Hace solo unos días estábamos todos mirando al cielo, asombrados con el eclipse y viendo cómo se tapaba el sol. Fue una estampa bonita de ver. Pero este fin de semana la naturaleza nos ha dado un susto de los buenos y nos ha hecho mirar al suelo con el miedo en el cuerpo. Primero, el rayo que cayó de lleno en el Ayuntamiento de Villatobas con la tormenta del viernes. Y después, ese temblor de tierra de madrugada que nos despertó a tantos en Ocaña y Ontígola.
Hay vecinos que se preguntan si el eclipse tiene la culpa de tanto desbarajuste. Pero la gente que sabe de esto nos lo dice claro: ni el sol ni la luna tienen la culpa de los rayos ni de que la tierra tiemble. El problema no viene de arriba… viene de lo mal que tratamos nosotros a la tierra aquí abajo.
La realidad es que le estamos haciendo daño al campo y a la naturaleza que el Señor nos regaló. Dejamos las tierras abandonadas y llenas de maleza seca, tiramos basuras por los caminos, gastamos el agua como si no se fuera a acabar nunca y, en cuanto llega el verano, los incendios se nos llevan por delante los montes y amenazan las casas.
Es verdad que los temblores —como el que sentimos por el susto de Granada— pasan porque la Tierra se mueve por dentro a su manera. Pero estas tormentas tan fieras y este calor tan grande sí son culpa nuestra por descuidarlo todo. La Tierra no es mala; simplemente está ahogada. Si a un animal le das mala vida todos los días, al final te da una coz. Pues la Tierra nos está dando ese aviso porque la tenemos enferma.
El eclipse fue bonito, pero estos sustos de los rayos y los temblores son llamadas de atención muy serias. Como vecinos y como gente de fe, nos toca ponernos las pilas de una vez:
- Limpiar bien los campos y las lindes de maleza antes de que venga el peligro del fuego.
- Cuidar cada gota de agua de los pozos y no tirarla a lo tonto.
- No tirar ni una lata, un vidrio ni una colilla cuando salgamos al campo.
- Reciclar en casa y dar buen ejemplo a los más jóvenes.
- Enseñar a los niños a querer la tierra desde pequeños
Si queremos que esto cambie de verdad, tenemos que cambiar la forma de tratar a nuestros hijos y nietos. A los chavales no se les enseña solo con regañinas, sino enseñándoles a querer lo suyo:
Llevarlos al campo con nosotros: Que caminen por los montes, que conozcan nuestros árboles y nuestros caminos. Lo que no se conoce no se quiere, y lo que no se quiere no se cuida.
Darles ejemplo en los detalles: Que vean que nosotros no tiramos un solo papel al suelo y que el agua es un tesoro que no se malgasta.
Enseñarles el respeto: Explicarles que cuidar la naturaleza es respetar el regalo de Dios y el hogar de todos los vecinos.
No podemos pedirle al mañana lo que no enseñamos hoy en casa. Vamos a corregir el rumbo educando a los chavales con cariño y con mucho ejemplo.
Rezar, pedir perdón y dar las gracias
Y sobre todo, nos toca pararnos a pensar, recargar el alma y pedir perdón de corazón a nuestro Creador, nuestro Padre Jesús, por haber sido tan dejados con la casa común que nos confió. Dios nos puso aquí para cuidar la naturaleza, para mimar el campo y dejarles un pueblo limpio a nuestros hijos y nietos, no para estropearlo todo por pereza.
Recemos y pidamos perdón de verdad por lo que hemos hecho mal. Y acordémonos cada noche, antes de cerrar los ojos, de rezar con humildad para darle las gracias a Dios por el día que acaba y pedirle que nos conceda un día más de vida con salud y en paz.
Tierra y pueblo solo tenemos uno. Si nos lo cargamos por no mover un dedo, los que nos quedamos sin hogar somos nosotros y los nuestros. ¡Vamos a tomarlo en serio, a rezar trabajando y a cuidar entre todos lo que es nuestro!




















