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Una aproximación a la migración desde la seguridad de las personas y de las identidades

La seguridad ampliada no es propiamente un concepto en sí mismo, sino, más bien, lo que desde él se hace es formular un discurso en el que la seguridad requiere de una aproximación más amplia y profunda que la tradicional, en la que, por una parte, se reconoce que existen nuevos riesgos y amenazas a la seguridad, y por otra, que ésta rebasa los ámbitos del enfoque tradicional, militar, político y económico, para incluir otros como el medioambiente, las personas, las identidades, etc.

No resulta fácil sintetizar en unas pocas líneas un concepto tan profundo como es la seguridad. Es más, para dar respuesta a los problemas de seguridad de nuestros días, se precisa ampliar su estudio al campo de las ciencias sociales. Pero sí podríamos identificar el principal atributo de la seguridad que no es otro que el de garantizar la supervivencia del objeto a proteger, lo cual requiere dos enfoques diferentes. El primero se refiere a la acumulación de poder –a mayor poder mayor seguridad-; un segundo enfoque pone el centro del problema en la emancipación –justicia aceptable y garantía de los derechos humanos-. En este modelo ampliado, la dimensión humana y societal de la seguridad nos permitirá aproximarnos al fenómeno migratorio como un asunto securitizado, pero desde el enfoque más cosmopolita centrado en la libertad de las personas y en la identidad de las comunidades.

Abundando en la idea anterior, si nos limitáramos a la tradicional visión estatocéntrica de la seguridad, entendiendo por tal que el Estado era el único objeto a proteger, no respondería a la problemática de nuestros días, en la que es difícil establecer una relación biunívoca entre la condición de seguro del Estado y la de sus ciudadanos, de hecho, se puede constatar que, en no pocas ocasiones, los gobernantes, bien ignoran la seguridad de su población o parte de ella, bien oprimiendo a sus ciudadanos, o bien aumentando su vulnerabilidad por su incapacidad para proporcionarles la seguridad requerida.  Si nos movemos al campo internacional, este centralismo del Estado como objeto de la seguridad tendría, además, un efecto perverso, por cuanto, muchos pueblos quedarían en una situación de inseguridad, al asociar la condición de seguro exclusivamente a los ciudadanos en detrimento de las comunidades, excluyendo de esta forma pueblos como el palestino, el kurdo, etc. que no tienen un Estado, o como sería el caso de los migrantes ilegales, quienes quedarían, quedan de hecho, en un limbo en sus lugares de acogida.

Por otra parte, los conflictos armados han visto radicalmente modificadas sus características. Para Mary Kaldor, las nuevas guerras suponen difuminar la distinción entre la guerra (entendida como la violencia entre estados o grupos políticos organizados por motivos políticos), el crimen organizado (violencia llevada a cabo por grupos privados organizados con fines particulares, normalmente económicos) y las violaciones de los DDHH a gran escala (violencia desarrollada por los estados o grupos políticos organizados contra las personas). Esta evolución del conflicto armado en el que los civiles se han convertido en sus principales víctimas, en ocasiones casi únicas, influyó para que en el año 1994 la ONU desarrollara el concepto de Seguridad Humana en el que la persona está en el centro de la seguridad. Con ella se trata de proteger las libertades fundamentales y de privilegiar a las personas frente a situaciones de riesgo severas. Como estableció el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en 1994. Fruto de estas nuevas guerras es el incremento exponencial del número de desplazados y refugiados, los cuales tienen una relación directa con el fenómeno migratorio.

La migración desde el enfoque de la Seguridad Humana.

Comenzaremos por conceptualizar brevemente la Seguridad Humana, entendiendo, en primer lugar, que con ella se trata de proteger las libertades fundamentales y de privilegiar a las personas frente a situaciones de riesgo severas, como estableció el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en 1994.

El concepto de seguridad se ha interpretado durante demasiado tiempo de forma restringida: como seguridad del territorio frente a una agresión externa, o como protección de los intereses nacionales en política exterior o como seguridad global frente a la amenaza de un holocausto nuclear. Se ha relacionado más con los Estados-nación que con las personas (…) Se han olvidado las legítimas preocupaciones de la gente corriente que buscaba seguridad en su vida cotidiana (…) En definitiva, la seguridad humana es un niño que no murió, una enfermedad que no se propagó, un puesto de trabajo que no se cortó, una tensión étnica que no estalló en violencia, un disidente que no fue silenciado. La seguridad humana no es un asunto relacionado con las armas, es un asunto que tiene que ver con la vida y la dignidad humanas.”

Se bien existen otras aproximaciones a este concepto, me ceñiré aquí al más holístico de Naciones Unidas, el cual se orienta no solamente a mitigar los efectos del conflicto armado sobre las personas, sino también a cómo a apoyar el comercio justo y el acceso a la salud y educación, enlazando de este modo dos aspectos clave para las personas y los Estados como son el desarrollo y la seguridad. Así, las dos grandes columnas del modelo de Seguridad Humana de las NNUU son la “Libertad frente a la necesidad” (Freedom from Want) y la “Libertad frente al Miedo” (Freedom from Fear). Desde esta perspectiva, la seguridad se centra sobre las personas para que puedan vivir sin temor, libres de las amenazas físicas y de la represión, así como para garantizar el acceso a una vida digna, lo que requiere tengan satisfechas sus necesidades básicas, no solamente las materiales, sino también el acceso a los no menos importantes bienes intangibles.

La seguridad humana es un concepto multidimensional en sí mismo, como así se desprende de las diferentes áreas que abarca: económica, para paliar las consecuencias de la pobreza, el desempleo y la falta de recursos; alimentaria, con la que se pretende hacer frente a las hambrunas y a la imposibilidad física o económica de acceder a los alimentos; salud, que trata de proteger a las personas de las enfermedades, procurar la adecuación de la infraestructura sanitaria, evitar los usos insalubres y luchar eficazmente contra epidemias y pandemias; medioambiental, para evitar su degradación, la explotación incontrolada de los recursos y mitigar las consecuencias de los desastres naturales, personal, frente a la violencia física ya provenga de los grupos armados y/o delincuenciales (asesinatos, robos, extorsiones, etc.), ya esté originada en las guerras (limpieza étnica y persecuciones), o bien que su origen sea el propio Estado como sería el caso de la tortura y de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos; comunidad, para evitar la violencia y/o la discriminación por parte de grupos dominantes; y política, orientada a garantizar el Estado de derecho, evitando con ello la represión, las detenciones ilegales por razones políticas y/o ideológicas y las vulneraciones sistemáticas de los derechos humanos.

Considero importante establecer de una manera clara que desde la Seguridad Humana no se trata de cuestionar la seguridad del Estado, ambas se complementan, entendiendo que cuanto mayor sea su desarrollo y aporte un entorno más seguro, mayor será el bienestar y la seguridad de sus ciudadanos. Además, los Estados sigue siendo el principal referente de la seguridad, si bien hoy en día se potencia su condición como medio para su consecución y no tanto su cualidad como fin en sí mismo. Solamente cuando no responden a las expectativas que justifican su propia existencia, la seguridad humana y la nacional dejan de ser complementarias para ser dos cuestiones antagónicas, como sucede en algunos Estados débiles y en aquellos dominados por unas élites políticas que solo pretenden perpetuarse en el poder transgrediendo los derechos de las personas.

Finalmente, conviene concluir este rápido recorrido por el concepto de la Seguridad Humana que ésta responde a los cuatro principios que se enuncian en el Informe del Desarrollo Humano de Naciones Unidas: Universalidad, por cuanto se sustenta en principios transnacionales que obligan a todos los miembros del Sistema Internacional; Interdependencia, entre los siete componentes que conforman esta concepto multidimensional; Prevención, requiere la adopción de medidas anticipatorias en todas las áreas; y Centralidad, la persona es el centro de la seguridad y el fin último de ella.

En una primera aproximación, este enfoque de la seguridad nos aporta una visión más amplia sobre las raíces del problema migratorio, a la vista de los siete componentes esenciales, arriba citados, los cuatro primeros, relacionados con la aspiración al bienestar (freedom from want), son en la mayoría de las ocasiones inaccesibles a los gobiernos de los Estados débiles, cuando no, son ellos mismos los que vulneran la aspiración de sus ciudadanos al desarrollo humano. Los otros tres componentes, que tienen que ver con la necesidad de libertad frente a las amenazas de vulneración de sus derechos fundamentales y de la violencia contra su persona (freedom from fear), también son deficitarios o inexistentes en muchos lugares del mundo como consecuencia de las guerras y las políticas de gobiernos disfuncionales y, en ocasiones, colapsados.

Al abordar el estudio de la cuestión migratoria en la Unión Europea, desde el enfoque de la seguridad humana, parece que la cuestión clave para iniciar el análisis sería identificar las razonas que llevan a una persona a abandonar su hogar, lo que nos va a permitir diferenciar los dos grandes bloques que veíamos al analizar este fenómeno: la migración regular y la irregular. La primera, asociada en la mayoría de las ocasiones a lo que podríamos identificar con la promoción personal o laboral, mientras que la segunda se encuentra íntimamente imbricada con la seguridad.

Si bien podríamos afirmar que el primer escenario citado -migración regular-, no representa un problema específico de seguridad, no es menos cierto que estos flujos deben de ser controlados y regulados. En este sentido, y en relación con la UE como receptor, tiene una particular incidencia una de las variables que analizábamos en la parte primera, como es la que se refiere a la brecha económica existente a ambos lados del Mediterráneo, pero que podíamos extender a otras regiones donde el PIB per cápita es muy inferior al de los países europeos. Asumir esta realidad implica equilibrar el acceso de las personas a unas mejores condiciones de vida y laborales con la capacidad de los Estados para asumir esos flujos y proporcionarles un trabajo digno y remunerado. Solamente de esta manera se evitará la aparición de núcleos de población marginada, cuyo efecto inmediato es engendrar una creciente polarización.

En lo referente a la migración irregular, el problema se ve agravado por su conexión con el tráfico ilegal de personas, de la mano de grupos criminales, quienes han convertido el Mediterráneo en un espacio letal para miles de personas. En este fenómeno podemos distinguir tres partes diferenciadas. En las dos primeras, la integridad de las fronteras y la lucha contra el crimen organizado es el Estado el responsable último de su garantía como una función de la Seguridad Nacional, que abordaremos en la siguiente parte de este estudio. La tercera parte es la relativa a la integración de las personas migrantes. Esta aproximación es particularmente importante al tratar el problema de la migración irregular porque, por una parte, se cuestiona los que son los principales objetivos o aspiraciones de los seres humanos: el desarrollo y la seguridad; por otro, y en la medida que se ve afectada la vida y al bienestar de las personas, se precisa asegurar la preservación de los derechos humanos (DDHH) como marco normativo, que obliga a los gobernantes y faculta a los ciudadanos en exigir su cumplimiento. De este modo la Seguridad Humana puede ser percibida como un puente que permite reorientar los objetivos de los DDHH y movilizar actores.

Si en el caso de la migratorio controlado ya apreciábamos el riesgo de la aparición de bolsas de población marginales y la polarización de la sociedad, cuando nos referimos a los migrantes irregulares este problema se acentúa, en la medida que los países receptores se ven impotentes para absorber un volumen de personas que excede con mucho de sus capacidades para ofrecerles unas condiciones de vida digna. Esta nueva población desocupada que, en ocasiones, su único modo de supervivencia es de la mano de la delincuencia, genera un rechazo de la ciudadanía que la identifica como una merma de su seguridad, incrementando con ello la polarización y en cierto modo la radicalización.

Esta es una de las consecuencias de los procesos migratorios en Europa en las últimas décadas, aflorando un creciente rechazo a la integración en las segundas y posteriores generaciones de inmigrantes que se sienten marginadas, cuando no se automarginan. Esta situación es susceptible de ser explotada por fenómenos violentos como el terrorismo y la criminalidad organizada, lo que nos conduce a un escenario de mayor inestabilidad e inseguridad. Así pues, conectando la migración con la seguridad, esta situación descrita encaja con lo que se conoce como conflictos de zona gris y convierte a la migración en una amenaza híbrida en manos de potencias cuyo objetivo es la desestabilización de la Unión Europea y de sus Estados miembros.

La innegable complejidad del problema aconseja huir de los discursos populistas en ambos sentidos, tanto los que claman por expulsiones masivas como los que promueven regularizaciones indiscriminadas. La Seguridad Humana pone el foco en la persona, pero al analizar este fenómeno, se cometería un error si nos limitáramos a considerar solamente al inmigrante, también se precisa poner en primer plano a los ciudadanos, cuya seguridad tampoco debe verse vulnerada y el medio para garantizar este equilibrio es precisamente el Estado cuyas políticas migratorias deben de estar equilibradas y armonizadas.

En líneas generales se podría aportar como guía que oriente la gestión de este fenómeno la actuación en tres direcciones convergentes. La Protección, teniendo en cuenta que el objeto a proteger es la persona, tanto el inmigrante como los ciudadanos. En segundo lugar, la Prevención, que lleva implícita la anticipación, lo que en este caso supone aplicar el esfuerzo en mitigar los desequilibrios en el desarrollo en los países de origen y fortalecer sus estándares de gobernanza y de seguridad, por medio de las estrategias de cooperación. Y, por último, pero no menos importante, la Persecución del delito, actuando contra los grupos criminales y sancionando a las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales que los apoyan, así como articulando un mecanismo de repatriaciones sustentado en el derecho internacional y amparado por leyes nacionales amparadas en la normativa europea, reduciendo de este modo el “efecto llamada”.

La migración desde el enfoque de la Seguridad Societal.[1]

La seguridad societal constituye uno de los desarrollos más relevantes del paradigma de seguridad ampliada formulado por la denominada Escuela de Copenhague. Frente al enfoque clásico, centrado en la supervivencia del Estado, para el que la soberanía es su eje central, la seguridad societal sitúa como objeto referencial a la comunidad, entendida como un entramado histórico-cultural cuya continuidad depende de la preservación de su identidad colectiva, superando de este modo su condición de estructura jurídica.

Barry Buzán,[2] uno de los referentes del modelo de seguridad ampliada, aborda el estudio de los riesgos que pueden afectar la seguridad de la comunidad, agrupándolos en tres categorías: los que se centran en una competencia horizontal, anulando la comunidad más débil; los que lo hacen en base a una competencia vertical, absorción en otras mayores; y un tercer grupo de la mano de la migración. Dejando de lado las dos primeras por exceder del ámbito de este trabajo, me referiré a esta última. Tampoco trataremos en este trabajo en la que es una de las principales amenazas para la identidad de una comunidad como son el caso de las operaciones de limpieza étnica y el genocidio por cuanto no existe una relación ni directa ni causal con el fenómeno migratorio en la Unión Europea.

Desde esta perspectiva, la migración se convierte en un fenómeno especialmente sensible, no simplemente por su dimensión cuantitativa, sino por su potencial impacto en la estructura identitaria de las sociedades receptoras, como consecuencia de su influencia sobre la cultura de la población que se asienta en el territorio. Si en el caso anterior, al referirnos a la seguridad humana, considerábamos la variable del diferencial del desarrollo, en este punto lo haremos sobre la que tiene que ver con la disparidad del crecimiento demográfico.

La Unión Europea presenta una notable debilidad demográfica estructural. Según datos de Eurostat (2023), la tasa media de fertilidad en la UE se sitúa en torno a 1,46 hijos por mujer (en el caso de España esta cifra se reduce a 1,19), muy por debajo del nivel de reemplazo generacional (2,1); por otra parte, la edad media de la población supera los 44 años y las proyecciones demográficas apuntan a una reducción sostenida, en las próximas décadas, del sector que se encuentra en edad laboral. Paralelamente, el crecimiento demográfico reciente en varios Estados miembros se explica casi exclusivamente por la inmigración, siendo España un caso paradigmático de esta situación.[3] Frente a estos alarmantes datos la población migrante presenta una edad media significativamente inferior y una natalidad relativamente más elevada.

Si bien este diferencial demográfico no debería ser visto como un riesgo en sí mismo, bien podría considerarse como un vector estructural de transformación y como un factor multiplicador de riesgos asociados a la seguridad societal, introduciendo, por ello, dinámicas susceptibles de generar tensiones si no forman parre de procesos eficaces de integración. El simple análisis cuantitativo no nos proporciona su dimensión real del problema, al contrario, es necesario tomar en consideración otras variables como son el ritmo de llegada, la concentración territorial, la persistencia de las identidades de origen sin integración funcional, y la percepción social del cambio. Cuando estas variables convergen, total o parcialmente, la transformación demográfica puede ser interpretada por sectores de la sociedad como una alteración sustancial del equilibrio cultural propio.

Uno de los aspectos del problema migratorio en su relación con la dimensión societal es que la percepción de inseguridad no responde, en la mayoría de los casos, a una amenaza objetiva, sino a la construcción de un discurso que alimenta el miedo en la sociedad para justificar la adopción de medidas extraordinarias. Además, se da la paradoja de que en algunas ocasiones el supuesto temor a la pérdida de identidad no se produce en las sociedades en las que el impacto migratorio es mayor, lo que redunda en lo arriba expuestos sobre que la migración no debe ser analizada en base a simples estadísticas.

Cuando la migración es percibida como un proceso descontrolado, a la problemática ya expuesta se añaden nuevas consecuencias. En primer lugar, el fenómeno migratorio contribuye a una mayor polarización política, que percibe la identidad desde una dimensión binaria, favoreciendo la radicalización. En un segundo término, el fenómeno es percibido como una suerte de erosión de la confianza horizontal, cuando sectores de la población interpretan la migración como un factor de competencia desigual o alteración cultural acelerada, debilitando la cohesión social. Y como tercera consecuencia se puede citar la fragmentación del espacio público, lo que redunda en una reducción el consenso normativo básico y dificulta la construcción de un proyecto político común. Así pues, este fenómeno tiene mucho de narrativa, y por ende es un objeto preferente de las nuevas tecnologías sociales para conformar opiniones y justificar extrañas decisiones políticas.

Al igual que apuntábamos al tratar la migración desde la perspectiva de la seguridad humana, aquí también se puede identificar como uno de los aspectos más sensibles las diferencias en la voluntad de integración en la primera generación de migrantes frente a las posteriores. Una asimilación fallida o incompleta puede generar comunidades paralelas o alternativas, con vínculos débiles u opuestos hacia la identidad nacional del Estado receptor. Es decir, se trata de una cuestión de segmentación estructural y no de un simple problema de diversidad cultural, manifestándose esta fractura en la concentración de la población migrante en barrios específicos, la segmentación laboral en los migrantes y en la disparidad en su acceso a la educación y otras oportunidades. Cuando estas dinámicas se perpetúan se alimenta el sentimiento de exclusión social que conduce a la radicalización y la delincuencia, retroalimentando la percepción de amenaza entre la población receptora. En este contexto, el riesgo se identifica mejor con la erosión de la cohesión social y la confianza institucional que con la simple suplantación cultural.

Un elemento adicional que conecta la seguridad societal con la seguridad de nacional es la utilización de la migración como herramienta de presión política. La apertura o cierre selectivo de rutas migratorias ha sido empleada por diversos actores para influir en las decisiones de la Unión Europea. En este sentido, la migración no es únicamente un fenómeno social, sino un instrumento potencial dentro de las dinámicas de competencia geopolítica en el entorno característicos de los conflictos en zona gris

Como cierre a este repaso sobre la migración desde el enfoque societal cabe afirmar que Europa necesita la inmigración para sostener su sistema productivo y su modelo de bienestar. La reducción de población activa y el envejecimiento estructural hacen inviable un escenario de cierre absoluto. Sin embargo, la cuestión central se trata de gestionar este fenómeno de forma adecuada, superando el recurso binario relacionado con su aceptación rechazo. Pero es necesario abordar este fenómeno con la debida eficiencia, alejado de los discursos populistas, orientado al control de los flujos migratorios, mediante la adopción de políticas de inmigración exigentes y coherentes, basadas en una normativa armonizada en el marco de la Unión Europea e impulsando estrategias cooperativas con los países de origen.

Para concluir esta parte del estudio es oportuno deducir que el fenómeno migratorio no puede ser reducido a una cuestión exclusivamente humanitaria ni identitaria, sino que debe ser abordado como un proceso estructural que exige una aproximación integral y armonizada en tres vectores fundamentales. En el primero, su enfoque debe tener en cuenta las aspiraciones y derechos de los seres humanos, situando en el centro de las políticas y estrategias a la persona. La segunda línea de actuación considera las necesidades y capacidades de los Estados, garantizando de este modo el marco normativo y la eficiencia en la gestión. Y, el tercero se centra en la necesidad de preservar la permanencia de los elementos culturales e identitarios de las comunidades para, de este modo, asegurar la cohesión de la sociedad.

Una segunda conclusión nos lleva a la comprensión de que, en el contexto europeo actual, el problema migratorio se encuentra influido por el déficit demográfico europeo, junto a una considerable presión migratoria irregular e instrumentalización del fenómeno como amenaza híbrida. En estas condiciones, la verdadera vulnerabilidad para enfrentar este desafío se corresponde, en mayor medida, en las debilidades en la gobernanza e integración estructural en la Unión, más que en las cifras de inmigrantes o su propia diversidad cultural. Una gestión eficiente, basada en el control de flujos, en la cooperación con los países de origen y en una integración exigente e inclusiva, serían las condiciones indispensables para evitar que la migración se convierta en un factor de polarización interna o de erosión de la cohesión social, preservando así tanto la dignidad de las personas como la estabilidad de la comunidad política.

[1] El término “societal”, que va más allá de sociedad (society), es una traducción directa del inglés –“societal security”– que se utiliza para referirse a la seguridad de una comunidad, incluyendo sus diferencias culturales, étnicas, religiosas, etc.

[2] Citado en Collins, 2016

[3] Según el INE (2024), el aumento poblacional registrado en los últimos ejercicios tiene como factor determinante la llegada de población extranjera, especialmente procedente de Hispanoamérica

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Jesús de Miguel Sebatián

Analista Seguridad Internacional

Socio fundador de TWCI y experto en inteligencia estratégica. Con una destacada trayectoria militar internacional en Bosnia, Irak y Afganistán, ha sido Agregado de Defensa en México y directivo de seguridad en el sector privado. Actualmente es docente universitario y consultor especializado.

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