Desde la templanza, la serenidad, prudencia y autocontrol en momentos de contenida emoción, me resulta absolutamente necesario dirigirme a los integrantes del Emérito Cuerpo de la Guardia Civil para descubrirme ante ellos y enviarles mi más profundo agradecimiento por su defensa de mis libertades y mi máxima seguridad personal y familiar como ciudadanos corrientes frente a los malos.
Y lo hago desde la posición que corresponde a un pensionista octogenario con gran parte del camino recorrido de una vida plena de emocionados sentimientos adquiridos desde la niñez hacia uno de Cuerpos Policiales más prestigiosos del mundo, constituyendo el orgullo de personas de paz a la que sin duda pertenecemos la inmensa mayoría.
En esta ocasión no voy a hablar de honor, lealtad, espíritu de sacrificio, entrega, pundonor y fidelidad extrema a los valores de los que siempre hicieron gala los miembros de la Guardia Civil.
No voy a hablar del Duque de Ahumada, ni de la Gloriosa Historia de la Guardia Civil, ni tan siquiera de la hidalguía que exhibe el dignísimo Cuerpo fundado en 1844. Ciento ochenta y dos años le contemplan. Ciento ochenta y dos años contienen sus gestas.
Y todo logrado a pesar de contar con los medios más rudimentarios en comparación con los más prestigiosos Cuerpos de Seguridad de los países más avanzados del mundo.
La Guardia Civil tiene que afrontar su trabajo, incluso muy por debajo de los medios con que cuentan ciertas organizaciones criminales, que campan a sus anchas exhibiendo un sorprendente armamento de guerra y un material de técnica avanzada.
Hoy sólo me apetece hablar, no ya de los miembros, hombres y mujeres de la Guardia Civil, sino de sus familiares más directos, sus hijos, víctimas consideradas por algunos insensatos como daños colaterales.
Cuando los hijos de estos abnegados agentes se despiden cada mañana con un beso y un fortísimo abrazo de sus progenitores, éstos, de forma callada, son conscientes que sus madres o sus padres no van a desarrollar un trabajo cualquiera, un trabajo corriente, ellos saben desde que nacieron que papá o mamá van a trabajar en tiempos de paz muy cerca de la muerte. Son niños y jóvenes que saben que sus padres en su defensa a ultranza de la sociedad, tienen muchas posibilidades de encontrarse con delincuentes de la peor calaña, con asesinos, maltratadores, psicópatas, sádicos, descerebrados, terroristas… Con gentes del hampa que conocen muy bien la indefensión de los agentes de la Guardia Civil que se ven amenazados, agredidos y al borde de la muerte, de la manera más cruel sin poderse defender, porque a los cobardes siempre les dan ventaja sobre los héroes. Porque el honor se sitúa frente al terror que ejercen los que disfrutan de peculiares derechos humanos, en contra de los que trabajan a la intemperie y a pecho descubierto por unos salarios que en nada justifican una labor donde va implícito jugarse la vida caminando siempre por el filo de una navaja.
Esos niños, hijos de guardias civiles, desarrollan una fuerza que les infunde parte de la hidalguía que desarrollan sus padres, disimulando y superando el miedo que sufren en silencio, teniendo que soportar la posibilidad del último beso, del último abrazo…
Hoy me siento obligado a detener mi camino y ponerme al lado de esas familias rotas por el dolor, con el alma desgarrada hecha jirones, con la impotencia de no poder dar rienda suelta al silencio que le impone su más férrea disciplina que conlleva su espíritu castrense.
Aún estamos impactados por la imagen desgarradora de una esposa portando el ataúd donde reposaban los restos mortales de su marido trágica y vilmente aniquilado cuando perseguía a narcotraficantes kamikazes que provocaron la tragedia más horrible.
Vaya para esas familias la expresión de nuestro máximo dolor y más profundos sentimientos. Son ellos, sus hijos, los que exhiben una inusitada integridad y entereza que les permita soportar la injusticia, el desprecio y la desidia a los que someten a estos ángeles de la guarda, auténticos héroes, auténticos benefactores de una Sociedad siempre en deuda con ellos.
Resulta sobrecogedor ver a guardias civiles, hombres y mujeres, ahogados por el dolor, tragándose las lágrimas, llevando el féretro con el cuerpo aún caliente de su compañero.
Gloria y Honor a la Guardia Civil y una sublime templanza en los sentires más profundos que les permita conservar el temple necesario para superar una tragedia que se repite con una inusitada frecuencia. Gloria y Honor para estos magníficos servidores baluarte de los valores patrios.

















