En aquellos años de la posguerra el nivel de analfabetismo en España superaba el 60% de la población, exactamente el mismo porcentaje de menores sin escolarizar.
Eran tiempos donde el hambre apremiaba más que la necesidad de formarse, porque el hambre producía retortijones y el analfabetismo no producía malestar…
Dicen de la Cultura, que el que la tiene no la necesita y el que carece de ella no la echa en falta.
De igual manera se afirma que la Cultura, al carecer de valor, no cotiza en bolsa y condena al ignorante, ya que al final prevalece aquello de que el desconocimiento de las leyes no nos libera de su cumplimiento.
Aquellos tiempos eran tan convulsos, que ir a la escuela era un lujo y la lucha por la subsistencia una guerra sin cuartel.
Recuerdo aquello que se decía con el ánimo de dotar a la población de algún estímulo: «El hambre agudiza el ingenio», por lo que todos los españoles teníamos fama de poseer una desbordante imaginación, un notable ingenio y una mente despejada y despierta.
La gente no sabía leer, ni escribir, pero presumía de saber pensar, discurrir, reflexionar e idear mil maneras de regatear el hambre, por ello tuvimos en la picaresca un género literario propio, no entendido en Centroeuropa y mucho menos en los países nórdicos y anglosajones.
Y habiendo pasado estos complicados años, nosotros, los que tuvimos la suerte de haber superado periodos de extremada dificultad, presumimos de seres superiores, cuando siempre fuimos víctimas de nuestra escasa y precaria preparación.
La Providencia, el Destino, la Fortuna, o el Supremo Hacedor, han permitido sentarnos plácidamente en nuestra mecedora, después de sufrir tantas turbulencias, tantos avatares, para al final poder contemplar maravillosas puestas de sol teñidas de tonos dorados, rojizos y anaranjados, expandidos desde las crestas de las montañas que nos proporcionan luminarias donde se mecen los sueños.
En nuestra privilegiada posición observamos como la Sociedad da pasos hacia adelante y hacia atrás, en una convulsa progresión y regresión que nos mantiene confundidos, expectantes y desorientados.
Hoy, para cualquier actuación, gestión o realización, nos ponemos en manos de un robot, computadora o artilugio y sin más exigencia que saber manejar una Tablet, conseguimos que nos hagan casi todo…
Hoy se puede vivir con una lectura mínima, una escritura reducida, el pensamiento en reposo, la atención en letargo y el esfuerzo en modo avión, porque hoy los valores sólo se dan en los bancos de inversión.
Antes la gente no sabía leer, ni escribir, pero cada amanecer libraba una batalla contra sí mismo para ganarse su libertad y una férrea personalidad forjada en la fragua de la vida.
Hoy la gente sabe leer y escribir lo justo, lo estrictamente necesario, hasta llegar al más elemental emoticono, el jeroglífico más simple y el meme más absurdo que exprese los sentires almacenados en un celular…
Ahora todo el mundo sabe leer, pero no sabe lo que es un libro. Todo el mundo sabe comer, pero va al McDonald y se compra un libro de Arguiñano. Todo el mundo sabe pensar, pero delega en los políticos. Le gusta viajar, pero se encierra en una casa rural a ver documentales. Puede estudiar en la universidad, pero prefiere Wikipedia. Es la generación híbrida, enchufable y recargada con latas energéticas, complejos vitamínicos, potenciadores de músculos y pectorales de goma espuma carentes de riegos sanguíneos y arterias llenas de «stents».
Al final es el hígado hecho fosfatina quien dictará sentencia en una España hipotecada de por vida.


















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