A todos les ha dado por disfrutar al máximo los beneficios que generan ciudadanos atados, atrapados y retenidos en telas de araña hábilmente tejidas.
Y lo hacen con la pretensión de tenerles siempre dispuestos para ser exprimidos, y para lograrlo les hacen creer que este tipo de fidelidades y lealtades empresariales son propias de personas excepcionales, induciéndolas con sutilezas a consumir sus productos, siendo estos cuáles fueren.
Las entidades bancarias, las compañías eléctricas, de telefonía, las gasísticas, o de combustibles, nos quieren rendidos a sus pies para a través de atractivas renovaciones periódicas, carnets vips, tarjetas descuento o por puntos lograr sus objetivos.
Y ampliando los campos, se encuentran los partidos políticos y con ellos sus dirigentes, que creen que para que la gente sea dócil, manipulable, maleable, dependiente y subordinada, se les hace entrega de carnets con derecho a nada y si al final el afiliado osase abandonarlos, los repudiarían como apestados por su falta de fidelidad y lealtad.
Fidelidad consistente en tragarse sapos y culebras, y comulgar con ruedas de molino.
Y alertados por estas ataduras que tratan de anular la poca libertad que nos queda, estaría bien liberarnos rompiendo marras, recuperando así nuestra independencia mas gratificante.
Y lo conseguiríamos rompiendo compromisos con hidroeléctricas, telefonías, bancos, equipos de fútbol, religiones y demás instituciones dominadas, controladas, administradas, promocionadas, gestionadas y dirigidas por gentes inmersas en sus cuentas de resultados.
Estaría bueno que a estas alturas estuviéramos esclavizados por empresas de todos los sectores que se han adueñado de nuestra existencia.
No se trata de protagonizar una acción heróica, ni trascendental, ni siquiera valerosa, sólo es el mínimo ejercicio de dignidad que aún nos podamos permitir, la única acción que nos puede proporcionar nuestra ya atenuada rebeldía, viendo lo que se está viendo un día sí y otro también.
Nos hemos convertido en una sociedad domada por gentes sin escrúpulos, donde el dinero ha impuesto su bárbara y atroz dictadura.

















