Fue en la calle donde aprendimos lo que no nos enseñaron en los centros educativos.
Fue en la calle donde nos fortalecimos a base de sufrir todo tipo de engaños, atropellos y abusos.
Fue en la calle donde aprendimos picardías, artimañas y trapicheos.
Fue en ella donde aprendimos gramática parda de avezados «maestros».
En la calle no se premian en demasía los aciertos, pero se castigan con severidad los errores y eso es lo primero que aprendimos… Porque la calle no se hizo para los débiles.
Los éxitos, los fracasos, derrotas, victorias, engaños, desengaños y frustraciones, fueron los que determinaron nuestra personalidad, carácter y perfil humano.
Muchos aprendimos que hay algo en nosotros que no podemos controlar, que supera a nuestra voluntad y eso se encuentra enraizado en nuestros primitivos instintos.
En cierta ocasión, un amigo de la juventud, allá en Toledo, propietario de una céntrica tienda de damasquino, me confesó que durante años luchó por quitarse de encima la primera impresión que su imagen proyectaba en las personas.
Su condición de mulato hacía que los negros le considerasen blanco, y los blancos le echasen en cara que era negro, siendo rechazado por ambos. Curiosamente le pasaba lo mismo a su novia, de madre china y padre español, que, siendo española, todos la llamaban La China.
En ambos concurría el hecho de padecer un racismo del que ellos no eran conscientes.
Mi amigo me dijo cual había sido su fórmula para vencer este rechazo, que no era otra que luchar hasta la extenuación por alcanzar una sólida posición económica.
El dinero le posicionaría en la sociedad en razón al poder que éste confiere. No es lo mismo llegar en patera que en yate.
Gracias a su alto nivel económico pudo demostrar que era un ser excepcional, magnífico, e importante. Incluso llegó a ser envidiado por negros y blancos al mismo tiempo.
Pasados los años, mi amigo habia sufrido una radical transformación y es que el dinero, despues de permitirle disfrutar de un alto estatus, le había convertido en un ser petulante, engreído, soberbio, intolerante y extremadamente distante. Una doble metamorfosis le había llevado de la frustración a la soberbia.
Muchos nos decidimos por el estudio y la formación como medio de lograr despejar un camino lleno de maleza y no seguir la ruta que nos marcasen los demás.
Al mismo tiempo descubrimos que nada nos resultaría tan satisfactorio como lograr nuestra independencia ideológica, doctrinal y conceptual, pero para lograrlo tendríamos que sacrificar muchas cosas…
Tras muchas horas de difíciles lecturas, de complicados contenidos, farragosos conceptos y confusas teorías, vimos, como sin darnos cuenta, nos fuimos separando del gran grupo, de la manada, de la masa, que en un principio nos mantuvo atrapados en ese mundo poblado de clones.
Los azules, nos tacharían de rojos; los rojos, de azules; los creyentes de ateos y éstos de renegados. Pero fueron nuestros valores y nuestros principios los que nos definieron como personas.
En el actual panorama prima la intolerancia que, por intentar ser como aquel amigo, que, luchando hasta la extenuación por ser diferente, por ser distinto y sobre todo por lograr ser autosuficiente, no supo controlar, ni poner límites a sus acciones, despreciando los posibles daños colaterales que tuvo que soportar y que fueron su perdición. Y es que el poder también pone condiciones.
Muchos no sabremos jamás si nuestra independencia propició habernos ganado el respeto de la gente.
Los que nos negamos a ingresar en el club de los satisfechos, de los saciados, de los abotagados y de los complacidos, tenemos la íntima satisfacción de no haber sucumbido ante las fuerzas encargadas de doblegarnos.
Es la recompensa por haber luchado contra la opresión que ejercen los poderosos, los creadores de opinión y los dinamitadores del libre pensamiento.
A veces hay que pagar un alto precio por negarse a obedecer a los amos del redil, a los sabuesos que dirigen el rebaño, a los guardianes de la manada y, sobre todo, a los encargados de mantener viva la encubierta esclavitud…
El premio no es otro que haber sentido el placer que emana de sentimos libres, aunque esa libertad solo se encuentre en lo más recóndito de nuestro pensamiento.


















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