Tras la caída del telón y la detención del que muchos seguimos señalando como el líder del Cartel de los Soles, el narcoterrorista Nicolás Maduro, España y parte de esa Europa que vive en una burbuja de cristal ha vuelto a exhibir su síntoma más patético: la defensa de lo indefendible. No me sorprende, pero no por ello deja de producirme una náusea profunda ver cómo una parte de la sociedad se ha apresurado a opinar, e incluso a manifestarse, en contra de que la justicia, aunque sea la norteamericana, por fin, haya alcanzado a quien convirtió un país próspero en una fosa común de esperanzas.
Y que no se me malinterprete. No digo que opinar o manifestarse esté mal; al contrario, este espacio que comparto con vosotros cada semana es, precisamente, un ejercicio de libertad de opinión. Las opiniones, ya se sabe, son como los culos: cada uno tiene el suyo. Pero la cuestión es que, para opinar, y sobre todo para echarse a la calle con una pancarta, hace falta un mínimo de conocimiento, un rastro de decencia intelectual y, por qué no decirlo, una pizca de vergüenza. Manifestarse es un acto de apoyo frontal o de detracción total; es poner el cuerpo detrás de una idea. Y cuando esa idea es la defensa de un dictador tirano y asesino, el acto deja de ser político para convertirse en algo despreciable y ridículo.
¿No os parece curioso que en esas marchas «espontáneas» en favor del «payaso bailador» no se viera ni una sola bandera de ocho estrellas portada por manos venezolanas? El fenómeno es digno de estudio, o de psiquiatría. Supongo que muchos habréis visto ese vídeo viral del venezolano en Suiza, gritando a pleno pulmón en medio de una manifestación pro-Maduro, preguntando si había algún venezolano presente. El silencio fue la única respuesta, roto apenas por un peruano despistado que balbuceaba que «había una hace un rato, pero se fue». Es la estampa de la impostura: gente que no sabe si le van a pagar su asistencia en francos, en euros o en un plato de ají de gallina, defendiendo desde la comodidad del primer mundo lo que los venezolanos sufren en sus propias carnes.
Yo he estado en Venezuela. Tengo amigos venezolanos que han visto cómo sus familias se desintegraban por el hambre y la persecución. Estoy casado con una venezolana, una mujer que conoce bien lo que significa que el Estado te robe el futuro. Por eso, aunque con la humildad de quien solo es un observador con memoria, me permito opinar de algo que conozco. Conozco el olor del miedo en las calles de Caracas y el brillo de la impotencia en los ojos de quienes han tenido que huir con lo puesto. Al menos lo suficiente como para emitir algo más que payasadas por la boca o a través de estas letras.
Pero, ¿y estos personajes que opinan sobre las bondades del reinado del ex maquinista del metro? Porque si a Pablo Iglesias, a Irene Montero, a Ione Belarra y a todos estos «pijiprogres» que viven a costa de nuestros impuestos les gustan tanto las dictaduras comunistas de Rusia, China, Cuba y la hasta ahora dictadura bolivariana, ¿por qué no se van a vivir allí de una puñetera vez y nos dejan en paz? Es una pregunta retórica, todos sabemos muy bien por qué. La respuesta es simple: les gusta tanto el comunismo como las colonoscopias sin sedación. Lo que les apasiona es vivir a costa de subvenciones, de chiringuitos y de tus impuestos y los míos.
Y claro, hay que aplaudir como un borrego al señor que te ha dado medio millón de euros para sacar adelante el canal que te diera la entrada en el Gobierno, como le pasara a toda la cúpula de Podemos. O a Monedero, que tiene solucionada su vida económica de por vida, o a Zapatero, que se ha hecho millonario (presuntamente) a través del narcotráfico. En realidad, esas opiniones, las de los que sacan rédito económico, como los manifestantes suizos a sueldo y los ladrones españoles, están justificadas. Moralmente son deleznables, sí, pero justificadas bajo la lógica del mercenario: se mueven por el dinero.
Pero, ¿y el resto? ¿Son simplemente deficientes mentales que oyen campanas y no saben dónde? Porque esto no es un tema aislado, es el día a día en nuestra sociedad. Cada vez que rascas un poco en cualquier publicación en redes sociales, verás a uno de estos pánfilos, comentaristas de sofá, opinando sin vergüenza, sin miramiento y, sobre todo, sin conocimiento alguno. Se esconden detrás de un avatar y un perfil falso para soltar su bilis sobre cualquier cosa, con tal de llevar la contraria y buscar una camorra que sirva de entretención para sus vidas vacías.
Son los mismos que opinan sobre la «desfachatez» de hablar de denuncias falsas en España. Se les llena la boca de orgullo diciendo que las denuncias falsas no existen, pero no se han ocupado de leer ni medio párrafo de los informes del Consejo General del Poder Judicial. Es más, estoy convencido de que la mayoría ni siquiera sabe lo que es el Consejo General del Poder Judicial ni qué funciones tiene. Repiten el mantra que les llega masticado por Tele Pedro, sin contrastar un solo dato, mientras desprecian a las víctimas reales de un sistema que ha sustituido la presunción de inocencia por la ideología de bando.
Opinan sobre machismo y sobre feminismo con una arrogancia que asusta, pero les preguntas quién fue Simone de Beauvoir o qué papel tuvo Isabel la Católica en la historia de la civilización y se quedan en blanco. Eso sí, te hablan de lo mal que lo pasaron durante la dictadura de Franco, cuando son unos atontados de 22 años cuyos abuelos nacieron cuando Franco ya chocheaba. Es esa memoria histórica de cartón piedra, construida a base de eslóganes y falta de libros.
Y qué decir de esos que opinan sobre las bondades del socialismo radical mientras esperan en la puerta de la universidad privada que les pagan sus padres. Te dan lecciones de lucha de clases con el último modelo de iPhone en la mano y, cuando vas a su casa, descubres que no saben ni freír un huevo y que tienen la cama sin hacer desde hace una semana. Son revolucionarios de salón, de esos que aman a la humanidad, pero son incapaces de recoger su propia ropa sucia.
A ver si crecemos un poquito ya, que como sociedad nos estamos comportando como adolescentes caprichosos. El caso es llevar la contraria a «papá y mamá» entiéndase aquí como la autoridad, la tradición o simplemente el sentido común, bajo un sentimiento constante de inconformismo impostado. Se creen que el mundo empezó cuando ellos abrieron su cuenta de Instagram y que no tienen que rendir cuentas a nadie. Pero los que la adolescencia nos pilla ya lejos, sabemos cómo acaba el cuento, ¿verdad?
Al final, descubres que papá y mamá tenían razón y que nosotros no éramos más que niños jugando a ser adultos, con la diferencia de que ahora nos comportamos como un mono con una escopeta. Tenemos en nuestras manos herramientas de comunicación masiva y derechos que costó siglos conseguir, y los estamos usando para disparar a ciegas contra todo lo que huela a verdad, solo porque la verdad nos obliga a madurar y a asumir responsabilidades.
España no puede seguir siendo el refugio de quienes defienden tiranos desde el sofá mientras ignoran los datos que tienen delante de las narices. La detención de Maduro es una victoria para la libertad, pero también un recordatorio de la miseria moral que nos rodea aquí, en casa. Porque defender a un narco-dictador no te hace «progresista», te hace cómplice. Y opinar sin saber no te hace libre, te hace simplemente un ignorante útil para quienes viven de tus impuestos y de tu ceguera.
¿Tú de qué eres? ¿De dato o de relato? Yo, mientras tanto, seguiré aquí, escribiendo lo que muchos pensamos, aunque a los pánfilos de avatar falso les escueza la verdad tanto como reconocer que por la mañana reniegan del Dictador Franco y por la tarde defienden a los dictadores Maduro y Sánchez.




















