Añoranzas

A principios de aquellos años cuarenta nadie regalaba nada, porque los que nos encontrábamos entre dos aguas, los que nos movíamos en las clases medias, no teníamos puertas a las que llamar, porque las casas de los pobres tenían cortinones de estopa y las de los ricos estaban cerradas a cal y canto.

No teníamos prebendas, ni ayudas sociales, porque los de mi clase éramos como el juego de las siete y media, o nos pasábamos, o no llegábamos.

La clase media de aquellos años tenía la obligación de mostrarse satisfecha y dar la sensación de vivir desahogadamente por aquella de guardar las apariencias.

Eran tiempos en los que pasar necesidad estaba mal visto, donde el zurcido era más elegante que el remiendo.

Nos habían hecho creer que pertenecer a la clase media era un privilegio, sin darnos cuenta que en ella vivían otras subclases, como la media-alta, la acomodada y la media-baja.

Entonces los manuales de resistencia solo lo tenían los fuertes, porque resistir era la acepción noble de aguantar. La resistencia tenía un carácter épico, mientras que el aguante significaba tener que tragarse la dignidad para sobrevivir.

En aquellos tiempos todos los caminos eran inhóspitos y servían para caminar entre empellones y sobresaltos, porque la gente «no estaba para mariconadas».

Nosotros, los sobrevivientes de aquellos años inmediatos al fin de la guerra, teníamos la obsesión de llegar a fin de mes sin deber nada a nadie para no caer en manos de aquellos usureros piratas, que eran peores que unas sanguijuelas agarradas al gaznate.

Era la época del racionamiento, de las cartillas de abastos y del estraperlo callejero. Era la época donde el pan blanco era un artículo de lujo y el afrecho un producto a disputar a los cerdos junto con la harina de almortas y de algarrobas.

He leído un sinfín de novelas ambientadas en aquella guerra civil, donde se narran historias truculentas que hacen estremecer a los inermes espectadores de Netflix pertrechados en un sillón relax de venta on line y una cajita de palmeras industriales de chocolate.

Nosotros, los carcamales sobrevivientes, tuvimos que componer nuestro «Resistiré» sin la ayuda del Dúo Dinámico con el fin de salir de una situación límite con los menores daños físicos y psicológicos posibles.

Ahora nosotros, en pleno panorama prebélico europeo y mundial, como Gaza, Irán, Ucrania, Líbano, vivimos con la mosca tras la oreja, otra vez con el miedo revoloteando como pájaro de mal agüero, a ver sí la historia se repite y volvemos a aquellos años de indigencia total.

En la actualidad la gente está obligada a vivir con arreglo a sus necesidades más primarias, en busca de la manera de vivir al día, porque el futuro es un pequeño collar donde de engarzan mañanas y poco más.

Al final, todos tendremos ocasión de demostrarnos que hemos aprendido a vencer pequeños periodos, porque nuestra capacidad de adaptación ha sido determinante para destilar una fuerza inmensa donde sólo habia debilidad.

Y es que la Diosa Fortuna, una vez más, se ha aliado con nosotros teniendo las fuerzas justas para aferrarnos al asidero de la vida.

Hemos visto como muchos se fueron arruinando, otros fueron fracasando, se quedaron sin trabajo y sin ahorros, para al final dejarlos abandonados a suerte y otros se fueron definitivamente dejándonos intermitentes recuerdos, muchos sin definir…

Hemos sobrevivido, resistido, aferrados a la vida y nos gusta decir que hemos vencido como los gladiadores de circo romano en luchas a muerte, cuando la verdad es que hemos sido tocados por la Diosa Fortuna quedando sin cribar en el gran cernidor.

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Enrique García-Moreno Amador

Presidente del Ateneo de Ocaña

Escritor y amante de Ocaña y su historia

Tags: El Atril de Enrique García-Moreno

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Enrique García-Moreno Amador

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