Ruega por nosotras: Memoria, dolor y luz en el reformatorio de la dictadura

«Es una institución que pasó muy desapercibida, pues porque el franquismo así lo quería y porque las mujeres que pasaban por allí sentían que era como un estigma que no querían contar.» — Daniel Monzón

El cineasta Daniel Monzón regresa a la cartelera con su nuevo trabajo, «Ruega por nosotras», una película que rescata del olvido una de las páginas más oscuras y silenciadas de la historia reciente de España: el Patronato de Protección a la Mujer. Tras su paso por el Festival de San Sebastián, el director, junto a las actrices Manuela Calle y Zoe Bonafonte, desgrana los entresijos de un rodaje marcado por el compromiso social y la memoria histórica.

Una realidad oculta durante décadas

La trama sitúa al espectador en la Barcelona de 1974. Ana, una joven de 19 años de familia acomodada, es considerada rebelde tras una fuga nocturna. Su castigo: ser internada en un reformatorio de Madrid bajo un férreo régimen disciplinario. Allí sobrevive gracias a una luminosa amistad con Sole, en un relato que se adentra en los estertores del franquismo y los primeros compases de la transición.

Sin embargo, el filme va mucho más allá de la ficción individual. El Patronato —una institución creada en 1902 y fuertemente potenciada por el régimen franquista— se prolongó inexplicablemente hasta 1985, ya en plena democracia. Bajo la coartada de «enderezar» a jóvenes consideradas en riesgo moral, operaron más de 500 centros en toda España regentados por órdenes religiosas, convirtiéndose en un lucrativo negocio amparado por el silencio y la connivencia social.

Claves de la entrevista con equipo y director

  • Un descubrimiento que genera indignación: Monzón conoció la existencia del Patronato en 2020 a través de un artículo de prensa y los ensayos fundamentales de la investigadora Consuelo García del Cid. El director confiesa que el hecho de que esta realidad conviviera con su propia juventud le provocó una mezcla de «ira y vergüenza».

  • La perspectiva de las actrices: Para Zoe Bonafonte y Manuela Calle, enfrentarse a estos hechos supuso un impacto absoluto. Ambas coinciden en señalar la falta de memoria histórica en España, destacando cómo ni sus propias familias conocían la magnitud de los abusos en instituciones como el madrileño centro de Peña Grande.

  • El microcosmos del régimen: La película funciona como una metáfora del franquismo a pequeña escala. El personaje de la madre superiora (interpretado por Adelfa Calvo) no se dibuja como una villana de caricatura, sino como un ser humano que cree firmemente estar cumpliendo una encomienda moral, reflejando el rigor del nacionalcatolicismo.

  • Inmersión y rigor en el rodaje: Para lograr la máxima verdad en pantalla, el elenco y la propia figuración pasaron por semanas de preparación donde experimentaron las rutinas físicas, las estrictas tareas de limpieza y el aprendizaje de oficios a los que eran sometidas las internas.

  • Un altavoz para las víctimas: Aunque el proceso creativo se nutrió de tesis doctorales, documentales y testimonios recogidos en libros, el equipo priorizó que las actrices mantuvieran la pureza emocional de sus personajes sin la carga directa del dolor real previo al rodaje. Hoy en día, la película se alza como un homenaje y un altavoz para que la Iglesia reconozca los hechos y pida perdón a las miles de mujeres afectadas.

El Consistorio Digital no se responsabiliza del contenido de los artículos remitidos o de opinión, siendo cada autor responsable de sus propias creaciones.

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