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Posibles salidas para la guerra de Irán. Un análisis prospectivo sobre un conflicto difuso

Hace unos años el Instituto Español de Estudios Estratégicos publicaba el artículo del que soy autor, “Afganistán: Política sin estrategia o estrategia sin política”, en el que analizaba los efectos y consecuencias de un conflicto en el que ha existido una clara disociación entre la política y la estrategia, junto a una manifiesta debilidad de liderazgo en los niveles internacional y nacional. Este trabajo lo finalizaba con una reflexión que podríamos calificar de premonitoria de lo que hoy acontece en Irán, cuando se formulaba la cuestión de que los fracasos político-estratégicos en Irak y Afganistán por mor de la falta de un objetivo político claramente definido y plausible y por no responder a un pensamiento estratégico acorde con el complejo mundo de nuestros días, no sirvieran para superar el peligro de la disociación de la política y la estrategia.

El ataque de Estados Unidos a Irán por parte de Israel y Estados Unidos parecen confirmar lo que Kissinger afirmaba sobre el riesgo de que si la estrategia y la política están disociadas sus consecuencias obran en detrimento de ambas. Según va avanzando el conflicto, mientras que el objetivo político del primero de ellos se muestra sólido, de hecho, ha manifestado sin ningún tipo de reservas su intención de derrocar al régimen de los ayatolás al que identifica como la principal amenaza para su supervivencia. Al contrario de lo que se podría inferir de la decisión de la Casa Blanca, cuyo objetivo político es difícil identificar y, además, a la vista de las manifestaciones de su presidente, en muchas ocasiones contradictorias, tampoco parece tener una estrategia de salida. Por otra parte, los tiempos tampoco son coincidentes, mientras Israel asume la extensión del conflicto y su alcance hasta alcanzar los objetivos estratégicos y operacionales, Trump necesita la finalización del conflicto lo antes posible, entre otras razones, aun suponiéndole que tenga su objetivo político establecido, no se puede descartar que sus intereses no se limiten al teatro de operaciones de Irán.

Las consecuencias iniciales de este conflicto armado están conformando un contexto general que podría ser evaluado en el campo político por una quiebra de la cohesión occidental en torno a la principal potencia con la que sus tradicionales aliados no comparten el hecho de haber iniciado los ataques a Irán sin una consulta previa y ahora pretenda implicarlos en el conflicto. En el ámbito económico, las repercusiones asociadas a los recursos energéticos y al comercio mundial están apuntando a una crisis de alcance mundial, atendiendo a algunos indicadores como las pérdidas del mercado bursátil y el repunte de la inflación. Otra de las consecuencias que contribuyen a configurar una situación de difícil salida es la evidencia de que nos encontramos que la institucionalidad global y las normas que debieran sustentarla se muestran ineficaces en el nuevo orden mundial. Por último, la seguridad internacional se aparta cada vez más de la contención y la cooperación, mientras que la disuasión, cuando no la confrontación abierta, están conformando las estrategias de la seguridad internacional de nuestros días.

Si el contexto general descrito es realmente preocupante, el entorno específico relacionado directamente con el conflicto de Irán lo es todavía en mayor medida. En cuanto a los actores relacionados con el conflicto, además de los tres directamente implicados Irán, por una parte, y Estados Unidos e Israel (en lo sucesivo potencias atacantes o atacantes), por otra, la totalidad de los países del Golfo están siendo objeto de los ataques de Irán sobre sus instalaciones energéticas y otras de gran impacto estratégico, como es el caso de las plantas desalinizadoras; la posición de Arabia Saudí, enemigo tradicional del gobierno chií de Irán, se mantiene de momento contenida y en el caso de Turquía, país miembro de la OTAN, a pesar de haber sido atacado por Irán no ha invocado el Artículo V del Tratado, lo que podría haber conducido, en su caso, a una escalada en el conflicto.

En el ámbito operacional, Irán ha visto profundamente mermadas sus capacidades defensivas y de respuesta, el espacio aéreo se encuentra bajo control de Israel y EE.UU, sus reservas de misiles se encuentran, aparentemente, muy disminuidas, lo que unido a su prácticamente nula capacidad de producción de este tipo de ingenios, le deja en una evidente debilidad estratégica que trata de compensar recurriendo a otros medios de menor complejidad tecnológica, como es el caso de los drones, así como recurriendo a sus proxys Hezbolá, Hamas o Ansar Allah (hutíes), confiriendo, de este modo, al conflicto un marcado carácter híbrido a esta guerra. También considero oportuno hacer referencia al previsible éxito operacional que habría supuesto la destrucción del programa de enriquecimiento de uranio, lo cual bien podría considerarse uno de los principales objetivos estratégicos del ataque.

Para completar esta rápida descripción del ambiente estratégico y operacional de este nuevo episodio bélico del conflicto en Oriente Medio, cabe mencionar el limitado apoyo que está recibiendo Irán por parte de las potencias supuestamente aliadas con él, Rusia y China. El primero, está encontrando una ventana de oportunidad para alcanzar su objetivo en la guerra en Ucrania, de hecho, el levantamiento de las sanciones a la venta del petróleo ha supuesto un claro revés a las aspiraciones de Kiev. En lo que respecta a China, a pesar de su dependencia energética del país persa, no estaría dispuesto a asumir las consecuencias de enfrentarse a EE.UU. Posiblemente, al igual que este país, aunque por diferentes motivos su intención pasa porque la duración del conflicto sea lo más breve posible, garantizando la libre circulación por el Estrecho de Ormuz. La posición equidistante de estas dos potencias en esta nueva guerra quedó manifestada el pasado 11 de marzo durante la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU) al permitir, con su abstención, la aprobación de la resolución que condenaba los ataques de Irán contra los países del Golfo.[1]

En este incierto y complejo contexto, en el que el propósito político de las potencias atacantes no está armonizado ni cohesionado, con una conducción estratégica divergente a la vista de los recientes ataques lanzados por Israel sobre el principal yacimiento de gas, de notable impacto en la economía global. Con un régimen iraní muy debilitado, pero con una clara determinación de supervivencia, la que no será posible doblegar recurriendo exclusivamente a los ataques aéreos. El desgaste de los países de la región ante los ataques indiscriminados de Irán y el impacto en la economía mundial que supone el cierre Ormuz. Y todo ello bajo el peligro de expansión del conflicto mediante amenazas híbridas e impactos en otros escenarios, cuando la alianza occidental está fuertemente comprometida como consecuencia de los desafíos que ha ido planteando Washington a Europa.

Así pues, resulta pertinente plantearnos una serie de cuestiones que nos ayuden a identificar los factores que podrían condicionar la evolución y posible final del conflicto: ¿hasta qué punto son coincidentes las estrategias de salida de Israel y Estados Unidos? ¿a quién favorece un conflicto de corta o larga duración? ¿es viable el derrocamiento del régimen de los ayatolás sin una intervención terrestre y, en tal caso, cuáles serían sus implicaciones? ¿cuál es la capacidad de resistencia de los países del Golfo y de qué dependerá su relación con Estados Unidos? ¿qué nivel de resiliencia puede sostener el régimen iraní en un escenario de desgaste prolongado?

Un análisis prospectivo.

A partir de éstas y otras muchas preguntas, y siguiendo una lógica prospectiva basada en la identificación de variables según su grado de incertidumbre y su impacto sobre el sistema, es posible determinar un conjunto de fuerzas motrices[2] que condicionan tanto la duración como el alcance del conflicto, relacionando a continuación las que considero más ajustadas a la finalidad de este estudio.

  1. Convergencia político-estratégica entre Estados Unidos e Israel, en términos de coherencia de objetivos y definición de una situación final deseada.
  2. Resiliencia del régimen iraní, expresada en su capacidad para evitar el colapso interno y adaptarse hacia un conflicto híbrido, prolongado y de proyección global.
  3. Probabilidad de una intervención terrestre, junto con las consecuencias estratégicas, políticas y operacionales derivadas de la misma.
  4. Nivel de escalada regional, particularmente en relación con la implicación de potencias como Arabia Saudí y Turquía.
  5. Posicionamiento de Rusia y China, en términos de apoyo, neutralidad o implicación indirecta.
  6. Impacto económico global, especialmente en función de la evolución del mercado energético y del comercio internacional.
  7. Cohesión del bloque occidental, materializada en el grado de apoyo político y estratégico a la intervención.

Se podrían identificar tres megatendencias en relación con la previsible evolución de las fuerzas motrices. La primera de ellas se refiere a que el conflicto se inscribe en un contexto caracterizado por la consolidación de un modelo en el que la cooperación cede terreno a la disuasión y a la confrontación como lógicas dominantes de la seguridad internacional. Una segunda, se centra en una creciente regionalización de los conflictos, donde los actores regionales adquieren mayor autonomía estratégica en un contexto de menor capacidad de control por parte de las grandes potencias. En tercer lugar, se identifica la progresiva hibridación de la guerra, que permite a actores en situación de inferioridad convencional compensar sus debilidades mediante el empleo combinado de proxys, capacidades tecnológicas accesibles y acciones en dominios no convencionales, favoreciendo la prolongación y complejidad de los conflictos.

Junta a ellas observamos también una serie de vectores de cambio que podrían considerarse susceptibles de afectar a las incertidumbres arriba identificadas. Por un lado, la degradación de las capacidades convencionales iraníes contrasta con su capacidad de adaptación hacia una estrategia híbrida, lo que introduce incertidumbre sobre su verdadera resiliencia. Por otro, la relación entre Estados Unidos e Israel evidencia tensiones entre divergencia de objetivos políticos y dependencia operativa, generando dudas sobre la coherencia de su estrategia de salida. Finalmente, en el ámbito regional, la contención mostrada por actores clave como Arabia Saudí y Turquía coexiste con una escalada indirecta a través de ataques a infraestructuras y el empleo de actores proxy, configurando un entorno volátil y difícil de estabilizar.

Estas tendencias, en ocasiones aparentemente contrapuestas, ponen de manifiesto que la evolución del conflicto no responde a trayectorias lineales, sino a una interacción de factores evolutivos que podrían reforzarse o neutralizarse mutuamente. Es decir, nos movemos en un entorno en el que ante la debilidad de contar con una información contrastada debemos recurrir a la formulación de deducciones, en este caso bajo la forma de hipótesis que, sobre la base de las fuerzas motrices asumidas y de las tendencias identificadas, nos permitan anticipar la posible evolución del conflicto en términos de duración, intensidad y desenlace.

  • PRIMERA HIPÓTESIS (H1). La resiliencia del régimen iraní se alcanzará por su adaptación a una estrategia híbrida. A pesar del deterioro de sus capacidades convencionales, el régimen iraní logrará evitar el colapso mediante la reconfiguración de su estrategia hacia formas de guerra híbrida, apoyándose en el uso intensivo de proxys, drones, ciberataques y presión sobre infraestructuras estratégicas regionales.

El impacto en el caso de la materialización de esta hipótesis sería la prolongación del conflicto en el tiempo, una creciente complejidad operacional, junto a un mayor riesgo de escalada, y, en consecuencia, menores opciones para alcanzar una victoria decisiva.

  • SEGUNDA HIPÓTESIS (H2). La divergencia político-estratégica entre EE.UU. e Israel aumentará a medida que se prolongue el conflicto. Las diferencias en los objetivos políticos y en los horizontes temporales tenderán a ampliarse conforme aumenten los costes del conflicto, afectando a la coherencia de la estrategia conjunta.

Su confirmación supondría una merma en la eficacia operacional y la consecuente limitación en las opciones estratégicas y como consecuencia indirecta una erosión sobre la credibilidad del modelo de la sociedad occidental

  • TERCERA HIPÓTESIS (H3). La convergencia operacional entre EE.UU. e Israel se mantendrá en el corto plazo pese a divergencias estratégicas. A pesar de las diferencias políticas, ambos actores mantendrán un aceptable nivel de coordinación en este nivel, debido a su interdependencia en capacidades y a la necesidad de evitar una escalada descontrolada.

Esta hipótesis supondría la mejora en el sostenimiento de la presión militar sobre Irán, la contención de la escalada y el acercamiento político-estratégico entre los dos países

  • CUARTA HIPÓTESIS (H4). Escalada regional indirecta y limitada. Las potencias regionales evitarán una implicación directa en el conflicto, optando por estrategias de contención, mientras la escalada se canalizará a través de ataques indirectos, proxys y presión sobre infraestructuras estratégicas.

Las consecuencias de su confirmación supondrían la ampliación del conflicto sin una ruptura abierta del equilibrio regional, pero con un incremento de la inestabilidad en el Golfo, una fuerte presión sobre el sistema energético global y una mayor dificultad para delimitar el teatro de operaciones.

  • QUINTA HIPÓTESIS (H5). Baja probabilidad de una intervención terrestre directa. El alto coste político, estratégico y militar de una intervención terrestre limitará su viabilidad, salvo en el caso de un debilitamiento extremo o colapso del régimen que genere una ventana de oportunidad para una acción decisiva.

La negativa a una intervención terrestre que sostiene esta última hipótesis supondría la confirmación de un modelo híbrido de la guerra con un predominio en la aplicación del poder aéreo, limitaría las opciones para imponer un cambio de régimen y redundaría en la extensión de la duración del conflicto

Definición de escenarios sobre la evolución del conflicto.

La combinación de las hipótesis más consistentes (H1, H4 y H5) permite identificar tres escenarios principales: el de mayor plausibilidad de acuerdo con las tendencias críticas, caracterizado por la prolongación del conflicto contenido, pero adoptando una dimensión híbrida. Un escenario alternativo, en el que la divergencia entre Estados Unidos e Israel abre paso a una desescalada negociada. Y un escenario de riesgo, definido por la ruptura de la contención regional y la consiguiente expansión del conflicto. A continuación, pasaré a describir los componentes esenciales de estos escenarios considerados.

  • Escenario A: “Guerra contenida, pero con tendencia hacia una dimensión híbrida”. Se trata del escenario de mayor probabilidad que asume las tendencias críticas y confirmaría las hipótesis primera, cuarta y quinta.
    • Descripción. El régimen iraní logra sostenerse mediante una adaptación híbrida del conflicto, mientras que se mantiene la intervención de las potencias atacantes circunscrita a la aplicación del poder aéreo y de la Inteligencia, sin recurrir al despliegue de fuerzas terrestres. La previsible escalada se materializaría, en este caso, por el incremento de los ataques por ambas partes sobre infraestructuras estratégicas (energía y agua), así como por una estrategia de aproximación indirecta por parte de Irán a través de sus proxys en Oriente Medio.
    • Trayectoria. En este supuesto Irán compensaría su creciente debilidad militar convencional recurriendo a las amenazas híbridas generando un entorno asimétrico con consecuencias globales. Es de prever que la coordinación entre Estados Unidos e Israel tenga divergencias crecientes en el tiempo, como consecuencia de los diferentes intereses políticos de ambos gobiernos y los apoyos sociales con los que cuentan.

Un tercer factor evolutivo a considerar es que las potencias regionales, en particular Arabia Saudí y Turquía eviten su implicación directa, aunque condicionada. En el primer caso, por la capacidad y voluntad de resistencia de los países del Golfo ante las previsibles agresiones por parte de Irán. Y si nos referimos a Turquía, por su condición de Estado miembro de la OTAN que pudiera invocar el Artículo V del Tratado. Tampoco es de prever ene este escenario el apoyo abierto de las potencias occidentales a Estados Unidos, como reclama su presidente.

En estas condiciones se debería asumir una expansión limitada y variable del conflicto, no tanto por la implicación directa de las potencias globales y regionales, como por las consecuencias económicas y comerciales de una guerra prolongada en el tiempo en una región clave en recursos e infraestructuras energéticos.

  • Resultado. Es el escenario más consistente que se sustenta en tres factores clave: resiliencia de Irán, contención de EE.UU. e Israel y falta de determinación de una situación final deseada y estrategia de salida. En él se asume una guerra prolongada de desgaste, una mayor inestabilidad regional y un impacto sostenido en los mercados energéticos y de comercio a nivel global
  • Escenario B: “Contención negociada y reequilibrio regional”. Constituye un escenario alternativo al anterior en el que la hipótesis dominante es la segunda (aumento de las divergencias político-estratégicas entre EE.UU e Israel), manteniendo las tres asumidas en el anterior supuesto, aunque con una menor influencia de la que se refiere a la capacidad de resiliencia de Irán.
    • Descripción. El principal elemento que condiciona este escenario se manifiesta como consecuencia de la variable política de la administración estadounidense hacia una salida negociada del conflicto. Este cambio ahondará en la divergencia con Israel, cuyo presidente sostiene su objetivo político en el derrocamiento del régimen iraní. Consecuencia directa de esta ruptura será la limitación de la presión militar sobre Irán, lo que abriría el conflicto hacia una contención progresiva, asumiendo fórmulas de negociación directa entre los contendientes o de manera indirecta por medio de una potencia neutral.
    • Trayectoria. Ahonda en la inconsistencia del objetivo político-estratégico estadounidense, primando los intereses político-partidistas frente a los estratégicos. Las consecuencias sobre Israel se identifican en los campos estratégico y operacional, en el primero se aleja de la opción de su objetivo político de acabar con el régimen de los ayatolás, mientras que el segundo verá mermadas sus capacidades ofensivas, especialmente las que se refieren a las opciones de una intervención terrestre. Por su parte, Irán, aunque debilitado, será el actor más beneficiado en la medida que a la cuestionable legitimidad de la intervención militar se añade la ineficacia de la estrategia adoptada con resultados limitados y un gran coste económico, permitiendo el mantenimiento del régimen de los ayatolás.

Adicionalmente, hay que señalar dos consecuencias directas que afectan a las principales potencias del sistema, por una parte, la pérdida de relevancia de Estados Unidos en contexto internacional y, por otra, el papel de China que estaría dispuesto a jugar en el nuevo orden mundial, no solo por su contención en el conflicto y su contribución a la desescalada, máxime si finalmente asume su rol mediador.

  • Resultado. Podría ser considerado como un escenario de salida imperfecta, un contexto de paz sin seguridad, en el que, sin que se pueda identificar una ventaja estratégica para nadie, se evita una situación con unos costes mayores, pero mantiene a la región en un entorno de gran inestabilidad. La situación final en este caso sería la supervivencia del actual régimen iraní, en el que se podrían prever algunos ajustes internos fruto del descabezamiento de su estructura llevada a cabo durante el conflicto; la interrupción del proceso de enriquecimiento de uranio que le permitiera a Irán la producción de armamento nuclear, así como una clara limitación en su potencial armamentístico; y la contención de la crisis económica mundial.
  • Escenario C. “Escalada regional y ruptura del equilibrio estratégico”. Considerado el más peligroso, en el que de las tres hipótesis principales (H1, H4 y H5) solamente la primera, aunque parcialmente, se conformaría, mientras que las otras dos quedarían claramente debilitadas.
    • Descripción. Su principal elemento identificativo radica en la ruptura de la contención del conflicto. Las acciones de represalia de Irán sobre objetivos estratégicos en el Golfo, de mayoría suní, supondrá la implicación directa o indirecta de Arabia Saudí. Esta situación podría extenderse a países en los que se mantiene una clara rivalidad entre las dos principales confesiones del mundo musulmán -chiís y sunís-, abriendo el enfrentamiento civil en diferentes países de la región, como sería el caso de Irak, incrementando de una manera notable la inestabilidad regional.

De la mano de la pretendida convergencia operacional, Israel podría arrastrar a Estados Unidos a una intervención terrestre de graves e imprevisibles consecuencias para la paz y seguridad mundial, superando con mucho el ambiente propio de una guerra híbrida.

  • Trayectoria. El elemento movilizador de este escenario se correspondería con la hipótesis planteada sobre la convergencia operacional entre EE.UU e Israel conduciendo a una escalada de la guerra, asumiendo la intervención terrestre en el territorio iraní directa o indirectamente. Esta última opción estratégica pasaría por la movilización de las milicias kurdas de la región, junto a la intervención de fuerzas de operaciones especiales de ambos ejércitos.

De manera concurrente se incrementarían los ataques masivos sobre las infraestructuras estratégicas en los países del Golfo e Israel, no descartándose acciones hostiles por parte de Irán contra objetivos en intereses occidentales, lo que podría conducir a una reorientación de las alianzas y una consecuente escalada del conflicto. Esta grave situación descrita bien podría tornar en catastrófica si, como consecuencia de participación directa de los países aliados, China y Rusia apoyaran a Teherán, para evitar su colapso.

  • Resultado. La materialización de este escenario claramente disruptivo supondría, de facto, que el conflicto dejara de ser gestionable, afectando a la estabilidad global. El desenlace de este escenario es de una preocupante peligrosidad cuyo gradiente de sus posibles consecuencias en una escala de menor a mayor gravedad serían, en primer lugar, una regionalización de la guerra, extendiendo los actuales teatros de operaciones de Irán y Líbano a otros países como podría ser el caso de Yemen, Qatar o Irak, incluso sobre el propio Estado de Israel.

Una segunda consecuencia vendría de los efectos económicos que pudieran materializarse como resultado de la presión sobre las rutas comerciales, en particular sobre el Estrecho de Ormuz. Esta variable podría ser determinante en la implicación de las potencias occidentales en el conflicto y, en consecuencia, de la extensión del conflicto.

En el extremo de este gradiente se situaría el riesgo de un enfrentamiento indirecto entre las grandes potencias que podría extenderse a otras regiones, afectando a otras situaciones de crisis, como sería la salida del actual conflicto de Ucrania en el caso de Rusia, o las aspiraciones territoriales de China sobre Taiwán.

Conclusiones.

En este contexto, el conflicto de Irán no debe interpretarse únicamente como una crisis regional, sino como una manifestación de las tensiones estructurales que configuran el sistema internacional contemporáneo, donde la incertidumbre estratégica y la dificultad para articular salidas políticas coherentes se erigen como rasgos dominantes. Este análisis prospectivo refleja esta condición, pudiéndose extraer las siguientes conclusiones.

  • La disociación entre política y estrategia podría ser considerada uno de los principales factores para una comprensión integral del conflicto. La falta de alineamiento entre objetivos políticos y medios estratégicos, particularmente visible en el caso de Estados Unidos, constituye un elemento central de incertidumbre y condiciona tanto la conducción de la guerra como la viabilidad de una estrategia de salida, reproduciendo patrones ya observados en conflictos anteriores.
  • La resiliencia del régimen iraní es una variable determinante en la evaluación del conflicto. Lejos de traducirse automáticamente en el colapso de su régimen teocrático, el debilitamiento convencional de las fuerzas armadas iranís ha sido compensado por su transición hacia un modelo híbrido de confrontación, lo que le permitirá sostener el conflicto en el tiempo y dificultar la obtención de una victoria decisiva por parte de sus adversarios.
  • La naturaleza híbrida de la guerra dificultará alcanzar soluciones rápidas y decisivas, favoreciendo las dinámicas de desgaste. El recurso a los proxys, los ataques a infraestructuras críticas y las operaciones indirectas configuran un entorno operacional difuso que amplía el conflicto más allá del campo de batalla convencional, incrementando su duración y complejidad, así como su impacto global.
  • La contención regional permitirá un equilibrio aceptable, pero reversible. Aunque las principales potencias regionales han optado por evitar una implicación directa, la presión derivada de los ataques indirectos y la vulnerabilidad de las infraestructuras estratégicas generan un entorno muy volátil, susceptible de generar situaciones de escalada si se superan determinados umbrales.
  • La evolución más plausible de la situación bélica apunta hacia una guerra prolongada sin una resolución decisiva. La combinación de la resiliencia iraní, la limitación de la intervención militar directa y las divergencias estratégicas entre los actores occidentales configuran una tendencia hacia un conflicto prolongado, en la que predomina la contención inestable sobre la resolución estructural y decisiva.
  • El conflicto debería ser interpretado, también, como un catalizador de las transformaciones del sistema internacional. Más allá de su dimensión regional, el caso iraní refleja tendencias estructurales del orden internacional, como son el debilitamiento de la gobernanza global, la fragmentación de las alianzas y la primacía de la lógica de poder, consolidando, de este modo, un entorno más incierto, competitivo y difícil de estabilizar.

[1] El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó 11 de marzo de 2026 una resolución en contra de «los ataques atroces» de Irán contra Baréin, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Jordania, que no menciona los bombardeos iniciales de Estados Unidos e Israel que originaron el conflicto. El documento, presentado por Baréin en nombre del resto de países atacados, contó con el apoyo de 13 de los 15 países que forman el órgano, ningún voto en contra y las abstenciones de China y de Rusia.

[2] Por fuerzas motrices entenderemos los factores y las situaciones que impulsan los cambios en el sistema a analizar

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Jesús de Miguel Sebatián

Analista Seguridad Internacional

Socio fundador de TWCI y experto en inteligencia estratégica. Con una destacada trayectoria militar internacional en Bosnia, Irak y Afganistán, ha sido Agregado de Defensa en México y directivo de seguridad en el sector privado. Actualmente es docente universitario y consultor especializado.

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