España me adoptó hace veinticinco años, y lo digo con la gratitud de quien sabe perfectamente lo que implica arrancar la vida de raíz de un sitio y plantarla en otro continente. Llegué desde un país en donde las elecciones eran tan legales como un hurto en directo, donde las urnas se manipulaban con la naturalidad con la que aquí se discute sobre la tortilla de patata, donde los votos se compraban por paquetes como si fueran ofertas de supermercado, donde un carnet de conducir podía comprarse en una esquina en frente del edificio de tráfico mientras el funcionario simulaba eficiencia detrás del cristal. Venía de un lugar donde una multa no era una sanción administrativa, sino una negociación: el policía, con gesto solemne, te explicaba que la sanción oficial era lo de menos, que lo importante era “arreglarlo por fuera y por las buenas”, porque él también tenía que pagar el fin de semana, la gasolina de la moto y, en algunos casos, la cuota pendiente de quien le había “ayudado” a entrar en el cuerpo.
En mi país natal, los políticos se graduaban con un sobre bajo el brazo, no con un título; la economía sumergida era el verdadero motor de la nación, y la inflación del 25% anual convivía amistosamente con un paro del 40%, como si ambas cifras hubieran firmado un pacto para arruinar a la gente sin que esta se quejara demasiado. Y eso, créase o no, era lo normal. Era mi paisaje cotidiano. Uno aprende a vivir así, hasta que descubre que no debería aprender a vivir así.
Por eso, cuando España me adoptó, lo hizo como una madre que te enseña lo que es un país serio. Un país donde había futuro, donde las normas se respetaban, donde la palabra “oportunidad” tenía sentido, donde la corrupción no se celebraba ni se justificaba con frases folclóricas. Un país donde la dignidad institucional pesaba más que el ruido, más que la consigna, más que la ideología de moda. España, a mis entonces veinte años, era la tierra donde uno podía enderezar la vida sin pedir permiso a nadie.
Y quizá por eso duele tanto verla hoy convertida en una caricatura absurda de sí misma, un escenario donde se discuten fantasmas en vez de problemas reales, donde se excava una tumba para tapar una mentira, donde se culpa al dictador de turno de todo lo que no se puede explicar: el precio del alquiler, la dana de Valencia, la cocaína de medio Parlamento, las prostitutas de Ábalos, la bragueta de Paco Salazar, la degeneración moral de quien debería dar ejemplo y la inacción del Rey ante la acción de quienes deberían proteger la identidad, la cultura, la religión y las fronteras de un país que parece empeñado en perderse a sí mismo.
Franco sigue más vivo que nunca, rejuvenecido por una clase política que lo utiliza como cortina de humo. Y no por nostalgia, porque ni eso tienen, lo hacen porque es rentable. Porque mientras la mitad del país grita “fascismo” al aire, la otra mitad no pregunta por las listas de espera, por el paro estructural, por la destrucción industrial, por las cifras de suicidios, por el éxodo de talento, por el empobrecimiento generalizado, por las fronteras descontroladas, por los escándalos que se repiten sin consecuencias o por las toneladas de dinero público que se evaporan en ONGs ideológicas de dudosa utilidad y moralidad selectiva, o se donan a otros paises, con los que seguramente tenemos convenios para que no revelen el contenido de lo que encontró Pegasus en ciertos teléfonos móviles.
Y mientras tanto, la España real, la que madruga, la que educa hijos, la que estudia, la que paga, la que produce, observa en silencio cómo el país que yo conocí en el año 2000 se ha ido transformando en algo peligrosamente parecido a lo que dejé atrás en Colombia. Antes se podia pensar que exageraba. Hoy estoy convencido de que vengo del futuro. Y no me gusta el futuro que vi y que veo.
Porque, díganme ustedes: ¿qué diferencia real hay entre comprar votos en mi país natal y comprar voluntades aquí con subvenciones ideológicas que se entregan sin control, sin auditorías, sin resultados y sin vergüenza? ¿Qué diferencia hay entre las urnas manipuladas de allí y los pactos inmorales de aquí, donde el poder se compra con indultos, privilegios o cheques? ¿Qué diferencia hay entre un carnet comprado en la calle y un cargo público adjudicado por amiguismo en lugar de mérito? ¿Qué diferencia hay entre el policía que negocia contigo para pagarse la fiesta y el político que negocia con tu dinero para pagarse la suya? ¿Qué diferencia hay entre el Estado corrupto latinoamericano y este Estado emocional europeo que ha convertido la incompetencia en virtud y la irresponsabilidad en estilo de gobierno?
Lo único que cambia es el maquillaje. La decadencia es la misma.
Y sí, lo digo con la claridad de quien ha vivido en un país donde la corrupción era régimen y no excepción: España está caminando hacia ese mismo abismo, y lo hace con una sonrisa narcisista, con purpurina ideológica y con una soberbia de nuevo rico que no sabe que ya está arruinado.
Mientras todo esto ocurre, el Rey observa desde su atalaya con un silencio que ya no parece prudencia, sino resignación. Una institución diseñada para defender la unidad y la estabilidad del país convertida en un espectador de su propia irrelevancia. Como un violinista tocando melodías suaves mientras el barco golpea el iceberg de frente. Y claro, cuando los que deberían sostener el país prefieren no molestar a quienes lo están destruyendo, el resultado es exactamente este: una España que se descompone por dentro, pero se entretiene discutiendo por fuera.
He vivido lo suficiente para saber que ningún país se derrumba de golpe. Se derrumba lentamente, como una casa a la que le van quitando ladrillos sin que los habitantes lo noten. Primero se toleran pequeñas injusticias. Luego se normalizan grandes abusos. Luego se ridiculiza al que protesta. Luego se señala al que piensa. Y finalmente, se criminaliza al que dice la verdad. Y cuando llegas a ese punto, ya no hay marcha atrás.
Por eso lo digo con toda la frialdad de quien conoce el camino: si seguimos votando políticos corruptos, si seguimos pagando sus fiestas, sus drogas, su lenocinio, sus amantes, sus despropósitos y su miseria moral, veremos replicada aquí, en cinco años, la misma decadencia que yo dejé atrás cuando España me adoptó. Y no habrá tumba exhumada, ni memoria histórica, ni pancarta morada que pueda disimularlo.
Y aquí es donde llegan las preguntas que no se pueden esquivar, las que deberían quedarse en la cabeza del lector como una espina:
¿De verdad creemos que un país puede sobrevivir si elige repetir los errores de aquellos lugares de los que tantos huimos buscando dignidad?
¿Cuánto tiempo más puede aguantar España antes de convertirse en una copia maquillada del caos que tantos conocemos de primera mano?
Y, lo más inquietante: ¿quién va a reconstruir esta nación cuando los que aún la amamos decidamos que marcharnos es menos doloroso que ver cómo se pudre?




















