Miguel Ángel se despide de su labor pastoral en San Vicente del Raspeig para centrarse en exclusiva en el servicio diocesano, asumiendo un modelo que unifica la Vicaría General y la de Evangelización bajo las premisas de cercanía, escucha y acompañamiento.
La diócesis de Alicante inicia una nueva etapa en su estructura organizativa. Monseñor José Ignacio Munilla ha confiado a Miguel Ángel Cerezo la responsabilidad de asumir el cargo de Vicario General-Moderador de la Curia. Este nombramiento, que se hizo público a nivel diocesano justo antes del encuentro con el Santo Padre en Madrid, supone el regreso a un modelo organizativo previo en el que se unifican la Vicaría General y la Vicaría de Evangelización.
Para poder dedicarse plenamente a esta misión, el nuevo Vicario General dejará sus responsabilidades directas en parroquias, colegios y capellanías, centrando sus mañanas en las tareas de la Curia y reservando las tardes para potenciar la labor evangelizadora, visitando grupos, movimientos y arciprestazgos. Con un estilo basado en la cercanía y la escucha, Vale afronta este reto con el objetivo prioritario de revitalizar al clero diocesano, impulsar la renovación misionera y optimizar el organigrama de la diócesis.

La entrevista
El nuevo cargo y los retos del ministerio
¿Cómo recibió la noticia de su nombramiento como Vicario General- Moderador de la Curia y qué significa para usted asumir esta responsabilidad en la diócesis?
La verdad es que fue una sorpresa. Don José Ignacio me llamó en uno de los días habituales de trabajo para tratar algunas cuestiones de la diócesis y, en medio de la conversación, me planteó que tenía la necesidad de nombrar un nuevo Vicario General. El que desempeñaba esta responsabilidad hasta ahora iba a asumir otras tareas y era necesario cubrir esa vacante.
Me explicó que había pensado volver a un modelo que ya existía anteriormente en la diócesis, en el que el Vicario General asumía también la responsabilidad pastoral. Es decir, unificar la Vicaría General y la Vicaría de Evangelización.
Sinceramente, me pilló completamente fuera de lugar. No era algo que esperara. Además, estas cosas tienen una particularidad: hasta que no se habla con todas las personas implicadas y no se toman las decisiones definitivas, no puedes comentar nada. Así que aquello quedó durante un tiempo en el aire.
Finalmente, la semana pasada, justo el día antes de marcharnos a Madrid para el encuentro con el Santo Padre, fue cuando se hizo público el nombramiento a nivel diocesano. Lo he recibido con mucha paz, con sentido de responsabilidad y, sobre todo, como un servicio más que la Iglesia me pide prestar en este momento.

A partir del 1 de septiembre mantendrá también la Vicaría de Evangelización, unificando la administración y el impulso de la fe. Frente a los desafíos de la sociedad actual, ¿cómo va a enfocar su estilo en el ministerio que va a llevar a cabo?
Vamos a retomar un modelo que ya existía anteriormente. Antes de la llegada de D. José Ignacio, el Vicario General asumía tanto la responsabilidad pastoral como la moderación de la Curia. Ahora volvemos, en cierto modo, a esa estructura.
La intención es poder dedicarme plenamente a esta misión. No tendré parroquia, ni colegio, ni capellanías. Mi dedicación será exclusivamente al servicio de la diócesis. Eso me permitirá concentrar buena parte de las mañanas en las tareas propias de la Vicaría General y de la moderación de la Curia.
Al mismo tiempo, quiero aprovechar la disponibilidad de las tardes para potenciar aún más la Vicaría de Evangelización. Me gustaría visitar grupos, parroquias, movimientos, arciprestazgos, estar más cerca de los sacerdotes y de los laicos que están trabajando en la misión evangelizadora.
La intención es hacerme más cercano a toda la diócesis y seguir impulsando nuestro proyecto diocesano de evangelización. Creo que la cercanía, la escucha y el acompañamiento serán claves en esta nueva etapa.
¿Cuáles considera que son los deberes y prioridades más importantes y urgentes que tiene sobre la mesa al asumir este cargo?
Creo que la prioridad principal es revitalizar al clero diocesano en este deseo de trabajar juntos por la renovación misionera de nuestra diócesis. Estamos viviendo un momento muy importante. Tenemos un proyecto diocesano de evangelización en marcha y es fundamental que todos vayamos en la misma dirección. Para ello es necesario comunicar bien la visión, explicar con claridad hacia dónde queremos caminar y generar comunión entre todos.
También considero muy importante seguir impulsando la renovación misionera de la diócesis. Todo lo que hacemos tiene que ayudarnos a ser una Iglesia más evangelizadora, más cercana y más capaz de anunciar a Jesucristo en el mundo actual.
Si tuviera que resumir las prioridades, señalaría tres. En primer lugar, el cuidado y acompañamiento del clero. En segundo lugar, potenciar el organigrama diocesano, darle vida, hacerlo más eficaz y más operativo. Y, en tercer lugar, que todo ello esté al servicio de la evangelización de nuestra diócesis.

A nivel personal, ¿qué es lo que más le motiva de este nuevo trabajo que compaginará en la Curia?
Lo primero que me motiva es la confianza que D. José Ignacio ha depositado en mí para asumir esta responsabilidad.
También me ilusiona mucho la posibilidad de pensar la diócesis en su conjunto y dedicar todas mis energías a servirla. Hasta ahora he compatibilizado distintas responsabilidades pastorales, educativas y parroquiales. Ahora podré centrarme completamente en el servicio diocesano.
Me motiva reflexionar sobre cómo potenciar nuestras parroquias, cómo acompañar mejor a los sacerdotes, cómo impulsar la participación de los laicos, cómo mejorar nuestras estructuras pastorales y cómo hacer que la evangelización llegue más lejos.
Y, por supuesto, me motiva trabajar codo con codo con tantos sacerdotes y laicos comprometidos. Además, tengo la suerte de hacerlo junto a D. José Ignacio, de quien aprendo continuamente. Para mí es una auténtica escuela de gobierno pastoral y de amor a la Iglesia.
Mirando hacia atrás, ¿qué es lo que más le gusta y lo que menos de su labor y el día a día en el ministerio sacerdotal?
Sin ninguna duda, lo que más me gusta es la dimensión sacramental del sacerdocio.
Celebrar la Eucaristía, bautizar, confesar, acompañar a las personas en los momentos más importantes de su vida… eso es algo verdaderamente apasionante. Los sacramentos son un tesoro inmenso y poder ser instrumento de Dios para acercarlos a las personas es un privilegio enorme.
También me gusta muchísimo acompañar personas. El acompañamiento espiritual, ayudar a otros a descubrir la voluntad de Dios, caminar con ellos en su crecimiento humano y cristiano es una de las experiencias más bonitas del ministerio.
Me gusta estar con la gente. Me gusta la docencia, trabajar con jóvenes y adolescentes, acompañar familias, impulsar procesos de evangelización. Todo lo que tiene que ver con las personas me apasiona.
Quizá lo que menos me gusta es la parte más administrativa: la gestión económica, los libros parroquiales, las actas, la burocracia y todas esas tareas que son necesarias, pero que no son precisamente las que más ilusión me hacen.

Compromiso social, secularización y actualidad
Vivimos en un entorno cambiante donde la pérdida de la práctica religiosa es evidente. ¿Cómo se debe abordar el fenómeno de la secularización desde la Vicaría de Evangelización que usted dirige?
Es verdad que estamos viviendo un momento de fuerte secularización. Los propios obispos españoles hablaban hace unos años de un auténtico cambio de época. La época de la cristiandad ha quedado atrás y nos encontramos en un escenario completamente distinto.
Pero yo no lo veo como una tragedia. Lo veo como un reto apasionante. Este es el tiempo que nos ha tocado vivir y es aquí donde el Señor nos llama a anunciar el Evangelio.
No se trata de lamentarnos por el pasado ni de añorar otras épocas. Se trata de responder con creatividad, con valentía y con la fuerza del Espíritu Santo a los desafíos del presente.
Por eso creo que la Iglesia tiene que salir. Salir sin miedo, sin complejos, sin vergüenza. Salir a anunciar aquello que hemos visto y oído, aquello que hemos experimentado: el amor de Dios que transforma la vida.
De hecho, nuestro lema diocesano es muy significativo: «¡Es la hora!». Es la hora de evangelizar, de salir al encuentro de las personas y de proponer con alegría la fe cristiana.
La época de la cristiandad ha quedado atrás (…). Pero yo no lo veo como una tragedia. Lo veo como un reto apasionante. No se trata de lamentarnos por el pasado ni de añorar otras épocas. Se trata de responder con creatividad y con valentía.»
El Papa Francisco insistió constantemente en la ecología integral. ¿Qué opinión le merece el cuidado del medio ambiente y cómo puede la Iglesia local comprometerse más en esta causa?
Creo que tiene muchísima importancia.
La creación es obra de Dios. El relato del Génesis nos recuerda que todo ha sido creado por Él y que todo lo que ha creado es bueno. Además, la creación es uno de los lugares donde el hombre puede encontrarse con Dios.
Por eso estamos llamados a cuidar el mundo que hemos recibido, a administrarlo con responsabilidad y a transmitirlo a las futuras generaciones.
Pero cuando hablamos de ecología integral hablamos de algo mucho más amplio que el simple cuidado del medio ambiente. Hablamos también de economía, de política, de cultura, de relaciones humanas y de organización social.
En definitiva, hablamos de poner siempre en el centro la dignidad de la persona humana y el bien común. Esa es la gran aportación de la ecología integral que tanto impulsó el Papa Francisco.
San Vicente del Raspeig y el resto de la diócesis conocen de cerca las dificultades de muchas familias. ¿Cuál debe ser el papel prioritario de la Iglesia de cara a las personas más vulnerables de nuestra sociedad?
Esto forma parte de la identidad misma de la Iglesia. No es una tarea añadida ni secundaria.
La Iglesia nace para anunciar el Evangelio a todos y, de una manera muy especial, para estar cerca de los más vulnerables. Ya en los primeros tiempos de la Iglesia surge el diaconado precisamente para atender a los pobres y a quienes sufrían necesidad.
La caridad no es un complemento de la vida cristiana. Es una manifestación esencial del amor de Dios. Una Iglesia que no vive la caridad no está viviendo plenamente su propia identidad.
La caridad no es un complemento de la vida cristiana. Es una manifestación esencial del amor de Dios. Una Iglesia que no vive la caridad no está viviendo plenamente su propia identidad.»
Y cuando hablamos de personas vulnerables hablamos de muchas realidades. Hablamos de quienes tienen dificultades económicas, pero también de los no nacidos, de los enfermos, de quienes sufren problemas físicos o psicológicos, de los mayores que pasan horas solos en sus casas y de tantas personas que viven situaciones de fragilidad.
La Iglesia está llamada a acercarse a todos ellos, acompañarlos, defender su dignidad y hacer presente el amor de Dios en medio de sus dificultades.

Educación y pastoral familiar
La enseñanza de la religión y la transmisión de valores cristianos afrontan constantes debates legislativos y sociales. ¿Qué opina sobre la situación actual de la educación y el papel de los centros confesionales?
Creo que tenemos que replantearnos seriamente algunas cuestiones educativas porque, sinceramente, hay aspectos que dejan mucho que desear.
Tengo la impresión de que estamos viviendo una especie de divorcio mal llevado entre las familias y los docentes. Y cuando eso ocurre, quien termina perdiendo es siempre el alumno, el hijo.
La educación exige una verdadera alianza entre la familia y la escuela.
Ambas están llamadas a colaborar, a dialogar y a trabajar juntas por el bien de los niños y de los jóvenes.
La educación exige una verdadera alianza entre la familia y la escuela. Formar personas no consiste solo en enseñar contenidos; consiste también en educar el corazón, la conciencia y la capacidad de amar y de servir a los demás.»
Los centros confesionales tienen una misión muy importante porque ofrecen una educación integral de la persona. No se trata únicamente de transmitir conocimientos académicos, sino de ayudar a crecer en valores, en responsabilidad, en compromiso, en capacidad de servicio y en apertura a la trascendencia.
Por eso creo que siguen teniendo una aportación muy valiosa para nuestra sociedad. Formar personas no consiste solo en enseñar contenidos; consiste también en educar el corazón, la conciencia y la capacidad de amar y de servir a los demás. Y en eso los centros de inspiración cristiana tienen mucho que aportar.
El movimiento matrimonial y la pastoral familiar son el núcleo de la comunidad. ¿Qué importancia le da a fortalecer el acompañamiento a las familias en las distintas etapas de la vida?
Le doy una importancia enorme. Si uno mira la realidad de nuestras parroquias, descubre que gran parte de los problemas y también de las esperanzas de nuestra sociedad pasan por la familia.
La familia no es simplemente un ámbito pastoral más; es el lugar donde nacemos, donde aprendemos a amar, donde recibimos la fe por primera vez y donde se construye gran parte de nuestra personalidad. Por eso, cuidar a las familias es cuidar el futuro de la Iglesia y de la sociedad.
Creo que tenemos que pasar de una pastoral de momentos concretos a una pastoral de acompañamiento continuo. Acompañar a los novios en su preparación al matrimonio, acompañar a los matrimonios jóvenes en los primeros años, acompañar a quienes atraviesan crisis, acompañar a los padres en la educación de los hijos, acompañar a los abuelos, acompañar también a quienes sufren situaciones difíciles.
La Iglesia tiene que estar cerca de las familias en todas las etapas de la vida. Y cuando digo cerca, digo escuchando, acogiendo, formando y ayudando.
Muchas veces las familias no necesitan grandes discursos; necesitan saber que la Iglesia camina con ellas.

El plano personal y espiritual
Todo sacerdote tiene referentes que guían su vocación. ¿Cuál es su modelo espiritual o qué santo era su “ídolo” de niño y sigue inspirándole hoy en día?
He tenido varios referentes a lo largo de mi vida, pero quizá el que más me ha marcado desde muy joven ha sido San Juan Pablo II. Fue el Papa de mi adolescencia y de mi juventud, y su manera de vivir la fe me impresionó muchísimo.
Me impactaba su fortaleza, su capacidad para hablar a los jóvenes, su amor a Cristo y su pasión evangelizadora. Era un hombre profundamente enamorado de Dios y profundamente enamorado del ser humano. Creo que supo mostrar que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Dios haga cosas extraordinarias con tu vida.
También me han ayudado muchos santos como San Juan de Ávila, patrono del clero español, San Juan Bosco por su pasión educativa y evangelizadora, y Santa Teresa de Jesús por su profundidad espiritual.
Pero si tuviera que resumirlo en una idea, diría que siempre me han atraído los santos que han sabido unir una intensa vida de oración con una gran capacidad para salir al encuentro de las personas.
Deja su labor pastoral directa en San Vicente del Raspeig para asumir este puesto en la cúpula diocesana. ¿Qué mensaje le gustaría trasladar a los feligreses sanvicenteros que le han acompañado hasta ahora, y qué le desea a su sucesor, el reverendo don Lucas Rafael Galvañ?
A los feligreses de San Vicente les diría, sencillamente, gracias. Han sido años muy bonitos, años de muchísimo trabajo, pero sobre todo años en los que he recibido muchísimo cariño.
He tenido la suerte de compartir la fe con una comunidad extraordinaria, con muchísimas personas comprometidas, con familias, jóvenes, niños, catequistas, voluntarios, movimientos y grupos que aman profundamente a la Iglesia. Me llevo muchas experiencias, muchos nombres y muchos rostros grabados en el corazón.
Aunque cambie la responsabilidad, sigo sintiéndome muy unido a San Vicente. Esta seguirá siendo siempre una etapa muy importante de mi vida sacerdotal.
Y a D. Lucas le deseo de corazón que sea muy feliz entre nosotros. Estoy convencido de que encontrará una parroquia viva, acogedora y con muchas posibilidades. Le deseo que quiera mucho a la gente y que se deje querer por ella, porque San Vicente tiene una comunidad que responde con enorme generosidad cuando ve sacerdotes entregados.
Le deseo también que disfrute del ministerio, que acompañe a las personas, que anuncie con alegría el Evangelio y que experimente cada día la acción de Dios en medio de esta parroquia. Y, por supuesto, que cuente con mi oración y con mi ayuda para todo aquello que necesite.

Con estas palabras de agradecimiento y buenos deseos para el futuro de la comunidad, D. Miguel Ángel cierra una etapa inolvidable en San Vicente del Raspeig para volcarse por completo en su nuevo e importante servicio a la diócesis. Desde El Consistorio, le deseamos el mayor de los éxitos en este exigente pero apasionante reto pastoral que arranca el próximo 1 de septiembre.
















