El sábado 3 de enero nos encontrábamos con una noticia que no por esperada dejaba de sorprendernos, Estados Unidos había capturado al dictador venezolano Nicolás Maduro junto a su esposa en una de sus residencias en Caracas. La primera reacción de la mayoría de los que creemos en la democracia y el Estado de derecho era de alegría contenida, que se manifestaba en algarabía entre los millones de venezolanos represaliados de una u otra forma por el régimen que instauró Hugo Chávez en 1999.
Estamos al inicio de un escenario que, además de tener muchas aristas, se muestra especialmente incierto como consecuencia, entre otros factores, por la compleja situación internacional marcada por tres tendencias como son, en primer lugar, una globalización desequilibrada en la que las agendas regionales se mezclan con las globales; segundo, un débil liderazgo mundial, que alcanza no solamente a los dirigentes de las grandes potencias -Estados Unidos, China, Rusia e incluso la Unión Europea-, sino a las instituciones globales y de una manera muy particular a la propia Organización de las Naciones Unidas; y como tercer factor, la escasa fortaleza normativa que facilita la transgresión de líneas rojas en la búsqueda de intereses particulares.
Admitido este precario punto de partida, no es menos cierto que en estos primeros días hemos oído y leído no pocas valoraciones, marcadas muchas de ellas por sesgos que no ayudan a tener la visión más cosmopolita que la situación requiere. Sin entrar en un análisis más profundo, que abordaré en su momento, sí quiero presentar algunas consideraciones que nos permitan una mejor comprensión del problema al que nos enfrentamos. Para ello me propongo sintetizar tres cuestiones: la primera de ellas es que no se trata de una operación de derrocamiento de un régimen sino de la captura de un presunto criminal; segundo, cómo se debe orientar la transición hacia un régimen democrático; y tercero, resaltar el hecho de estar ante un cambio en la geoestrategia estadounidense.
Se ha llevado a cabo una operación para llevar ante la justicia a un presunto criminal.
A pesar de que algunas voces hablan de que se ha vulnerado el derecho internacional al detener a un Jefe de Estado, quebrando el principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados y la propia soberanía de Venezuela, la situación debiera ser entendida de otra manera por las siguientes razones.
1º. Nicolás Maduro no fue reconocido como presidente tras la manipulación de las elecciones de 2024 por un importante número de países, de manera especial en lo que se refiere a las principales democracias occidentales, ergo no se está deteniendo a un presidente de una nación extranjera, sino que se trata de alguien que usurpa el poder mediante una autoproclamación ilegítima.
2º. La intervención se produce como consecuencia del auto de prosecución de un juez de Nueva York en el año 2020 por el presunto delito de narcoterrorismo. Desde entonces, se le ha instado a comparecer para responder a estas acusaciones, algo que evidentemente no iba a aceptar de manera voluntaria. Un hecho significativo que refuerza este argumento es que tras su captura por fuerzas del Ejército estadounidense, la fuerza militar lo pone en manos de la agencia especializada en la lucha contra las drogas, la DEA (por sus siglas en inglés), quienes serán los responsables de su traslado desde Guantánamo hasta la sede judicial de Nueva York.
3º. La estructura del régimen sigue intacta, 48 horas después de la intervención, y sus instituciones continúan funcionando, habiéndose realizado una transición de poder ordenada a la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Este hecho no es baladí, pues lo que hace es diferenciarlo de otras situaciones similares, como fue el caso del derrocamiento del régimen de Noriega en Panamá, y más aún de los casos de Irak o Libia, donde se desmantelaron todas las instituciones, incluidas las fuerzas armadas desencadenando una guerra civil
No se trata, por tanto, de una intervención militar para derrocar un régimen por ser éste una amenaza a la seguridad internacional o nacional, más allá de discursos más propios de líderes populistas. Tampoco se trata de una supuesta intervención humanitaria, a pesar de las continuas agresiones de la población venezolana por parte del abyecto régimen chavista, lo que hubiera requerido una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y mucho menos de una ocupación del territorio venezolano, sobre lo que cabe señalar el carácter quirúrgico de la intervención militar, cuyos objetivos se limitaron a neutralizar la débil defensa de las fuerzas armadas venezolanas.
Instaurar un régimen democrático en Venezuela
Detenido el dictador nos podemos plantear una disyuntiva clave, mantener el régimen chavista con un nuevo liderazgo continuista o bien promover la transición a un modelo de democrático. Podríamos calificar la segunda opción como la “situación final deseada”, de hecho, la continuidad del régimen no supondría ni siquiera debilitar el tráfico de drogas hacia los Estados Unidos, en la medida que se mantiene la estructura del narcoestado, de la mano de uno de los hombres fuertes del régimen -Diosdado Cabello.
Así pues, admitida la necesidad de acometer un cambio de régimen, nos debemos plantear cómo llevarlo a cabo y aquí nos encontramos con una de las manifestaciones realizadas por Donald Trump, tras la captura de Maduro, al señalar, en mi opinión inapropiadamente, la falta de liderazgo de Corina Machado. Posiblemente si esto hubiera sido explicado por Marco Rubio hubiera sido más coherente su discurso y más clara su comprensión. Se debe asumir que estamos ante un plan de medio y largo plazo, como veremos más adelante, y por ello se precisa evitar que la situación interna de Venezuela degenere en una inestabilidad incontrolada o, lo que es peor, en una guerra civil, como de hecho sucedió en Irak y Libia cuando se desmantelaron los regímenes de Saddam Hussein y Gadafi, respectivamente.
La transición debe de ser llevada a cabo desde el interior del país y por quienes a día de hoy ejercen el control institucional y los que retienen el poder, lo que no es óbice para que sea tutelada desde el exterior, en este caso por la administración estadounidense. Así se podría entender el papel de Delcy Rodríguez, quien podría haber pactado con el gobierno de Trump llevar a cabo esta tarea. Este escenario requerirá en el corto plazo, entre otras acciones, dar muestras de apertura, como sería el caso de la liberación de los miles de presos del régimen, normalizar a los partidos políticos y abrir un proceso electoral. El medio plazo se podría considerar la apertura de un proceso constituyente y la liberalización de la economía del país, en este caso ya de la mano de los vencedores en unos comicios democráticos. De esta forma se podría acometer la restauración social y económica después de casi treinta años del socialismo bolivariano instaurado por Chávez y Fidel Castro en Iberoamérica.
En síntesis, una transición ordenada que se inicie desde la estructura de poder del actual régimen chavista para pasar a manos de un gobierno elegido democráticamente en el que sin duda la figura de la recientemente nombrada Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, será determinante.
Una nueva geoestrategia de Estados Unidos
Una de las consecuencias directas del fin de la Guerra Fría fue el desmembramiento de la Unión Soviética y con ella el final de la ideología comunista tradicional. Tras ello, surgió un sistema internacional en el que Estados Unidos quedó como potencia global, y en el que fueron apareciendo nuevos desafíos a la seguridad que obligaron a la superpotencia a orientar su estrategia a su contención. Estos nuevos retos cambiaron la visión geopolítica estadounidense, orientando su esfuerzo estratégico hacia otras regiones como Europa, Oriente Medio y Asia Pacífico.
En este escenario, en el que los nacionalismos excluyentes y sobre todo el terrorismo internacional ocupaban la inmensa mayoría de las agendas de riesgo regionales y globales, iba a facilitar la desestabilización progresiva de América. Una oportunidad que la Cuba castrista no iba a desaprovechar. En 1999 impulsó el golpe de Estado de Chávez en Venezuela, abriendo la puesta al socialismo bolivariano que se iba a ir extendiendo por América Central y Sudamérica con la financiación del petróleo venezolano que en su momento expropió Chávez. La mayoría de estos países, bajo un manto ficticio de democracia, quedaron en manos de dictadores y sátrapas que generaron Estados de gran debilidad que provocaron importantes movimientos migratorios incontrolados y lo que es peor, muchos de ellos mantienen vínculos con grupos criminales vinculados al narcotráfico, fenómenos ambos que tenía como destino final Estados Unidos.
La recientemente publicada estrategia de seguridad nacional de ese país asume esta situación como un riesgo directo a su seguridad nacional y con ello reorienta su geoestrategia hacia el propio continente americano, reeditando con ello la vieja doctrina Monroe de 1850. Uno de los objetivos pretendidos en esta nueva geoestrategia estadounidense es contener la creciente expansión de China en el continente americano.
Como conclusiones a este breve análisis me permito resaltar las siguientes consideraciones:
- No existe una quiebra del derecho internacional en la medida que sobre la figura de Maduro y su familia existe una orden judicial para su prosecución, habiéndose producido su detención en base a un uso de la fuerza proporcionado y sin daños sobre la población.
- Su captura es un golpe de efecto que no hace sino mostrar el verdadero objetivo pretendido que no es otro que vertebrar y evitar la desestabilización del continente americano.
- Estados Unidos no busca el petróleo venezolano, no lo necesita, pero sí evitar que sirva para financiar regímenes desestabilizadores y la corrupción generalizada.
- La pronta y ordenada transición de Venezuela hacia un régimen democrático es esencial para dar credibilidad a la administración Trump ante la sociedad internacional.
- Una de las principales vulnerabilidades de esta nueva versión de la doctrina Monroe es la comunicación. Se precisa una estrategia de comunicación activa, veraz, oportuna y coherente, ajena a discursos populistas, tan propios del presidente Trump.
Como corolario a esta aproximación a la detención y puesta en manos de la justicia del presidente Maduro y de su esposa, quiero resaltar que una vez más el gobierno de Sánchez se posiciona en el bando equivocado, lo que sin duda está debilitando a España y no hace sino alimentar la percepción de que importantes dirigentes de la izquierda política española han mantenido importantes vínculos con el régimen chavista.


















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