Resulta curioso observar, como un político de la talla de Sánchez, ha logrado polarizar la atención de un país como España, Europa después y del mundo a continuación, sin más méritos que ser fiel a sus principios, basados en la ostentación del poder a cualquier precio y mantenerlo el mayor tiempo posible.
Su «Manual de resistencia» desarrolla fielmente lo que él lleva como norma impresa en su ADN político. Resiliencia y Resistencia como pilares de su filosofía.
Sánchez es un mago capaz de sacarse de la chistera un gazapo tras otro, para deleite del obnubilado e hipnotizado espectador, que ve conejos por doquier, siendo solo un juego de ilusiones.
No sé si es de él el mérito, tal vez de sus asesores o de una sociedad en plena decadencia.
En primer lugar, tuvo la virtud de presentar una moción de censura que le sirvieron en bandeja, para de inmediato ganarla con el mínimo esfuerzo, con un Ábalos como paradigma y azote de una corrupción que ahogaba al entonces partido en el poder.
Un Ábalos llamando corrupto a Rajoy, qué paradoja, mientras el entonces presidente se hallaba reunido en amistosa tertulia de sobremesa en el hotel de al lado.
Allí, mientras se encontraba plácidamente acomodado con los suyos, se estaba fraguando la desocupación democrática y legal del Palacio de la Moncloa.
Sánchez, como fenómeno social, tiene un mérito incuestionable y más con el empleo de su peculiar modo de gobernar, sobreviviendo cada día a historias de todo tipo, donde nadie es capaz de discernir donde termina la verdad y dónde empieza la mentira. Sánchez es un avezado equilibrista especializado en la cuerda floja, que, dando traspiés, recupera la estabilidad milagrosamente.
Puestos a subrayar el valor de Sánchez y a reconocer nuestra admiración por el personaje, Sánchez se permitió el lujo de perder las últimas elecciones generales ante el mismísimo jefe de la oposición, para de nuevo ser investido máximo mandatario con la gorra en el escaño, convirtiéndose así en el presidente más longevo de la Democracia, tras González.
Recibir el apoyo de una pléyade de partidos políticos de ideologías contrapuestas, intenciones variopintas, pretensiones diversas y dispares estrategias, es algo que sólo Sánchez puede conseguir con pasmosa facilidad.
Los partidos colocados a la izquierda de Sánchez se unieron para terminar con él, dándose el resultado contrario.
Lo mismo convence a Puigdemont, que a Otegui; a Junqueras, que Aitor Esteban, a Úrsula que a Meloni…
Enfrentarse a Netanyahu, Putin y a Trump juntos, solo puede hacerlo un atrevido, un irresponsable, un fatuo, o un hombre muy seguro de sí mismo.
Tener el combustible a dos euros el litro, la cesta de la compra por las nubes, la vivienda disparada, los sueldos contenidos, los lideres de la derecha a la greña, con Abascal y Feijoo enfrascados en una gresca entre adolescentes, dándose patadas en las espinillas, collejas y pellizcos de monja, no ayuda absolutamente nada. Al mismo tiempo tiene a sus ministros encantados, llamándole superhéroe galáctico, salvapatrias y mesías. A los comunistas encandilados como tiernas doncellas, las carreteras con un tráfico intenso, la hostelería a reventar, los centros comerciales a tope y los máximos mandatarios europeos a ver si Sánchez se digna a cogerles el teléfono… Si todo está ocurriendo, entiendo que desmoralice a esta timorata, blandengue y medrosa oposición, que sigue a mamporro limpio desde que Casado señalara el nefasto camino.
Todo esto no lo puede estar consiguiendo un mindundi, un panoli o un cantamañanas, por mucho que le llamen, no sé con qué intención, Sanchinflas, Susanchidad o Sanchilindo monclovita. Caer en esas ocurrencias es contribuir a crear un mito, un ídolo, un superhéroe…
Porque no puedo creer que los españoles, de pronto, nos hayamos convertido en unos masoquistas de tomo y lomo.

















