Soy consciente de haber consumido casi la totalidad del tiempo que la Providencia me concedió al nacer y pese a ello me detengo con parsimonia en mi caminar para ver en qué lo invertí.
No sé por qué lo hago si ya no tiene remedio, tal vez porque me despierte cierta curiosidad saber cómo y en qué invertí mi tiempo.
Tengo fundadas sospechas de no haber disfrutado con la intensidad debida todas las alegrías que la vida me proporcionó…
En cambio, no soy capaz de olvidar mis frustraciones y fracasos por mucho que me lo propongo, incluso aún me sigo echando en cara mis errores.
Tengo la convicción que a estas alturas aún no consigo saber si he sido fiel a mis principios o por el contrario los traicioné. Estas dudas me provocan cierta desazón, porque siempre creí que mis principios estaban por encima de mis intereses.
Mas pronto descubrí que ya no soy aquel idealista, ni el crédulo, ni el confiado, ni el cauto que siempre fui.
De pronto me doy cuenta que sufrí situaciones donde se dieron inmensas frustraciones, al comprobar que me excedí discutiendo con imbéciles, sin darme cuenta que discutir con imbéciles me supondría un importante riesgo de contagio.
De pronto me di cuenta que soy alérgico a los ególatras, a los narcisistas, y a los fatuos. Por el contrario, me causan ternura los que creen que han vuelto a la juventud, a los que logran sentirse satisfechos y a los que se miran en el espejo y ven una persona maravillosa con la que coquetean entre sonrisas y mohines.
De pronto me doy cuenta que no soporto a los envidiosos, a los quejicas, a los eternos descontentos, a los amargados, a los enfermos imaginarios…
A los que creen estar en posesión en la verdad, a los aprovechados, a los que se entrometen en la vida de los demás para intentar manejarla a su antojo.
De pronto repudio a los calumniadores, a los que quieren obtener ventaja sobre mí, poniendo en mi camino todo tipo de obstáculos, de trabas y de argucias, con el único fin de satisfacer sus desordenadas ansiedades.
De pronto descubro que en cada amanecer se produce un milagro y en cada atardecer un triunfo que añadir a mi existencia.
Que una sonrisa vale más que una carcajada. Que una mirada más que un beso. Que una caricia más que un abrazo. Que la esperanza más gratificante que la realidad.
De pronto descubro que esos seres maravillosos que me animan a mantener despierta mi mente, ágil la memoria, pronto los reflejos y fluida la palabra, son los que me están dando vida.
He descubierto que no tengo ninguna prisa, que no necesito beberme la vida de un trago porque mi sed ya se ha atenuado, prefiriendo sorber que tragar, degustar que engullir, suspirar que gritar… Soñar que estar desvelado.
Y dicho esto tengo la sensación de encontrarme bajo un árbol frondoso, esplendoroso y pletórico, que permite sentirme protegido, amparado, relajado, distendido…
Ese es el árbol que la vida nos tenía relevado en el que poder reclinar la cabeza mientras imaginamos cosas bonitas.
Y cuando descubro todas estas cosas, reemprendo el camino como si nada me hubiera ocurrido, aunque me ronden tenues recuerdos… Sólo sé que estoy muy cansado…. porque vivir fatiga. Fatiga hasta la extenuación.

















