Educar se ha convertido en profesión de riesgo con una tasa de baja por depresión en el profesorado muy alarmante y con un aumento del 70% en el número de profesores que sufrieron ansiedad según el último informe del Defensor del Profesor. Los datos son preocupantes, un 36 por cien de los docentes manifiestan estar desmotivados para afrontar una de las tareas más importantes que puede tener una sociedad: la formación de las futuras generaciones. ¿Por qué se da esta situación? Todos los estudios ofrecen los mismos motivos: condiciones profesionales desfavorables, escasa remuneración, falta de políticas especiales para el sector educativo, existencia de peores climas de aprendizaje, poco reconocimiento social, complejidad cada vez mayor de las funciones docentes y excesiva burocracia. Al mismo tiempo, existe una infradotación de plantillas, congelación salarial, exceso de responsabilidades, empeoramiento del clima de aula y de aprendizaje, ratios elevadas, burn out, escasa promoción interna y desgaste profesional.
La punta del iceberg se encuentra en la clase política, desde que se implantó la primera ley educativa en España, no han dejado de sucederse una tras otra sin posibilidad alguna de que se desarrollen; LOECE en 1980, LODE en 1985, LOGSE en 1990, LOCE en 2002, LOE en 2006 y LOMCE en 2013, LOMLOE en 2020… Son demasiadas leyes en poco tiempo para poder establecer ninguna con éxito. El problema ha sido siempre el mismo, la falta de un pacto educativo entre todas las fuerzas políticas y el compromiso de no instrumentalizar la educación para obtener rédito particular que les beneficie electoralmente. Además en nuestra Comunitat, el sinsentido de la legislación educativa se ha visto aderezada con interminables decretos autonómicos utilizando la lengua como arma arrojadiza para mantener la misma tensión política nacional pero con lectura autonómica.
En la Comunitat, los complementos retributivos no se han variado en 20 años y la Consellería ni tan siquiera presenta una propuesta a los sindicatos que lo han demandado ya de forma insistente. ¿Hay motivos para una huelga indefinida? Por supuesto, pero en una situación de incertidumbre económica se hace difícilmente sostenible entre un profesorado con unos sueldos bastante por debajo de lo que merecen. Además de que las movilizaciones siempre arrastran matices ideológicos que una mitad del profesorado no asume como tales y divide la fuerza, puesto que estando todos de acuerdo en la exigencia no comparten el hecho de haber callado tantos años de gobierno “afín” y pretender “quemar las calles” cuando gobierna otro.
Por todo ello, quizás sería más inteligente trabajar de otra forma y mostrar las debilidades del sistema educativo. Como primera medida, eliminaría toda actividad no remunerada y que los maestros venimos desarrollando por amor al arte, sería el fin de todos los viajes de fin de curso, las excursiones, las salidas culturales, las graduaciones, los festivales de fin de curso, carnavales, fiestas navideñas, semanas culturales etc.. Como segunda medida sería atender escrupulosamente a la burocracia tal y como se nos plantea, es decir hacer una cosa detrás de otra, no todas a la vez como hasta ahora. Sirva de ejemplo el elaborar una programación de aula escribiendo línea a línea con todas las directrices estudiadas y analizadas concienzudamente por el maestro, lo que podría llevar en el horario laboral legal, un mes aproximadamente de trabajo, restando tiempo a preparar las clases que evidentemente no podrían ser preparadas. Posteriormente habría que preparar las situaciones aprendizaje, las programaciones específicas y los informes de trabajo con los alumnos con necesidades, los proyectos transversales, las comisiones y el sinfín de papeleo pero una cosa detrás de otra atascando el día a día para que la administración se diera cuenta del volumen de papeleo y que el maestro invierte más en ello que en la propia docencia.
El siguiente paso, sería atender al alumnado de uno en uno, no todos a la vez… ignorar las interminables disputas de los alumnos y no mediar en ello (los maestros no somos jueces) ignorar las caídas en el patio y rebajar la atención (los maestros no somos médicos) ignorar los lamentos y las frustraciones del alumnado (los maestros no somos psicólogos) ignorar la mediación familiar (los maestros no somos orientadores) ignorar tantos aspectos que se nos atribuyen hasta llevar a mínimos nuestro cometido profesional y renunciar a lo que más nos gusta: lo vocación, que nos convierte en profesionales multifuncionales que abarcan todo.
Para conseguir una educación de calidad se necesita un pacto educativo estable y duradero con criterios estríctamente pedagógicos entre todas las fuerzas políticas, un aumento de formación y de recursos humanos que garantice una aplicación curricular correcta, una disminución de ratio en las aulas, una apuesta decidida por la inclusión y la atención de los alumnos con necesidades educativas especiales y una política eficaz para recuperar el prestigio de la labor docente. Pero también es urgente y prioritario que los maestros sientan reconocida su labor con un salario digno y acorde con la importantísima labor que se realiza en el aula.
Las urgencias, las imposiciones, la falta de consenso e incluso las amenazas no son buenas compañeras de viaje para unos docentes que además de educadores, son padres, psicólogos, sanitarios, policías, administrativos, informáticos, mediadores… y con escasos recursos tienen que tratar de inculcar unos conceptos educativos y valores personales a una de las generaciones más bombardeadas a estímulos con una falta de atención y concentración alarmante.
Si nadie lo remedia estamos asistiendo al ocaso del sistema educativo español y a desmotivar aún más a miles de docentes cualificados que ya no encuentran la ilusión para poder desarrollar esta maravillosa profesión.


















