vista se podrían identificar dos conjeturas, la primera relacionada con el éxito operacional de la captura del presidente de Venezuela, y una segunda asociada a un cierto fracaso, como es la resolución del conflicto en Gaza, donde si bien es cierto se alcanzó un débil acuerdo para el cese de hostilidades, por mor de la mediación estadounidense, no es menos cierto que lo único que se ha alcanzado es una débil situación paz sin seguridad y, en consecuencia, Estados Unidos se podría haber sentido obligado a reforzar su presencia en la región.
En este contexto, EE.UU. desplegó una primera agrupación aeronaval en torno al portaaviones Gerald Ford que se desplazó desde las costas caribeñas después de la captura de Maduro, situándose en el Mediterráneo frente a la costa israelí y, posteriormente, una segunda agrupación con el portaaviones Abraham Lincoln que se posicionó en aguas del Índico, controlando el Estrecho de Ormuz, elevando con este segundo despliegue la presión disuasoria sobre Irán.
Interrumpidas las negociaciones por falta de acuerdo y teniendo y, aún estando prevista su reanudación, la mañana del 28 de febrero se desencadena un ataque aeronaval sobre objetivos selectivos relacionados con el propio líder supremo Alí Jamenei, la Guardia Republicana y otras instalaciones estratégicas. Estos ataques aéreos son realizados desde los dos portaaviones mencionados, así como aviones basados en Israel.
- Israel. Entre este país e Irán existe un conflicto abierto desde la llegada del régimen de los ayatolás, que además de no reconocer al Estado de Israel ha financiado y entrenado a organizaciones terroristas como Hezbollah y Hamás. La situación se agravó de manera radical cuando esta última organización terrorista palestina llevó a cabo el cruento ataque del 7 de octubre de 2023, en el que se produjo la matanza indiscriminada de 1.200 personas y el secuestro de otras 240 en territorio israelí.
Como respuesta a este ataque terrorista, Israel realizó una incursión en la Franja de Gaza para desalojar a Hamás. Esta acción daría lugar a la intervención de la diplomacia estadounidense para crear las condiciones que permitieran el cese de hostilidades. Simultáneamente, se produjo un acercamiento del presidente Netanyahu y la administración Trump, fruto del cual se intensificó el marco de colaboración para reforzar la seguridad Israel, a la vez que privilegiaba los intereses americanos en la región. Una las consecuencias de esta cooperación ha sido el despliegue progresivo de capacidades militares y de Inteligencia de Estados Unidos en el país.
Esta colaboración entre Estados Unidos e Israel se ha materializado en la decisión de Trump, influenciada sin duda por el propio Netanyahu, de atacar Irán, para la cual Israel desencadenó la operación “Rugido de León”,[2] que básicamente consistió en lanzar a su fuerza área para “silenciar” el sistema de defensa aérea iraní y facilitar así el ataque de EE.UU. sobre los objetivos seleccionados en tres direcciones, las dos ya mencionadas desde los portaaviones americanos y una tercera desde territorio israelí.
- Irán. El principal aspecto a destacar de este país, en relación con el conflicto actual, es el que se refiere a su propia estructura del Estado. Este régimen teocrático se fundamenta en una sólida organización cuyo vértice es el líder supremo, quien ostenta la autoridad política y religiosa de la República Islámica, ejerciendo el control directo sobre los poderes militar, judicial, de seguridad e inteligencia, así como sobre los sectores clave del Estado, incluyendo la economía y el desarrollo nuclear. Dependiendo directamente de él se encuentra el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, cuya función va más allá del que se correspondería con el de una fuerza armada, se trata, de hecho, de un actor político, económico y de seguridad interna con capacidades de inteligencia, control social y participación en empresas estatales, asumiendo además la responsabilidad de la dirección de las operaciones en el exterior, siendo, en consecuencia, el elemento clave en el apoyo a organizaciones terroristas. En un tercer nivel se encuentra el presidente de la república quien es elegido por sufragio, aunque, al igual que sucede en otras dictaduras, los candidatos son filtrados por los organismos próximos a la Jefatura del Estado. Ejerce la presidencia del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, pero su nivel de autonomía es reducido frente al que ostentan los dos niveles anteriores. Existen otros órganos clave en esta compleja estructura del Estado, en particular la Asamblea de Expertos que es un cuerpo clerical cuya principal responsabilidad es la elección y tutela del líder supremo, es decir es el encargado de la elección del sucesor de Jamenei.
En síntesis, este modelo del Estado iraní se caracteriza por una teocracia híbrida con estructuras electorales formales, pero totalmente supeditadas al liderazgo clerical y militar de la Guardia Revolucionaria, quien ejerce de hecho el poder real en esta república islámica. Un entramado organizacional que hace muy difícil la disidencia interna y que la eliminación del líder supremo queda muy lejos de causar la decapitación del régimen.

El régimen de los ayatolás fue instaurado hace cerca de sesenta años, tras el derrocamiento del Sha de Persia y desde entonces ha ejercido un férreo control de la población iraní. En la última década se han producido algunas manifestaciones de la población que han sido duramente reprimidas, como fue el caso de las protestas realizadas por la muerte de Mahsa Amini mientras estaba bajo custodia de la “Policía de la Moralidad” por presunta violación de las normas para el uso del hiyab. Pero han sido las últimas revueltas acaecidas en Irán las que han mostrado el verdadero rostro del régimen de los ayatolás. Estas protestas, sustentadas en factores económicos estructurales y en reclamaciones políticas, incluyendo el rechazo al monopolio del poder religioso-militar del Estado, comenzaron a finales de diciembre del pasado año en Teherán, extendiéndose rápidamente por todo el país, siendo seguidas por millones de ciudadanos iranís (hasta cinco millones de seguidores según las fuentes).
La represión de esta revuelta fue particularmente cruenta por parte del régimen. Aunque es difícil encontrar cifras precisas del número de víctimas mortales que van desde las 3.000 reconocidas por las autoridades iranís a las estimadas por observadores internacionales que ascienden a las 35.000, lo que es incuestionable es que se trata de una de las crisis humanitarias más letales en los últimos años, en la que la ONU y el manido derecho internacional no fueron sino observadores privilegiados.
Lo que parece evidente que esta crisis interna ha causado un profundo debilitamiento del régimen iraní a escala internacional, lo que unido a la pasividad mencionada de los organismos internacionales ha facilitado la supuesta justificación de la intervención de Estados Unidos para apoyar a la población en su pretendida intención derrocar el régimen de los ayatolás, aunque el ataque armado responda a otras intenciones diferentes de la protección humanitaria, como trataré de justificar más adelante.
Como era de prever, la respuesta de Irán no se ha hecho esperar y ha reaccionado atacando objetivos relacionados con Estados Unidos y de otros aliados como Francia y Reino Unido en distintos países del Golfo Pérsico y por supuesto en Israel, poniendo de manifiesto que se trata de un régimen estructuralmente sólido y con considerables capacidades militares.
- Potencias regionales. Arabia Saudí y Turquía.
- Arabia Saudí. Un conflicto prolongado en Irán tendría para este país consecuencias directas de naturaleza estratégica y económica. En primer lugar, incrementaría el riesgo sobre sus infraestructuras energéticas críticas y sobre la seguridad del Golfo y del Estrecho de Ormuz, afectando seriamente al núcleo de su modelo económico. En segundo lugar, obligaría a Riad a reforzar su arquitectura de defensa antimisiles y su coordinación con socios occidentales, aun cuando su prioridad previsiblemente estaría más orientada a evitar una escalada que comprometa la estabilidad necesaria para su transformación económica interna.
Desde una perspectiva regional, un eventual debilitamiento del régimen iraní alteraría el equilibrio de poder en el eje Irak–Siria–Líbano, reduciendo presión sobre el espacio suní y ofreciendo a Arabia margen para ampliar su influencia política y económica en la región. Sin embargo, una guerra abierta y prolongada produciría volatilidad energética, polarización sectaria y riesgo de desestabilización en el Golfo, escenario que es de prever que Riad trate de contener.
- Turquía. Para este país, un conflicto en Irán tendría efectos inmediatos en el plano fronterizo y operativo. La inestabilidad podría generar flujos de refugiados hacia Anatolia oriental y abrir espacios de oportunidad o fricción en el norte de Irak y Siria, donde Ankara mantiene presencia militar contra milicias kurdas. Un debilitamiento del control iraní en esas áreas modificaría los equilibrios locales y podría ampliar el margen de maniobra turco, aunque también incrementaría el riesgo de fragmentación y violencia transfronteriza.
En el plano geoeconómico, Turquía se vería afectada por la interrupción de corredores energéticos y comerciales terrestres con Asia Central y el Golfo, así como por la volatilidad de los precios energéticos. Estratégicamente, Ankara tendería a adoptar una posición pragmática, centrada en evitar una escalada que desestabilice su entorno inmediato, y a la vez capitalizar cualquier reconfiguración del equilibrio regional que refuerce su autonomía y su proyección como potencia bisagra.
- Otros actores regionales. Es difícil prever con exactitud el impacto sobre otros actores regionales. Hemos visto como en las primeras horas del conflicto se han visto implicados la mayoría de los países del Golfo, quienes se están viendo afectados por bombardeos lanzados por Irán, estando de hecho paralizado el tráfico aéreo en la región con una importante bolsa de viajeros retenidos en sus aeropuertos. Por otra parte, el bloqueo del estrecho de Ormuz puede generar una afectación clara al tráfico marítimo en particular en lo que se refiere a los recursos energéticos fuertemente vinculado a las economías de estos países.
Por otro lado, la vinculación de los grupos terroristas con el régimen iraní puede producir un aumento de la inseguridad en países cuya estabilidad es manifiestamente deficitaria como sería el caso de Hezbollah en el Líbano, los hutíes en Yemen o milicias chiís en Siria e Irak. Este último país, sumido en un proceso de reconstrucción, sería particularmente vulnerable ante un vacío de poder en Irán
Valoración estratégica.
Más allá de plasmar una valoración estratégica sobre un conflicto que acaba de comenzar y del que no se conocen sus objetivos reales, y evitando caer en especulaciones carentes de información sustentada, me voy a centrar a formular algunas consideraciones estratégicas sobre la intervención armada en Irán.
La primera de ellas es la que tiene que ver con los objetivos político y estratégico. A la vista del devenir de los acontecimientos y sobre todo de las actuaciones en política exterior de la actual administración estadounidense, no parece que se trate de una intervención de naturaleza humanitaria en respuesta a las sistemáticas violaciones de los derechos humanos por parte de las autoridades iraníes, más allá de las promesas de ayudas de Trump al pueblo iraní a cambio de su determinación para derrocar al régimen de los ayatolás. Tampoco parece que el objetivo político sea la abolición del Estado teocrático imperante en Irán por un modelo próximo a las democracias liberales, como de hecho se intentó hacer en Afganistán en 2001 y que veinte años después ese país ha vuelto a caer bajo el yugo totalitario y teocrático talibán. Un problema añadido es que en Irán, a diferencia del pueblo afgano, no existe una oposición política que tenga la más mínima capacidad por sí misma de enfrentar el entramado político y de seguridad del Estado.
Asumiendo esta debilidad estratégica evidenciada por la ausencia de un movimiento opositor en Irán, nos lleva a plantearnos otra cuestión clave sobre la pretendida relación del objetivo de la intervención con el derrocamiento del actual régimen, el cual se refiere al que es uno de los principios estratégicos fundamentales –la adecuación entre los fines y los medios– que permite la simbiosis de lo deseable y lo posible. Quiero poner de manifiesto con esta reflexión el hecho de que no existe ningún caso en el que se haya conseguido cambiar el modelo de Estado por medio de ataques aéreos, por mucha que sea su intensidad y grado de destrucción. Así pues, la única opción para alcanzar este supuesto objetivo sería el empleo de fuerzas terrestres en el interior del país.
Esta opción de respuesta sería prácticamente descartable. En primer lugar, no se debe olvidar que solo la Guardia Revolucionaria cuenta con 250.000 efectivos profundamente adoctrinados y fuertemente equipados y adiestrados, a ellos habría que unir el Ejército regular y las milicias chiitas. Estos datos vienen a evidenciar que el esfuerzo de una invasión sería prácticamente inasumible, ni siquiera para la mayor potencia militar del mundo, aún contando con el apoyo de sus aliados tradicionales. Por otra parte, se podría afirmar que esta supuesta intervención quebraría otro principio de la estrategia como es el de evitar el “cálculo erróneo”. Son muchos los ejemplos históricos de las adversas consecuencias de no preservar este principio, pero, sin duda, uno de los más conocidos y evidentes fue la invasión de Irak del año 2003, que sin bien derrocó el régimen del dictador Saddam Hussein, no es menos cierto que sumió al país en una cruenta guerra civil entre las facciones sunís y chiís y causó decenas de miles de ciudadanos muertos. Evidentemente, la población americana no está dispuesta a repetir este caótico escenario, y esta sería la segunda consideración para negar este objetivo, máxime cuando gran parte de los votantes de Trump le dieron su apoyo por su supuesto compromiso de evitar conflictos armados en el exterior.
Descartados como objetivos los citados sobre la intervención humanitaria y el derrocamiento del régimen de los ayatolás por la fuerza y, por supuesto, el energético por cuanto es algo carente de interés para Estados Unidos, quedaría limitar el objetivo de la intervención a una mera maniobra de disuasión tendente a debilitar la posición del gobierno de Irán en las negociaciones entre ambas administraciones. El actual gobierno iraní no aceptó las líneas rojas que plantearon los negociadores norteamericanos que además del fin del enriquecimiento de uranio y de la paralización del programa de misiles balísticos, incluían otras como la exigencia de inspecciones intrusivas y permanentes por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica, así como la limitación del desarrollo del apoyo iraní a actores armados no estatales en el Líbano, Gaza, Irak o Yemen. La divergencia fundamental reside en que Teherán ha buscado circunscribir la negociación al expediente nuclear, mientras que EE.UU. ha tratado de ampliarlo al comportamiento regional y a la arquitectura de seguridad del Golfo.
A pesar de lo expuesto pareciera que limitar el objetivo de Estados Unidos a una simple maniobra de disuasión ante una potencia media como es Irán presenta algunas debilidades. La primera es la propia rentabilidad del esfuerzo bélico para un fin más que limitado; la segunda la propia credibilidad, pues siendo esta una de las condiciones de las maniobras de disuasión, cabe preguntarse hasta qué punto estaría dispuesto a afrontar el desgaste que supone una guerra prolongada; y la tercera, la valoración de las consecuencias directas e indirectas que esta intervención está causando y puede ocasionar a su aliados regionales y a la propia estabilidad regional y mundial, especialmente en su relación con el terrorismo internacional.
Estamos refiriéndonos casi exclusivamente a dos de los tres actores implicados directamente en el conflicto -Estados Unidos e Irán-, olvidando al tercero de ellos, quien al fin y a la postre ha sido el principal instigador de la intervención armada en el territorio persa -Israel-. No olvidemos que este país se encuentra en una guerra declarada con Irán desde los referidos ataques armados de octubre de 2023 y la cuestión es si le servirá para satisfacer sus ansias de venganza la simple presión sobre el régimen iraní para desbloquear las conversaciones o, por el contrario, su objetivo contemplaría la aniquilación del régimen teocrático de Irán. Estaríamos en consecuencia ante una clara divergencia entre los objetivos de los dos aliados.
Siguiendo con estas reflexiones estratégicas, plateemos una nueva cuestión. Para ello, ampliemos el foco desde lo regional a lo global, y en este caso posiblemente encontremos una mayor sincronía entre los fines y los medios. Bajo esta perspectiva, parecería que las intervenciones realizadas por Estados Unidos en Venezuela e Irán podrían tener una fácil identificación con el modelo de guerra híbrida, siendo su objetivo el debilitamiento de los que son sus principales adversarios y del mundo occidental, China y Rusia. Con estas acciones busca ahogar o al menos debilitar económicamente a China en la medida de su dependencia estratégica de los recursos energéticos de ambos países (Irán exporta a China el 80% de su producción petrolífera), y con ello mitiga el riesgo de que China se convierta en la primera potencia global. Por otra parte, las acciones realizadas en Irán han provocado la supresión del envío de misiles y drones a Rusia (su principal proveedor de estos ingenios) y con ello ha contribuido a debilitar las capacidades militares del régimen de Putin, quien, no olvidemos, representa una de las principales amenazas para Occidente.
Como conclusión a estas reflexiones sobre esta nueva en guerra en ciernes, estamos en un escenario que responde al modelo de la conflictividad en zona gris en el que a las acciones bélicas tradicionales van a manifestarse otras muchas que van a generar una creciente inestabilidad no solamente regional sino global. Es de prever que la duración será corta si atendemos a las operaciones militares principales, pero que va a generar una situación de inseguridad mayor. Más allá de las voces que abogan por el respeto al derecho internacional, se precisa acometer una profunda revisión de los mecanismos de seguridad colectiva y la revisión del marco conceptual del derecho internacional, particularmente en lo que se refiere a la nueva dimensión que adquiere la soberanía en el complejo contexto internacional de nuestros días.
Situación compleja que no hace sino añadir un mayor nivel de incertidumbre al contexto internacional de nuestros días. El Mundo sin normas que nos está tocando vivir estamos viendo como las grandes potencias compiten utilizando todo tipo de recursos, la lógica de la estrategia está cambiando y requiere una aproximación diferente a los problemas. La racionalidad de los tomadores de decisiones exige superar las opciones binarias de lo correcto-incorrecto para movernos a una racionalidad difusa más acorde al pensamiento de Maquiavelo del “fin justifica los medios”, un cambio sin duda de gran profundidad en el pensamiento estratégico occidental
[1] Los datos actuales no hacen sino confirmar esta preocupación, de hecho, se estima que el programa de enriquecimiento de Irán ha alcanzado el 87%, estando tan solo a tres puntos potenciales de tener capacidad para fabricar armamento nuclear.
[2] Nombre dado por Israel a la participación de sus fuerzas armadas en Irán

















