¿Obsesión, Pasión O Necesidad Vital?

Hace tiempo decidí no dar crédito a las creencias que nos hacen concebir la convicción de reencarnarnos en un nuevo ser, siendo fiel a mi condición de escéptico irredento.

Sin embargo, puesto a jugar con la imaginación, al margen de lo que representa el concepto de reencarnación, un tanto confuso, con sus connotaciones religiosas, me recogí sobre mí mismo y me entregué a ese gratificante juego de reencarnarnos en algo o en alguien fruto de nuestra imaginación.

En este ejercicio lúdico no me movió ninguna ilusión doctrinal, ni siquiera la necesidad de seguir siendo persona, por aquello de no volver a ser quien era.

Mi tendencia a leer a ciertos autores especializados en estos temas, me ha alimentado la idea que me lleva a anteponer el espíritu sobre la carne; el alma sobre el cuerpo, lo intangible sobre la materia… Fantasías. ensueños, ilusiones y utopías sobre la realidad.

Me estremece pensar que tras la muerte se produce el milagro de recobrar la lozanía que disfrutamos en nuestros tiempos de juventud, porque esto me llevaría a la quimera que representa la inmortalidad del cuerpo, destruyendo aquella frase bíblica recogida en el Génesis 3:29 que subraya la mortalidad humana, la fragilidad y el origen terrenal del hombre.

«Polvo eres y en polvo te convertirás».

Y reconociendo esta complejidad doctrinal que ofrecen todas las religiones y que éste que suscribe respeta profundamente, en ese juego de desear reencarnarme en algo, siempre mantuve la ilusión de ser «como una gaviota». No ser una gaviota…

Eso de poder volar a mí antojo me fascina.

Planear plácidamente a ras de las olas, meciéndome en las brisas marinas, bordeando acantilados, aprovechando las cambiantes brisas y las siempre caprichosas térmicas, me produce un irrefrenable y pecaminoso deseo de ser como una gaviota.

Sí, lo sé. Lo repito tantas veces, que temo que se convierta en una obsesión más que un sueño.

Son mis eternos deseos de libertad y la sublime sensación de vivir en aquella atalaya del inaccesible acantilado donde el horizonte se me antoja infinito…

Ese placer que ofrece pasear de forma cadenciosa, siempre erguido por las sosegadas playas de doradas arenas, bañadas entre puntillas y cenefas blancas de encajes inmaculados, que bailan entre espumas de algodón y burbujas transparentes de irisados colores…

Como aquella gaviota que baila valses, al son de cánticos de sirenas, cornetas de caracolas y silbos de vientos, que regatean entre las grietas de rocas bañadas de corales…

Aquella gaviota que viaja en veleros posada en el mástil de la vela mayor, abanicada por el ondear de las banderas, siempre dispuesta a asumir la obediencia que dictan las brisas.

Soñé ser como la gaviota que se deja mecer por vientos llenos de caricias, de sabor salino yodado y perfumado de algas marinas

Por encima de la razón, la ciencia y la lógica se encuentra mi necesidad de soñar, imaginar, serenar el alma y sentir tibieza en las entrañas. De ahí que mis sueños de libertad se mantengan con la misma intensidad, con idéntica pasión, con la misma fuerza, con idéntica convicción, porque en ello va mi estabilidad emocional y mis más equilibrados sentires… que son los que generan una reparadora paz interior. Nada que ver con lo que pretenden proporcionar los vendedores habituales que siguen aferrados a la carne.

s a la carne.

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Enrique García-Moreno Amador

Presidente del Ateneo de Ocaña

Escritor y amante de Ocaña y su historia

Tags: El Atril de Enrique García-Moreno

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