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La cena, el cava… y los 4.000 ausentes

La Navidad siempre ha tenido algo de contradicción, ese extraño equilibrio entre el ruido y la melancolía, entre las luces que pretenden tapar lo que no queremos mirar y los villancicos que intentan disfrazar de alegría un ambiente que, a poco que uno preste atención, huele más a rutina que a celebración, y mesas tan llenas como vacíos están los bolsillos de un país que llega a diciembre con más sombras que certezas. Pero este año, más que nunca, España va a brindar intentando no mirar aquello que realmente duele, porque cuando levantéis la copa esta Nochebuena no deberíais olvidar que este año se han quitado la vida alrededor de 4.000 personas, unos 3.000 hombres y 1.000 mujeres que no celebrarán nada, aunque murieron mucho antes de tomar la decisión de marcharse: unos por asfixia económica, otros por abandono institucional, 2.500 hombres porque fueron víctimas de una denuncia falsa o en algunos casos que conozco de cerca, hasta 34, que les arrancaron a sus hijos y, por lo tanto, les arrancaron la vida, dejándolos sin la única razón que les quedaba para seguir respirando en un país que prefiere mirar la decoración antes que las cifras que lo definen.

Porque esta es la verdad incómoda que nadie quiere llevar a su mesa navideña: España ha aprendido a convivir con la tragedia, igual que convive con la humedad en la pared que tiene pendiente de reparar hace 3 inviernos. Se acostumbra al olor, al deterioro y al daño, siempre que la pintura de encima se mantenga medianamente presentable. No hablamos de cifras pequeñas ni de dramas aislados, hablamos de un país que entierra a miles de ciudadanos cada año porque las instituciones decidieron hace tiempo que es más rentable gestionar la venta de emociones que resolver problemas. Un país que, además, no solo no se avergüenza, sino que presume de avances, de igualdad, de progreso, de derechos y de no sé cuántas palabras más que sirven para fabricar titulares pero no para salvar vidas.

Y es que este 2025 que ya agoniza nos deja un paisaje moral difícil de describir sin que a uno se le atragante el turrón: tres millones de denuncias por “violencia de género” acumuladas en veinte años de Ley Integral de Violencia de Género, un sistema que no solo ha destruido miles de familias, sino que ha condenado a los hombres españoles a vivir en un estado permanente de sospecha, miedo y vulnerabilidad legal, como si la masculinidad fuera un delito que solo prescribe cuando la vida se te va por la puerta de atrás. Tres millones. Ni una sola evaluación seria. Ni un solo mea culpa. Ni una revisión legislativa. Solo propaganda, banderas moradas y discursos prefabricados que ya provocan más somnolencia que indignación.

Por si fuera poco, el año nos deja también la joya legislativa de la temporada: el gran invento de la ley de violencia vicaria. Una reforma que pretende nacer con una potencia narrativa extraordinaria, porque eso sí, si algo saben hacer es seleccionar palabras, y que convierte cada conflicto familiar en un escenario ideológico donde la presunción de inocencia es un accesorio prescindible y donde el criterio se sustituye por la emoción, la evidencia por el prejuicio, la justicia por la conveniencia política, y los menores por una excusa más en el menú de lo que genera subvención. La violencia vicaria, que debería ser un concepto serio, riguroso, cuidadosamente estudiado y dolorosamente real, se ha convertido en una herramienta de combate que permite tachar, etiquetar y señalar sin necesidad de pasar por esa molestia llamada “prueba”.

Mientras tanto, el Gobierno sigue ampliando su colección de imputados igual que colecciona tazas de viaje, y el Fiscal General de la Nación, sí, ese, el condenado, continúa dando lecciones morales desde la trastienda y está a las puertas de un indulto parcial por parte de sus cómplices en el gobierno. Cuándo en lugar de eso debería estar en un museo de humor involuntario. Nos están meando en la cara.

La economía, por su parte, avanza solo en el BOE y en la imaginación de algún asesor del CIS que debería cobrar también por escribir cuentos infantiles, porque lo que venden como éxito laboral es, sencillamente, una comedia de mal gusto: contratos precarios catalogados como “indefinidos”, empleo de fin de semana presentado como estabilidad, y cifras maquilladas que solo engañan a quien cree que gobernar consiste en poner filtros de Instagram.

Y si todo esto parece deprimente, esperad a mirar la otra curva, para mi, de las más importantes: la natalidad más baja de la historia reciente de España, un país donde formar una familia se ha convertido en un ejercicio de riesgo económico y psicológico, donde los jóvenes saben que traer un hijo al mundo implica renunciar a un futuro que ya de por sí está construido sobre arenas movedizas, y donde quienes sostienen de verdad el país, esas abuelas invisibles, continúan criando nietos con pensiones que no suben ni aunque los huevos valgan el doble. Las guarderías públicas se llenan de “nuevos nacionales” mientras cientos de miles de españoles posponen indefinidamente la maternidad y la paternidad porque hacer cuentas es más eficaz que escuchar discursos.

Pero tranquilos, que llega la Navidad y el país entra en modo automático: cenas de empresa con risas impostadas, discursos institucionales escritos por becarios con aspiraciones literarias, anuncios de turrón que insisten en que somos una gran familia, y luces LED que consumen menos electricidad pero más dignidad. Nos enseñan a fingir que estamos bien, y la mayoría borreguil obedece porque fingir siempre ha sido más sencillo que confrontar la verdad. España tiene esa habilidad innata para aguantar golpes con resignación bíblica mientras el Gobierno asegura que todo va de maravilla, vendiendonos datos como una forma de opinión y no un espejo que ya nadie quiere mirar.

Y aun así, llegará la Nochebuena y nos sentaremos alrededor de la mesa, y habrá quien diga que no es momento de hablar de estas cosas, que no toca, que estropea la cena, que mejor dejamos los problemas para enero; ¿acaso el calendario tiene la capacidad milagrosa de transformar tragedias en anécdotas?. La sociedad española vive anestesiada por voluntad propia, quizá porque pensar duele más que callar, o quizá porque el país ha aprendido que la verdad no trae regalos, sino responsabilidades.

Pero la responsabilidad no desaparece porque uno cierre los ojos. Y la verdad tampoco. La verdad se sienta en la mesa, aunque no la invites.

Por eso esta Navidad deberíamos hacernos varias preguntas aunque sean incómodas, esas que ninguna institución quiere que formulemos: ¿qué clase de país somos si somos capaces de celebrar mientras ignoramos 4.000 suicidios? ¿Qué tipo de nación presume de igualdad mientras permite que 2.500 hombres se quiten la vida por procesos que jamás debieron iniciarse? ¿Qué conciencia puede soportar que tantos padres mueran en vida porque el Estado decidió que sus hijos eran una herramienta política? ¿Y qué esperanza puede tener un país que se cree moderno mientras se está quedando sin niños y sin futuro?

Y lo más perturbador: ¿cuánto tiempo más vamos a fingir que no vemos lo que estamos viendo? ¿Hasta cuándo vamos a soportar que nos gobiernen relatos en lugar de realidades? ¿Quién va a reconstruir esta nación cuando ya no queden manos ni motivos? ¿Y cuántas Navidades más podremos celebrar antes de aceptar que quizá la oscuridad no viene de fuera, sino de dentro?

 

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Juan Carlos Camacho García

Colaborador de «El Consistorio»

Empresario y escritor con una trayectoria marcada por el liderazgo, la adaptabilidad y el compromiso social. Desde los 17 años intervino en el mundo empresarial, dirigiendo equipos de ventas, guiando empresas en crisis y asumiendo responsabilidades ejecutivas, complementando esa experiencia con estudios en Ingeniería Industrial.
Autor de *Relatos de un Maltratador*, obra que surgió desde la vivencia, la reflexión y la voluntad de transformar experiencias emocionales en un discurso literario que conmueva y active. La primera edición se agotó en menos de tres meses, y posteriormente fue ampliada y revisada para profundizar personajes y estilo.
Actualmente compagina su labor empresarial con iniciativas de divulgación literaria y social. Canta como tenor en un coro lírico y convive además de con su familia, con dos gatos esfinge, Coco y Draco, quienes son testigos silenciosos de sus procesos creativos.
Vida personal: casado en segundas nupcias y padre de dos hijas de 14 y 18 años.

Tags: El Atril de Juan Carlos Camacho García

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