Recuerdo aquellos tiempos donde los mozos invitaban a las zagalas a bailar en verbenas y saraos celebrados en las fiestas patronales, siendo habitual que los chicos se llevasen a casa varias calabazas y algún que otro bofetón de las pudorosas mozas.
Parece que fue ayer cuando el ligoteo, el coqueteo y el devaneo, constituían todo un ejercicio de subliminal arrojo, franciscana paciencia e infinita perseverancia.
Un chico, por término medio y salvo raras excepciones, era rechazado por la chica de sus sueños varias veces y esto se asumía sin más consecuencias.
El mozo, lejos de arredrarse, lo intentaba una y otra vez hasta que la chica «caía rendida y complacida» por la insistencia del enamorado galán, o le dedicaba un desgarrador graznido que le disuadía de albergar la menor esperanza…
Y pese a la estricta moral existente, el mozo no era denunciado por acoso.
Los zagales tenían un sexto sentido que les decía que él NO no era definitivo, más bien pasajero, condicionado, probatorio y circunstancial. El enamorado zagal, con el simple hecho de mirar a la chica a los ojos, se daba cuenta que el NO era de tal contundencia, tan determinante, que no le daban ganas de seguir intentándolo… El zagal sabia interpretar una mirada y la moza sabía como dejar un no, pero a lo mejor sí, dependiendo de…
Cuantas más veces decían no, más encelaban al mozo hasta convertirlo en un «potro».
Y ahora, pongo la tele y oigo que la mujer debe decir sí mil veces… y mil más… porque al menor no, si el lebrel insiste va a la trena.
En mis tiempos había unas palabras mágicas y una acción definitiva. Las palabras eran «date el piro, o piérdete» y en los bailes los sopapos, guantazos o soplamocos significaban un NO definitivo.
Cuando al enfebrecido mozo en pleno bailoteo se le caía la mano hasta el lugar de la zagala donde la espalda pierde su honesto nombre, el sopapo era tan contundente, que el mozo exhibía durante días su inflamada jeta, con los cinco dedos marcados por la acción de la delicada mano de la muchacha casadera.
Recuerdo que en los recreos del instituto, a un alumno no se le pasaba por la cabeza, no una agresión a una compañera, sino el más leve síntoma de falta de respeto, porque de inmediato era rechazado por todos sin ni siquiera intervenir la Dirección.
Resulta que hoy, setenta años después, observamos en la calle, en los alrededores de los centros educativos y en el mismísimo patio de recreo, cómo los chicos sacuden collejas, sueltan patadas y aventan sus mochilas sobre las siempre risueñas, complacientes, divertidas, obedientes y sumisas chicas…
Y mientras esto ocurre, se sigue con el debate de cuántos síes, o cuántos noes son necesarios para que un hombre sepa que es aceptado o rechazado y la chica pueda desarrollar el siempre divertido, insinuante y sutil coqueteo…
La inmensa mayoría de los hombres integrantes de mi generación nos mostramos incapaces de faltar al respeto a una mujer, porque nuestra formación, educación y condición no nos lo permite…
Algo ha ocurrido con nuestro sistema educativo donde la libertad se confunde con libertinaje y la modernidad siempre debe ir empapada en alcohol… Se acabó el arte de la seducción y se inicia el despropósito de la misandria en donde el hombre siempre es culpable por un irracional e incontrolable odio.
El problema se minimizaría endureciendo el código penal y renovando y potenciando el sistema educativo.

















