Hay un punto en la decadencia de una nación en el que la indignación deja paso a una náusea profunda, una arcada física que nace de observar cómo la hipocresía se ha convertido en el único programa de gobierno. En la España que hoy veo transformada en una «tía loca» desquiciada por la ideología, hemos alcanzado el grado máximo de desvergüenza. Nos mean en la cara, sin disimulo, con el chorro caliente de la soberbia, y desde el Consejo de Ministros y sus terminales mediáticas nos dicen, con la cara de cemento armado, que lo que sentimos es una «ciclogénesis explosiva».
No es lluvia, señores. Es el desprecio absoluto de una izquierda radical y extrema que ha decidido que la verdad es un estorbo y que la moral es algo que solo se aplica a los demás. Una izquierda que ha montado un teatro de sombras donde los palmeros ignorantes, ya sea por deficiencias cognitivas severas o por el pesebre de la subvención que les llena la panza, aplauden mientras el país se desmorona.
Resulta vomitivo ver a nuestra ministra de Igualdad, esa que cobra sueldo astronómico por inventar problemas donde no los hay y por perseguir al hombre español por el mero hecho de serlo, callar como tumba, por no decir otra cosa, ante lo que sucede en Irán. Allí, en la teocracia que financia o inspira a ciertos sectores de nuestra política, las mujeres son azotadas, encarceladas y asesinadas por un mechón de pelo. Allí no hay «puntos violeta» ni campañas de sensibilización pagadas con el IVA de la leche y los huevos. Allí hay una policía de la moral que es el espejo extremo de lo que estas iluminadas querrían implantar aquí: el control total sobre la conducta del individuo.
¿Dónde están las pancartas por las mujeres de Teherán? ¿Dónde los minutos de silencio por las que mueren bajo el velo obligatorio? No existen. No están porque el verdugo de Irán no encaja en su relato de odio al varón occidental. Su sororidad es una estafa que termina donde empiezan los intereses geopolíticos de sus aliados. Además de que Pablo Iglesias, el eterno coletas sin coleta, reconoció que era un caballo que no le importaba cabalgar, porque les daba dinero y lo dijo además con una sonrisa. Es la misma hipocresía que exhiben ante la persecución masiva de cristianos en África.
Mientras aquí se rasgan las vestiduras por cualquier conflicto que les permita ondear una bandera palestina para canalizar su antisemitismo latente, ignoran deliberadamente el genocidio silencioso en Nigeria o el Sahel, que persigue a la que fuera nuestra religión oficial hasta 1978. Miles de cristianos masacrados, iglesias quemadas y pueblos enteros borrados del mapa. Pero claro, la víctima cristiana no vende; no sirve para alimentar el negocio del victimismo profesional que han montado en los ministerios. Si la víctima no ayuda a derribar las raíces de Occidente, a la izquierda española le importa un bledo que la degüellen.
Lo de Venezuela ya no es solo una tragedia humanitaria; es la prueba de la miseria moral del PSOE y sus socios. Mientras el pueblo venezolano se hunde en la esclavitud del siglo XXI, con una inflación que devora los sueños y una represión que llena las cárceles de inocentes, aquí el Gobierno de Pedro Sánchez sigue masajeando la dictadura de Maduro.
Es indignante ver cómo defienden a un tirano que ha convertido a un país rico en un erial de hambre y éxodo. Pero claro, ¿cómo van a criticar a Maduro si muchos de ellos han comido de esa mano? ¿Cómo van a señalar la tiranía cuando ellos mismos están aplicando aquí el manual del chavismo de traje y corbata? Manipulación de instituciones, asalto a la justicia y señalamiento al disidente. Venezuela es el espejo de lo que quieren para España, y por eso no pueden condenarlo. Prefieren vendernos el relato de la «soberanía» mientras ven pasar las maletas de Delcy por Barajas con la complicidad de quien sabe que tiene mucho que ocultar.
Y mientras nos dan lecciones de ética feminista desde el púlpito de la corrección política, la realidad del PSOE se revela entre rayas de cocaína y facturas de puticlubs pagadas con dinero público. Es la estética del «caso Mediador», la del «Tito Berni», la de una izquierda que por la mañana legisla para prohibir la prostitución y por la noche la consume con el dinero de los parados.
Tienen la desfachatez de intentar destruir civilmente a Julio Iglesias por denuncias sin probar, rescatando vídeos de hace cuarenta años para hacer un juicio sumarísimo a un icono mundial, mientras sus propios cargos se corren juergas que harían sonrojar al mismísimo Calígula. Se arrancan las vestiduras con el «machismo» de una canción de los ochenta, pero no parpadean al ver a sus compañeros de partido gastarse el presupuesto en putas y coca. No tienen vergüenza porque no la conocen. Han sustituido la conciencia por la consigna.
Lo digo con toda la claridad de quien ha visto caer una nación entera por permitir que la mentira se convierta en ley: una persona normal, con un mínimo de higiene mental y dignidad, ya no puede votar a esta izquierda española. Y no me malinterpretéis: no digo que ser de izquierdas sea malo. Cada cual que tenga la ideología que le dé la gana; la pluralidad es la base de la libertad. El problema no es la ideología, es la podredumbre.
Lo que tenemos hoy en España no es izquierda; es una banda de saqueadores morales que utiliza causas nobles para tapar sus miserias. Es un sistema que infantiliza al ciudadano para que no vea que le están robando el futuro. Solo se tragan sus cortinas de humo los palmeros que viven de la sopa boba de la subvención, o aquellos que han renunciado a pensar por sí mismos para no tener que reconocer que han sido estafados.
En mis artículos siempre pregunto si somos de «dato o de relato». El dato es que España se descompone bajo un gobierno que premia al delincuente y castiga al trabajador. El dato es que se persigue al hombre por ser hombre mientras se abraza a dictaduras teocráticas. El dato es que la corrupción ha llegado hasta el colchón de la Moncloa (o ha partido de allí). El relato es esa música celestial de «progreso» e «igualdad» con la que intentan tapar el ruido de las esposas que, algún día, deberían cerrarse sobre más de una muñeca ministerial y presidencial.
Me niego a aceptar que esta sea la normalidad. Me niego a callar ante una casta política que se cree dueña de nuestra intimidad, de nuestros hijos y de nuestra moral. Lo que ocurrió en Bernedo, lo que ocurre en las salas de justicia con la Ley de Violencia de Género, y lo que ocurre ahora con este linchamiento mediático a quienes no se arrodillan ante el dogma, es parte del mismo plan: que tengamos miedo a decir la verdad.
Pero el miedo es el arma de los cobardes, y yo ya he pasado por calabozos y por el exilio de la verdad como para asustarme ahora por sus etiquetas de «facha» o «reaccionario». Si defender la libertad, la presunción de inocencia y la coherencia me convierte en eso para ellos, bienvenido sea, y lo recibo con orgullo.
España no necesita más minutos de silencio televisados ni más lazos morados. Necesita valentía cívica. Necesita que la gente deje de mirar hacia otro lado mientras nos mean en la cara. Porque si seguimos permitiendo que estos personajes sigan gobernando nuestras vidas, lo que perderemos no será solo una elección; será la nación que mis hijas y vuestros hijos merecen heredar.
¿Cuánto tiempo más vamos a aguantar este teatro de lo absurdo, lleno de cortinas de humo? ¿Cuánto más vamos a permitir que la ideología sustituya a la decencia? ¿Cuánto más vamos a permitir nos cuelen la baliza V16, que también es otro negocio del PSOE para pagar putas? La respuesta no está en las urnas que ellos manipulan, sino en la calle, en la conversación y en la negativa rotunda a seguir comprando su mercancía averiada.
Se acabó el tiempo de la cortesía con quienes no respetan ni la ley ni la verdad. Es hora de llamar a las cosas por su nombre. Y lo que tenemos hoy en el poder no es progreso: es una gangrena moral que amenaza con devorarlo todo.
Tú, que has llegado hasta aquí… ¿vas a seguir aplaudiendo la lluvia dorada o vas a reconocer de una vez el olor a orina que desprende este gobierno?
¿Dato o relato? tú decides.




















