Bajo Mi Sombrilla

Me encuentro en medio del gentío que cada día se da cita en «mi» playa, y dada la innata facilidad para abstraerme, cierro los ojos y me evado hasta hacer que nada de lo que acontece me llame la atención.

Miro a la gente, pero no la veo. Los oigo, pero no los escucho. Los noto, pero no los siento y esto me produce una extraña sensación.

Y con esta insensibilidad que me invade y envuelve, disfruto como si estuviese bajo una sedación natural, y sin saber por qué, pienso que cuando se ha recorrido gran parte del camino, la meta se nos antoja tan cercana, que sin verla podemos sentirla a través de la extraña sensación de querer aferrarnos a cualquier asidero para no caer en el abismo.

A veces pienso que tenemos un sensor bajo la piel que nos avisa que algo importante está llegando a su fin y esa sensación está íntimamente ligada a otra que nos proporciona un plúmbeo cansancio emocional.

Es lo que ocurre con los escenarios donde nos hallamos inmersos, que tras darles mil vueltas tratando de buscarles salidas, los afrontamos con relativa calma, hasta darles solución o dejar que se diluyan por sí solos.

A veces recuerdo aquellos momentos cuando paseábamos en bicicleta, que nos soltábamos de manos dejando libre el manillar, para que fuera él quien recorriera unos metros a su libre albedrío, dejándonos a merced de la diosa fortuna.

Hoy, los que estamos sobreviviendo sin algaradas al tiempo, después de recorrer casi todos los capítulos de nuestra historia, podemos sentirnos satisfechos por haber llegado hasta aqui con casi todas nuestras expectativas cumplidas, y en muchos casos, satisfaciéndonos por haberlas superado.

Muchos de nuestros sueños fueron realizados, manteniendo el ánimo pleno de esperanza, los sentimientos entibiados y el alma serena.

Lejos de entregarnos a la amargura, a la tristeza, a la desesperanza y a la desolación, y ya sin el miedo que representa la sensación de un nuevo fracaso, nos mostramos preparados para cruzar la última meta con una mano alzada hacia el cielo en señal de triunfo, y la otra aferrada al manillar, aprovechando el impulso que nos permite avanzar mientras contemplamos complacidos los últimos paisajes…

De pronto nos damos cuenta, que ya no tenemos necesidad de representar ningún papel, que no nos merece la pena aparentar lo que no somos, que debemos ser afectuosos con quiénes nos quieren…

Ahora los sueños ya se cumplieron, los anhelos satisfechos y las ilusiones atemperadas.

No es el momento de temer que la meta se encuentre en la próxima curva, más bien que tras ella se encuentren los éxitos de los hijos, el triunfo de los nietos y la satisfacción de haber acertado las más de las veces.

De pronto un balón playero lanzado por un niño se estrella en mi pecho y me devuelve al gentío del que estoy rodeado en la playa donde a veces proyecto mi vida en pase privado y restringido.

Enrique García-Moreno Amador

Presidente del Ateneo de Ocaña

Escritor y amante de Ocaña y su historia

Tags: El Atril de Enrique García-Moreno

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Enrique García-Moreno Amador

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