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El Gran Plató

La calle se ha convertido en el gran escenario donde todo se fotografía, donde todo se filma con total impunidad, para de inmediato transmitirlo en directo a millones de pantallas abiertas en sesión continua.
Ahora fotografiamos, filmamos, grabamos y difundimos, afectos, fiestas, efemérides, estados de ánimo, frustraciones, e incluso una desordenada exhibición de nuestra intimidad, con una absoluta falta de pudor.
Es como derribar la tabiquería de nuestras casas y colocar enormes cristaleras, dejándolo todo a la intemperie y a la libre visión de cualquiera en modo escaparate.
Es la exaltación del voyeurismo, del exhibicionismo y del narcisismo más básico.
Nada que ver con nuestra tradicional discreción que representaba la defensa de nuestra intimidad por encima de cualquier circunstancia.
Ahora inundamos con nuestras fotos más atrevidas y desinhibidas las redes sociales, con mohínes, gestos y todo tipo de posados.
Exhibimos a nuestros hijos y nietos con el ánimo de hacer partícipes a los demás de nuestro ámbito mas íntimo, invitándoles a ellos a hacer lo mismo y de esta manera hacer posible que cualquiera pueda confeccionar un álbum a todo color de nuestras vidas en ese mercado donde todo se airea, donde todo se vende y se compra. Sólo hace falta copiar y guardar, cortar y pegar, para que nuestra imagen circule sin ningún control, ahora con la complicidad de la IA.
Y luego vamos y nos quejamos cuando alguien avienta nuestras intimidades con el ánimo de ridiculizar nuestro desmesurado afán de protagonismo llevándolo infructuosamente a unos tribunales a punto de colapsar por una vorágine de denuncias.
Todo es motivo de una exhibición, donde las luces de neón iluminan nuestros sentimientos y dejan a la intemperie nuestras interioridades.
He leído tiernas y apasionadas cartas de amor entre cónyuges con motivo de cualquier aniversario, en lugar de declararselo en directo en el transcurso de una cena romántica en un restaurante de ensueño o una copa en una cafetería de postín.
De ahí a la extorsión, la amenaza y el chantaje, solo un paso.
Las redes conforman el «gran hermano’ donde mostrar nuestras intimidades para entregarnos a la innecesaria y desnuda exhibición que da el enfermizo placer al exhibicionista y al voyeur.
Es la nueva forma de vida mostrada en una pasarela virtual donde se desfila desnudo, ante la aviesa mirada del depredador confundido entre los mirones acomodados en busca del éxtasis.
Es la corrala infinita. Es el patio de vecinos abierto de par en par al mirón. Es el enfermizo ejercicio al que nos condena este nuevo narcisismo donde los selfies son los nuevos espejitos de la madrastra de Blancanieves.
Y ahora, perdónenme, pero tengo que sorprender a mis amigos con las fotografías de una fritura de pescado, unas patatas bravas, unos callos con garbanzos y una ensaladilla rusa que me acaban de servir en el chiringuito de la playa, con una jarra de sangría.
Porque una cena íntima sin ser difundida en las redes sociales sólo se le puede ocurrir a alguien raro, raro, raro.
Recuerdo aquel chiste donde le preguntan a un condenado a muerte si no le gustaría compartir la última cena romántica con Ava Gardner.
El condenado respondió:
Para qué, si no se lo voy a poder contar a mis amigos…
Enrique García-Moreno Amador
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