Caminar hoy por las calles de Biar es deleitarse con su silencio, su monumental castillo y el encanto de sus rincones. Sin embargo, si aguzamos el oído y dejamos volar la imaginación, aún se puede escuchar el eco de los cascos de los burros sobre el empedrado, el crujir de la mies en la era y el bullicio de un pueblo donde la tierra y los animales dictaban el ritmo de la vida. Biar fue, ante todo, una villa esculpida por el sector primario; una tierra de agricultores y ganaderos cuya herencia corre hoy el peligro de desvanecerse en el olvido.
Mirar el pasado a través de los ojos de nuestros antepasados es un ejercicio de justicia histórica. Los campos cultivados de Biar, que antaño dibujaban un tapiz perfecto y vivo en nuestro valle, son el testimonio de un esfuerzo titánico.
El oro líquido y el vino de las reinas
Si nos adentramos en el archivo gráfico de la Caixa, las imágenes nos devuelven la estampa de nuestros olivares en plena campaña. La recogida de la aceituna era un ritual colectivo, de manos frías y espaldas dobladas, que culminaba en ese aceite que era el orgullo de la comarca.


Pero si de orgullo hablamos, no podemos dejar de mirar hacia nuestras viñas. Hubo un tiempo en que el vino de Biar no solo llenaba los porrones locales, sino que regaba las mesas más altas del país. Así quedó inmortalizado el 15 de junio de 1858 en las páginas del prestigioso diario El Museo Universal de Madrid. En una crónica firmada por el mismísimo Pedro Antonio de Alarcón, se relataba la inauguración del ferrocarril en Alicante. Para tan magna ocasión, el vino de Biar fue seleccionado, junto a otros selectos productos alicantinos, para ser ofrecido como obsequio a la reina Isabel II. Un hito que demuestra que el fruto de nuestras tierras competía en la más alta alcurnia.

Erase, como digo, cien doncellas ,las mismas del feudo de Abderraman, con la diferencia de que estas más parecían moras que cristianas, y además diez zagales, mozos todos de quince a veinte, técnicamente adornados, permítaseme el adverbio, bellas las unas y arrogantes los otros como las flores y las plantas sin cultivo que engalanan los campos olvidados, Llevaban ellas canastillos de mimbres de Alcoy entretejidos con hilos de plata y oro, llenos de dátiles de Elche , de nísperos de Cocentaina, de almendras de Jijona, de naranjas con cáscaras de limón de la villa de Molins, de higos chumbos de Castalla, de palmitos de Alcoy , de alcachofas y albaricoques, apiñadas cerezas y perfumadas limas, con mas todos los frutos de una vegetación precoz, rojos tomates y calabazas de funesta recordación, vino de Biar, de Fondillón y de Monóvar, limones de Benidorm con un casco dulce y otro agrio como las cosas del mundo, epigramáticos pimientos, fresas, melones, sandías y todo lo criado. Llevaban ellos los productos de la industria provincial, seda de este año en rama, el famoso papel de Alcoy, tejidos de algodón, paños exquisitos, esteras especialísimas de esparto, y los renombrados turrones y confites de aquella tierra. Habia además una vistosa variedad de flores; azucenas y Claveles, lilas y malvarrosas, rosas y lirios, jazmines y mahonesas, aromos y pasionarias… Era una exposición de todo lo bello que produce la naturaleza en la primavera eterna de aquel país; era un lujoso ramillete que Ceres y Flora entretejieron para ponerlo en manos de las hijas del amor.
Pedro Antonio de Alarcón, El museo universal. Núm. 11, Madrid 15 de junio de 1858

Sudor, eras y tracción de sangre
La llegada de la mecanización fue lenta pero revolucionaria. En la memoria colectiva local brilla con luz propia el colectivo de «Paco y Lola», nombres indisolublemente ligados al cultivo de la tierra y al cuidado primoroso de los animales de granja. Su tractor, que hoy vemos en fotografía en blanco y negro del «diario Información», supuso un faro de modernidad en un día a día que seguía siendo eminentemente manual.

Anteriormente a esa tecnología, todo pasaba por las eras. Las imágenes de la trilla, con las caballerías arrastrando el trillo sobre la mies para separar el grano de la paja bajo el sol de justicia del verano, reflejan la dureza de un oficio que exigía una comunión perfecta entre el hombre y la bestia.

Cuando los animales habitaban el casco urbano
La ganadería en Biar no estaba recluida en naves industriales a kilómetros del pueblo; formaba parte del paisaje urbano. Resulta asombroso —y bellísimo— contemplar hoy estampas que parecen de un realismo mágico: vacas paseando plácidamente por el frondoso paseo del Plátano, o un grupo de cerdos apiñados al principio de la calle Luis Calpena, justo frente a la imponente puerta de la iglesia.


Sin embargo, el verdadero motor ganadero de Biar fue el sector ovino. Las ovejas eran las reinas de nuestros montes. Las capturas de la época nos muestran rebaños frente al emblemático «corral del Pont de Fanecaes» o resguardadas en la penumbra de los corrales tradicionales, donde el olor a lana y estiércol era sinónimo de riqueza y sustento.


Y en este ecosistema, el burro era el rey indiscutible del transporte. Hoy nos llama la atención verlos «aparcados» en las balconadas y fachadas de las casas, exactamente igual que hoy dejamos nuestros coches. Eran los fieles compañeros de viaje, los que cargaban el capazo de esparto, las herraduras y el agua, los que hacían posible el milagro diario de trabajar el campo.

Un grito de atención al presente
Contemplar estas fotografías no debe ser solo un ejercicio de nostalgia melancólica. Debe ser una llamada de atención. Biar floreció gracias a sus raíces agrícolas y ganaderas, unas raíces que actualmente languidecen. El sector primario está sufriendo un abandono progresivo, asfixiado por la falta de relevo generacional y, sobre todo, por la falta de ayudas y tratamientos institucionales que valoren al agricultor y al ganadero como lo que realmente son: los guardianes de nuestro territorio y de nuestra soberanía alimentaria.
Recordar de dónde venimos, homenajear a los «Paco y Lola» de nuestra historia y poner en valor que nuestro vino encandiló a reinas, debe servir para exigir un futuro digno para el campo de Biar. Porque un pueblo que olvida su tierra, es un pueblo que pierde su identidad.
Juan Vale Carrasco















