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Las Caras del Agua: Los Guardianes Silenciosos de Biar

Hay una forma de caminar por Biar que no entiende de prisas ni de destinos fijos. Es la caminata del que mira hacia arriba, buscando el rastro de un tiempo en el que incluso lo más funcional —el desagüe de un tejado, la bajante de una pluvial— tenía alma. Me refiero a las «Caras del Agua», esos genios de hierro y zinc que, desde finales del siglo XIX, nos observan con su gesto hierático desde las fachadas de nuestros edificios más nobles.

Para muchos, son solo tuberías viejas. Para quienes amamos la historia menuda de nuestra tierra, son latidos silenciosos de arqueología industrial. Son los últimos supervivientes de una época en la que la fundición no solo moldeaba metal, sino también mitos.

Entre la Gárgola y la Industria

Estas efigies —ángeles de mofletes hinchados, faunos barbudos, vírgenes de mirada perdida— son la evolución doméstica y burguesa de las gárgolas medievales. Si aquellas protegían las catedrales del demonio, nuestras «caras del agua» protegían el hogar del espíritu de la lluvia y de la furia de la tormenta. Como bien apunta el investigador Francesc Gisbert, representan ese genius loci romano: el espíritu protector del lugar, anclado aquí a un codo de hierro fundido.

En Biar, al igual que en Alcoi o Alicante, estas piezas nos hablan de un pasado de esplendor metalúrgico. Salieron de los moldes de madera de talleres legendarios como los de Tomás Aznar e Hijos o la fundición de José Rodes. Es fascinante pensar que, tras la severidad de las huelgas obreras de principios del siglo XX y el humo de las chimeneas de Benalúa, nacían estas criaturas fantásticas destinadas a decorar nuestro día a día.

Un patrimonio en fuga

Lo cierto es que estamos perdiendo la mirada de estos guardianes. El PVC y el fibrocemento, tan prácticos como carentes de poesía, han ido sustituyendo al hierro. Muchos de estos rostros han terminado en desguaces, oxidados por el olvido o fundidos como simple chatarra.

«Están ahí, mirándonos o riéndose, incluso silbándonos cuando pasamos deprisa por su lado, sin ni siquiera detenernos».

Escribo estas líneas como una llamada de atención. No permitamos que los «reyes de la humedad» desaparezcan de nuestras calles. Cada vez que una de estas piezas se pierde, se borra un párrafo de nuestra historia industrial y un verso de nuestra estética urbana.

Biar tiene el privilegio de conservar aún algunos de estos ejemplares. Valorémoslos no solo como piezas de museo, sino como lo que siempre fueron: centinelas domésticos que, tras un siglo de lluvias, siguen esperando que alguien, por fin, les devuelva la mirada.


Notas de investigación para el lector:

  • Cronología: La mayoría fueron fabricadas entre 1880 y 1930.

  • Ubicación técnica: Se encuentran en el último tramo de las bajantes de pluviales, insertadas en un embudo cilíndrico decorado de unos 12 cm de diámetro.

  • Origen: Proceden mayoritariamente de las potentes fundiciones de Alcoi y Alicante, que abastecían a toda la provincia y parte del sur de España.

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