Hoy, las cumbres que rodean la Villa de Biar guardan un silencio profundo. Ya no se escucha el aullido que, durante milenios, fue la banda sonora de estas montañas. Los documentos rescatados del Archivo Histórico de Biar no solo son legajos administrativos; son el acta de una persecución implacable, la crónica de cómo el ser humano, armado de leyes y recompensas, decidió borrar de la existencia a un competidor ancestral para convertir el monte en un tablero de producción ganadera.
Capítulo I: La Ley como Sentencia de Extinción
En 1788, la Corona española, bajo el reinado de Carlos III, dictó una normativa que sellaría el destino de la fauna depredadora: la Real Provisión sobre el exterminio de animales. Lo que hoy llamaríamos biodiversidad, era entonces tildado de «especie de fieras tan perjudiciales».
El documento no dejaba lugar a la piedad. Ordenaba la organización de batidas o monterías obligatorias dos veces al año. El objetivo era claro: un rastreo masivo en el que los vecinos debían «ojear y batir» simultáneamente sus términos para que ningún animal lograra escapar del cerco. El monte, espacio de vida silvestre, se convertía en un campo de batalla financiado por los propios ganaderos a través de un prorrateo según el número de cabezas de ganado.

Capítulo II: Poner Precio a la Vida (El Negocio de la Muerte)
La administración borbónica comprendió pronto que el odio no era suficiente para exterminar al lobo; hacía falta dinero. Se estableció un complejo sistema de premios que convertía a cada campesino en un potencial mercenario del bosque.
En un inicio, la vida de un lobo valía 4 ducados, mientras que la de una loba ascendía a 8 ducados. Sin embargo, la crueldad burocrática llegaba a su cenit al premiar con 12 ducados si la loba era «cogida con camada». Incluso los cachorros, los «lobernos», tenían precio: 2 ducados por cabeza.
Para 1791, ante el fracaso de las batidas colectivas —que muchos vecinos utilizaban simplemente como «diversión y recreo»— el rey Carlos IV decidió radicalizar la medida: duplicar los premios para fomentar la caza individual y efectiva. La vida de una loba pasó a valer 16 ducados, una cifra astronómica para la época que garantizaba que ningún rincón de la Sierra de Biar fuera seguro para ellas.

Capítulo III: La Tragedia en la Umbría de Sanchet
El archivo de Biar nos permite poner nombres, fechas y lugares a esta limpieza étnica de la fauna. Uno de los pasajes más desoladores se registra el 20 de mayo de 1793. Un labrador llamado Diego Valdés y Mayo se presentó ante las autoridades de la Villa con cinco lobernos (crías de lobo) que había capturado el día anterior en la partida de Sanchet.
Por haber aniquilado a una camada entera que apenas comenzaba a conocer su territorio, Valdés recibió 50 reales. Este registro demuestra que la presión humana se cebaba especialmente con la reproducción de la especie, asegurando que no hubiera relevo generacional en las cumbres. Mientras las zorras caían en parajes como La Solana o el Cabezo Gordo, el lobo resistía en su último bastión: la Hombria de Sanchet, la zona más frondosa y retirada, que hoy recordamos como su último refugio antes del silencio definitivo.

Capítulo IV: La Burocracia contra el «Fraude» de la Piedad
Para el Estado, la muerte debía ser total y verificada. Para evitar que los cazadores —denominados con cierto desdén como «loberos»— pudieran reutilizar las pieles para pedir limosna o cobrar en otros pueblos, las autoridades de la Villa de Biar tenían órdenes estrictas.
Las Justicias debían quedarse con la cabeza, la piel y las manos de los animales muertos para «obviar fraudes». Este control macabro aseguraba que cada animal muerto fuera registrado en un libro foliado y rubricado, un inventario de la muerte que hoy nos sirve para contar cuántos ojos dejaron de brillar en la oscuridad del bosque.
Incluso figuras como el soldado Pedro Mas, quien presionó al ayuntamiento para que se cumplieran las batidas por miedo a que los lobos se llevaran a sus hijos, fueron piezas clave en un engranaje social que no admitía la convivencia con lo salvaje.

Lo que el Progreso nos Arrebató
El cierre de estos expedientes en 1795 marca el triunfo de una visión del mundo donde la naturaleza es solo un recurso o un estorbo. Al analizar estos documentos, no solo vemos el nacimiento de una administración eficaz, sino el final de una era de equilibrio ecológico.
El lobo no desapareció de Biar por un proceso natural, sino por una política de estado diseñada para la extinción. Hoy, al caminar por Sanchet o La Solana, el monte está más vacío. Hemos ganado en seguridad ganadera, pero hemos perdido el espíritu de la montaña. Estos legajos son el recordatorio de que, una vez que el último aullido se apaga, lo que queda es una sierra domesticada y la nostalgia de una fiera que nunca debió dejar de ser nuestra vecina.
Epílogo: La Guerra Química y el Silencio de las Cumbres (Siglo XX)
Si bien los legajos de finales del siglo XVIII nos mostraron una lucha frontal, de hombres contra fieras en los barrancos de Sanchet, la historia no terminó con el fin de los «Premios Reales». La obsesión por la limpieza de los montes de Biar persistió, volviéndose más silenciosa y, por ello, mucho más letal.
El Paso de la Pólvora al Veneno
Al adentrarnos en los documentos del archivo municipal de Biar de principios del siglo XX, descubrimos un cambio de paradigma aterrador. Ya no bastaba con las batidas y el fusil de chispa. La administración, heredera de aquel concepto ilustrado de «animal dañino», comenzó a autorizar métodos de exterminio masivo: el uso de venenos en los montes.
Registros de las primeras décadas de 1900 detallan autorizaciones para colocar cebos envenenados (principalmente con estricnina) en puntos estratégicos de la sierra. Esta «guerra química» no distinguía entre el lobo que acechaba al ganado y el resto de la cadena trófica. El veneno no solo mató a los últimos grandes depredadores, sino que se filtró por las venas del ecosistema, acabando con aves carroñeras, pequeños carnívoros y el equilibrio mismo de la montaña.

La Mentira de los «Animales Dañinos»
El término «dañino», acuñado en las Reales Provisiones y mantenido durante siglos, fue la herramienta lingüística necesaria para deshumanizar a la fiera y justificar su erradicación. Sin embargo, hoy la ciencia nos dicta una realidad muy distinta.
Lo que en Biar se perseguía como un «mal», era en realidad el motor de salud de nuestros montes. El lobo cumplía un rol ecológico vital:
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Regulación de herbívoros: Controlaba las poblaciones de jabalíes y ciervos, evitando que el exceso de estos terminara con la regeneración del bosque y la flora endémica.
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Selección natural: Al cazar animales enfermos o débiles, el lobo garantizaba que las poblaciones de fauna silvestre se mantuvieran fuertes y libres de epidemias.
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Arquitecto del paisaje: Indirectamente, la presencia del depredador obligaba al ganado y a los herbívoros a moverse, evitando el sobrepastoreo en zonas sensibles y permitiendo que los cauces de los ríos y las umbrías mantuvieran su espesura.
Un Paisaje Huérfano
Al extinguir al lobo mediante el cepo y el veneno, Biar no solo «protegió» sus rebaños; alteró para siempre la memoria biológica de su territorio. Los documentos que hoy descansan en el archivo, amarillentos y silenciosos, son el testimonio de un error histórico: el de creer que el progreso consistía en dominar la naturaleza hasta asfixiarla.
Hoy, cuando caminamos por la Sierra de Mariola o la umbría de Sanchet, vemos un paisaje que parece completo, pero que está huérfano. Falta el gestor de las cumbres, el guardián de la salud del bosque. La historia de la caza del lobo en Biar es la crónica de una victoria humana que terminó siendo una derrota ecológica. Recuperar estos documentos no solo sirve para conocer el pasado, sino para entender que, sin sus depredadores, nuestras montañas son solo un escenario vacío de su esencia más salvaje.
Gorka Sánchez
(Laïkas Sombras de Udûn)
Agradecimientos :
José Maestre Escobar (Archivo Histórico de Biar)



















