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Una visión geopolítica en la tercera década del siglo XXI. Parte 3

El artículo anterior lo concluía con una síntesis del complejo sistema internacional de nuestros días, al que el profesor George Kupchan denomina “Mundo Post-Occidental” para con ello significar que, en el nuevo Orden Mundial, Occidente está perdiendo la preeminencia que ha tenido durante siglos, dando paso a una época de apertura a otras culturas y a otras políticas. No se trata de un simple cambio de poder entre Washington y Pekín, sino de algo mucho más complejo y profundo. Tampoco se asemeja a lo que Hutington sostenía en su teoría del “choque de civilizaciones”, pues ni siquiera estamos hablando de movimientos ideológicos.

El nuevo sistema mundo lo identificábamos como un modelo de “3 D’s”: descentrado, desequilibrado y desideologizado en el que los patrones geopolíticos precisan ser interpretados, desde un enfoque crítico. La teorías clásicas de la Geopolítica siguen teniendo una validez indiscutible, aunque con otra interpretación, así el concepto lebensraum (espacio vital) de Ratzel) sigue siendo vigente en nuestros días, con la diferencia de que hoy no es necesaria la ocupación física de territorios para acceder a los recursos que aportan las pretendidas necesidades esenciales para los Estados. La conocida teoría de McKinder del Heartland[1] continúa manteniendo su importancia, asumiendo una ampliación del núcleo duro de la tierra corazón (Rusia y Asia Central)  para incluir un cinturón funcional en el que se incluye China, Turquía e Irán, así como su proyección occidental hacia Oriente Medio, el norte de África y el Mediterráneo. Por su parte, la aproximación de Mahan, quien sostiene que el control del mar es el factor decisivo del poder nacional y del predominio global, se puede afirmar que es incuestionable, con el efecto añadido de que hoy en día va más allá de lo puramente comercial y su relación con el poder naval para ampliarse al control de flujos, lo que supone considerar, además de las arterias del sistema -las rutas marítimas estratégicas y sus puntos de estrangulamiento-, las infraestructuras exógenas como son los cables submarinos de datos y comunicaciones, los ductos e infraestructuras energéticas offshore o los propios hubs logísticos, todos ellos sujetos a la influencia de las amenazas híbridas.

Para completar esta rápida descripción del marco teórico de la Geopolítica citaremos a Nicholas J. Spykman y su tesis del Rimland (la tierra orilla)[2], teoría que ha sido determinante en la política internacional de Estados Unidos durante décadas. Este autor considera que el heartland es importante, pero se encuentra demasiado encerrado, mientras que el mar es decisivo pero insuficiente sin anclaje terrestre, y por ello el poder real se decide en la franja de contacto entre ambos (Rimland). Esta franja amplia que podemos observar en la figura 1, sigue teniendo hoy en día una importancia capital en el desarrollo de las tendencias dinámicas del nuevo sistema internacional, al concentrarse en ella la mayoría de los conflictos y crisis de impacto global; un espacio geopolítico susceptible de interrumpir los flujos comerciales, energéticos y de relación, dónde se conforman y alteran las alianzas, y que es determinante en la génesis y propagación de las amenazas híbridas.

 

Así pues, asumiendo la validez de las teorías clásicas, es necesario hoy en día, en nuestro mundo interconectado con una creciente influencia de las tecnologías sociales, considerar otro tipo de variables que nos permita superar la simple dimensión geográfica y política de esta ciencia e incluso para transitar del tradicional concepto de poder al de dominio, de mayor amplitud y complejidad. Este nuevo enfoque podría responder a lo que se conoce como “geopolítica popular”, que, además de os aspectos geográficos y políticos, atiende a la influencia que ejercen los medios de comunicación, internet y las redes sociales para conformar la percepción de la geopolítica y su repercusión directa en entorno cognitivo, absolutamente decisivo en los conflictos de zona gris.[3]

Una reconfiguración del modelo centro-periferia.

En el años 2017, la publicación digital “El Orden Mundial (EOM)” (Figura 2) explicaba el modelo “Sistema-Mundo”, el cual respondía al arquetipo de la Sociedad Occidental basado en las democracias liberales en el que el centro lo ocupaban las principales potencias económicas y sus políticas globales. Al referirse a la periferia nos conducía a las potencias que, no siendo centrales, su poder económico y, en menor medida, el político, contribuía a conformar el multilateralismo como seña de identidad del equilibrio de poder en el sistema internacional en la primera década de este siglo.

 

La cuestión clave en este momento es determinar si este Sistema-Mundo responde al nuevo Orden. El inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump, parece apuntar a un cambio profundo. Más allá de su lema de campaña: “make America great again”, sus políticas apuntan a su intención de aplicar la acción exterior para fortalecer su posición interna, relegando, de este modo, a un nivel secundario su contribución a la estabilidad mundial, papel que ha venido jugando Estados Unidos desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, habiendo sido el garante de la defensa de Europa y de la seguridad mundial, referente de la cultura occidental con la aplicación del poder blando, y el principal motor de la economía global. Por el contrario, se podría afirmar que actualmente, a pesar de no ser la potencia económica hegemónica global,  y que su influencia está siendo cuestionada sigue manteniendo un importante poder de coerción en el sistema. Por otra parte, su compromiso con la seguridad mundial presenta preocupantes interrogantes en la medida que está contribuyendo a quebrar algunas alianzas tradicionales.

En esta nueva interpretación del sistema mundial se identifica una preocupante quiebra, no solo económica de la mano de los aranceles que están alterando el comercio mundial, también política, en la medida que pretende alterar el statu quo de algunos Estados, conocidas son, en este sentido, sus decaraciones sobre una pretendida anexión de Canadá y Groenlandia, o el control de territorios recurriendo a gobiernos títere si fuera necesario, retóricas maximalistas que no deben de ser interpretadas como una opción estratégica, sino como un discurso político con fines coercitivos . Y si nos referimos a la seguridad y defensa de Europa, el “vínculo transatlántico”, que ha sido durante décadas el centro de gravedad de la seguridad y defensa de Occidente, se encuentra en uno de los momentos más críticos de su historia, no sólo por las políticas proteccionistas de Trump, sino también por las propias debilidades la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) y la Política Europea de Seguridad y Defensa (PESD) y el débil compromiso de algunos gobiernos europeos con la Defensa.

En la figura 3 se refleja la estructura del orden mundial que exponía en la parte segunda de este estudio. En este nuevo Sistema-Mundo, en el que prevalece la competencia entre potencias frente a la cooperación, no resulta tan clara la distinción entre el centro y la periferia, máxime cuando el principal nodo de las potencias centrales, EE.UU., está alterando el modelo de cooperación con los otros vértices. Lo anterior sería concurrente con la citada tesis de Kupchan sobre su modelo post-occidental, al asumir una Eurasia interconectada en la que China ocuparía la centralidad funcional, junto a Rusia e India, tres potencias que ninguna de ellas forma parte de la cultura judeocristiana de Occidente. En la periferia quedaría Europa Occidental, en la que la UE adoptaría el papel de una potencia bisagra, mientras que Estados Unidos actuaría como contrapoder en este nuevo orden mundial.

 

La geoestrategia de Estados Unidos.

Hechas estas consideraciones sobre el Sistema-Mundo, vayamos a la última parte de este estudio sobre la nueva geoestrategia de EE.UU. que nos podrá aportar algo de luz a la captura de Nicolás Maduro. No es baladí que la intervención de las fuerzas armadas estadounidenses en territorio venezolano se produjera pocas semanas después de la aprobación de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de Estados Unidos, la cual no pretendo en este trabajo analizarla, ni siquiera valorarla, pero sí quisiera hacer notar la sorpresa que me provocó su contenido, así como la disconformidad con buena parte de ese documento en el que se hacen menciones innecesarias y elogios extemporáneos a la figura del Donald Trump, a la vez que se desprecia y minusvalora las ESN,s. de anteriores administraciones, obviando el contexto en el que éstas fueron promulgadas. Estamos ante un cambio profundo del pensamiento estratégico estadounidense de las últimas décadas y cuya lectura nos permite una mejor comprensión de las políticas de ese país de la mano de la administración Trump.

También, antes de seguir avanzando, estimo pertinente significar que para analizar el comportamiento estratégico de EE.UU. conviene enfocarlo desde los modelos del realismo clásico, por cuanto esta aproximación a los estudios de relaciones internacionales y de la seguridad internacional contempla al individuo como uno de los niveles de análisis[4], entendiendo con ello que son las élites las que influyen en la acción exterior de un Estado, condición especialmente notable cuando estamos hablando de Donald Trump, cuyo liderazgo puede considerarse cuando menos controvertido. En este sentido Hans Morgenthau, uno de los principales teóricos del realismo clásico, afirmaba: “nos ponemos en el lugar de un estadista que se enfrenta a determinado problema de política exterior en unas circunstancias concretas, y nos preguntamos qué alternativas racionales tiene, cuál debe elegir y cómo debe afrontar el problema en esas circunstancias (presumiendo que actúa siempre de manera racional) […]. Contrastar esa hipótesis racional con los hechos reales y sus consecuencias dota de significado teórico a los acontecimientos de la política internacional.”

Así pues, si comparamos las declaraciones que hace el presidente norteamericano, aceptando que son en sí mismas hipótesis racionales, con sus acciones y consecuencias, posiblemente nos ayudará a entender su verdadero significado y sus repercusiones en el sistema internacional, como nos propone Morgenthau. Pero para una mejor comprensión de su geoestrategia volvamos a las teorías de la ciencia de la geopolítica que citaba al inicio de este estudio, en la que se observa una tierra corazón ampliada hacia Asia Central, dónde China ejerce una centralidad funcional en la medida que ejerce un control creciente sobre los flujos y que para Rusia se trata de un espacio defensivo vital.

Por su parte el rimland, sigue siendo un espacio determinante en la geoestrategia de Estados Unidos, confrontando en él con China, como nueva potencia naval y, en menor medida, con Rusia como actor disruptivo que está generando una creciente presión sobre la Unión Europea, recurriendo al empleo de amenazas híbridas y, simultáneamente, con una mayor presencia en el Mar Negro y el Mediterráneo Occidental, así como en el control del acceso al Mar del Norte desde Ártico con el avance imparable del deshielo en esa región. Asimismo, procede señalar la pervivencia de la visión “mahaniana” en la geoestrategia de Estados Unidos, el mayor exponente del poder naval mundial, lo que supone que su esfuerzo lo aplique en alcanzar un control efectivo de los “chokepoints” en los que hoy es necesario incluir la región ártica, no solo por los inmensos recursos naturales que posee esta región, sino por la apertura de esa nueva ruta marítima (Figura 4).

 

En este marco geoestratégico se puede entender las pretensiones del presidente Trump en el control de Groenlandia, un territorio vital para los intereses estratégicos de Occidente, en general, y de Estados Unidos en particular, en un contexto de debilidad estructural de la UE, incluidas sus capacidades en seguridad y defensa. Situación agravada por la falta de compromiso de algunos países europeos en su contribución a la OTAN, como se puso de manifiesto tras la última cumbre celebrada en los Países Bajos. Posiblemente, estemos ante una declaración trumpiana de máximos, una amenaza como como hiciera con los aranceles, buscando un mayor compromiso de los países europeos en su defensa, dando sentido de este modo al irrenunciable valor que tiene el vínculo transatlántico en el nuevo orden mundial.

Pero posiblemente el mayor cambio en la geoestrategia de Estados Unidos es el propio continente americano, que ha adquirido su verdadera dimensión de espacio vital (lebensraum). La propia ESN estadounidense hace referencia al “Corolario Trump de la Doctrina Monroe”, significando con ello que su línea de acción estratégica es la contención de sus dos grandes rivales en la región americana, por una parte, China, como potencia económica de primer orden con una creciente presencia en América, y, por otra, Rusia, por el hecho de ser un actor disruptivo en otras regiones en las que EE.UU. tiene intereses estratégicos.

Entendiendo América como el lebensraum de Estados Unidos, nos será más fácil justificar, o al menos interpretar la intervención de ese país en Venezuela. No se trata de un problema de acceso y control de recursos energéticos lo que le ha llevado a capturar al dictador Maduro, las reservas de petróleo venezolano no justifican una intervención militar; ni siquiera la lucha contra el narcotráfico, para lo que se cuenta con otros procedimientos; y, a la vista de los primeros pasos en la transición hacia un nuevo régimen, tampoco parece clara la intención de una mayor democratización del país. Lo que sí cobra una mayor evidencia es que esta acción tiene como intención enviar un aviso a China y otras potencias externas para que disminuyan su presencia en el Continente y su apoyo a regímenes que desestabilizan la región.

A modo de conclusión.

El recorrido analítico desarrollado a lo largo de este estudio permite afirmar que el sistema internacional de la tercera década del siglo XXI se encuentra inmerso en una fase de transición estructural que guarda notables similitudes con otros periodos históricos previos a grandes rupturas sistémicas. Lejos de responder a una simple sustitución hegemónica o a un retorno mecánico a modelos del pasado, el orden actual se configura como un entorno multipolar desequilibrado, descentrado y crecientemente desvinculado de un marco normativo compartido.

Desde esta perspectiva, la geoestrategia de Estados Unidos debe interpretarse como una adaptación racional a un entorno más competitivo y fragmentado, orientada a preservar su capacidad de influencia global mediante el control de espacios críticos y la defensa de su lebensraum continental, en un escenario en el que la cooperación ha cedido terreno frente a la competencia entre grandes potencias. La actuación en Venezuela se inscribe así en una lógica de señalización estratégica dirigida a limitar la penetración de actores externos en el hemisferio americano, más que en motivaciones económicas o normativas. En conjunto, el estudio pone de manifiesto que la estabilidad del sistema internacional dependerá menos de arquitecturas globales de gobernanza y más de la capacidad de los actores para gestionar la competencia en los espacios de contacto, donde confluyen poder duro, coerción híbrida y dominio cognitivo, configurando un orden internacional inherentemente inestable y sujeto a una elevada incertidumbre.

 

[1] Quien gobierna el Heartland domina la Isla-Mundo; quien gobierna la Isla-Mundo domina el mundo

[2] Propone una objeción a la teoría de McKinder: “Quien controla el Heartland no controla necesariamente el mundo; quien controla el Rimland controla Eurasia, y quien controla Eurasia controla el mundo.”

[3] Los conflictos de zona gris podrían ser definidos como formas de confrontación situadas entre la paz y la guerra, en las que un actor emplea presión gradual y ambigua (política, económica, informativa, cibernética o mediante actores indirectos) para lograr objetivos estratégicos sin cruzar claramente el umbral de un conflicto armado abierto.

[4] La teoría del realismo clásico propone tres niveles de análisis: individuo (élites gobernantes), Estado (estructura que pugna por el poder) y sistema internacional (conjunto de actores y relaciones que conforman el orden mundial)

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Jesús de Miguel Sebatián

Analista Seguridad Internacional

Socio fundador de TWCI y experto en inteligencia estratégica. Con una destacada trayectoria militar internacional en Bosnia, Irak y Afganistán, ha sido Agregado de Defensa en México y directivo de seguridad en el sector privado. Actualmente es docente universitario y consultor especializado.

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