El Consistorio Digital no se responsabiliza del contenido de los artículos remitidos o de opinión, siendo cada autor responsable de sus propias creaciones.

La franquicia

Existen negocios que venden un producto y negocios que venden la promesa de que algún día dejará usted de necesitarlos. Los segundos son infinitamente más rentables, porque el cliente nunca termina de marcharse.
Tome el narcotráfico como ejemplo. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes calculó que el mercado mundial de drogas movía entre 426.000 y 652.000 millones de dólares al año. El PIB de Uruguay ronda los 81.000 millones; el de Luxemburgo, los 93.000. O sea, que los carteles de la droga facturan cada año entre cinco y siete Uruguays, y sin tener que mantener un solo hospital, una sola escuela ni una selección de fútbol. Súmele a todo esto la prostitución, el juego, el tabaco, el alcohol y la pornografía, y tendrá un sector que da trabajo a millones de personas, paga las nóminas el día uno y no ha conocido un escrúpulo en su vida. Funcionar, funciona. Que no tenga moral o vergüenza es otra historia.
Desde mi punto de vista, el socialismo es una franquicia de esa misma escuela de negocios. Moralmente deleznable y comercialmente impecable. El narco vive de la salud ajena; esta otra empresa vive de la necesidad ajena. Y las dos respetan la regla de oro de cualquier negocio de dependencia: al cliente no se le cura, se le fideliza.
Un narcotraficante no monta un centro de desintoxicación. Sé de lo que hablo: nací en Colombia y fui policía allí. He visto cómo se cuida a un adicto cuando el adicto es el modelo de negocio. Con esmero, con regalos, con una atención al cliente que ya quisieran muchas compañías telefónicas. Lo único que no se le ofrece nunca es la puerta de salida.
Con el votante cautivo pasa exactamente lo mismo. Si un gobierno de esta escuela sacara de verdad a la gente de la pobreza, estaría liquidando su propia cartera de clientes, y ningún director comercial firma su despido. Lo que hace es ampliar mercado: más subsidio, más ventanilla, más dependencia y, cada cuatro años, la cuota. No es casualidad que los estudios demoscópicos retraten al partido del Gobierno pescando con especial fortuna entre quienes viven de una paguita. Nadie muerde la mano que le da de comer, sobre todo si esa mano se ha ocupado antes de que no pueda comer de otra.
Ahora bien, en esta columna no hago trampas, así que voy a aclarar una cosa. Sería muy cómodo decir que todo votante de izquierdas es pobre y tonto. Cómodo y matizable. Los datos dicen que el votante más formado de España vota a Sumar, es el PSOE de Temu: joven, urbano, con título universitario y, con notable frecuencia, nómina pública. Ese no es el cliente. Ese es el pequeño franquiciado. Cobra en euros y predica en pobre. Vive del presupuesto, firma los informes del observatorio y dirige el chiringuito. Al cliente lo conoce de vista, de cuando lo atiende al otro lado del mostrador.
El cliente está en otra parte, y lo que sí le digo con rotundidad es que la pobreza de mente sale muy cara. Quien no lee, no estudia, no ambiciona y no se exige nada acaba casi siempre con una vida estrecha y un sueldo a juego. No es casualidad ni una injusticia cósmica, sino por pura aritmética. Y una vida estrecha es el mercado natural de quien vende atajos.
Lo más interesante de un producto es el envoltorio. Al cliente no se le vende un subsidio; se le vende una medalla, la de la superioridad moral. Puede usted no haber abierto un libro desde la EGB, pero si vota como el partido manda, es mejor persona que el autónomo que madruga para pagarle la ayuda. Así se consigue lo que ninguna multinacional ha logrado jamás: un cliente que paga sus impuestos con alegría y que, si la empresa le orina en la cara, sale a la calle a celebrar lo bien que le viene la lluvia a los embalses.
La otra genialidad de la casa es el departamento de lenguaje. En esta empresa no hay clientes, hay colectivos; no hay subsidios, hay escudo social; y quien pregunta por los resultados no es un contribuyente con derecho a saber en qué se gasta su dinero, sino un facha o facha-pobre. Un sistema social decente funciona como un ascensor: sube a quien se ha caído y lo deja en su planta para que siga andando por su pie. El sistema clientelar se queda con el ascensor, lo para entre dos pisos y le recuerda al pasajero, cada cuatro años, que si cambia de empresa de mantenimiento se queda ahí colgado para siempre.
Que nadie me confunda, con el cayetano del barrio de Salamanca: pantalón de pinza por encima del tobillo, calcetín italiano a la vista y voto a la derecha heredado, igual que ha heredado el piso. Ese, a veces, es más tonto que el otro; simplemente le sale más caro. Yo hablo de los que nacimos en una cuna prestada por un primo mayor, que había que devolver deprisa porque venía otro primo detrás. De los que heredamos el abrigo, compartimos los libros y tuvimos un juguete al año, con suerte. Nacimos sin oportunidades y nos las fabricamos, que es exactamente lo contrario de lo que la franquicia necesita que usted haga, aunque luego viva en el barrio de Salamanca, eso sí, sin ese ridículo pantalón de pinza.
Porque toda franquicia seria tiene su manual operativo, y este es de los buenos. El procedimiento no varía de un local a otro: primero se señala al culpable, después se reparte la ayuda y, por último, se cobra la gratitud en forma de papeleta. Cuando el negocio quiebra, la culpa es del dueño anterior del local. La casa matriz abrió en La Habana en 1959 y sigue sin cerrar, aunque ya no le queda nada que vender. La sucursal de Caracas la inauguró Hugo Chávez y la heredó Nicolás Maduro, con unos resultados que se miden en millones de venezolanos repartidos por medio mundo. La de Managua la gestiona Daniel Ortega en régimen de empresa familiar. Bolivia, Ecuador y Argentina fueron locales franquiciados durante años y han ido bajando la persiana. En Bolivia, tras veinte años del MAS, el negocio se traspasó en noviembre del año pasado con las estanterías vacías, sin dólares y sin gasolina.
A España la franquicia llegó con el asesoramiento incluido. La fundación CEPS, en cuya dirección figuraron Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Luis Alegre, cobró al menos 3,7 millones de euros del Gobierno de Chávez por consultoría política. El propio Iglesias presumía en su currículo de haber sido responsable de análisis estratégico de la presidencia venezolana. Por eso, cuando el excoletas suena a Chávez, no hay que acusarle de plagio. Uno no plagia lo que ha ayudado a redactar.
Y el adonis presidencial, que gobernó del brazo de los redactores, ha resultado un alumno aplicado: el muro, la fachosfera, el enemigo siempre al otro lado. Los discursos cambian de acento, pero no de plantilla. Vienen en el manual, capítulo primero, ese que todo franquiciado se aprende antes que la Constitución.
¿Y usted? ¿Es socio de la franquicia o uno de sus clientes?
No se preocupe, era una broma. Si lee usted este diario y mis columnas, no corre ese peligro.
Bueno, de hecho… lee.


















