Chocolate Y Nata

En el pequeño y sosegado rincón mediterráneo donde discurre plácidamente mi tiempo con la parsimonia que me transmite la paz del lugar, se ha instalado una colonia de bulliciosos chavales inmersos en ese maravilloso periodo que marca la adolescencia.

La principal actividad se deriva de los deportes náuticos en las modalidades de vela y remo, además de las popularísimas y divertidas tablas de surf, entre zambullidas, cabriolas, aguadillas y todo tipo de bromas, donde las pellas de arena, los manojos de algas y las pelotas de agua sirven de ocasional munición.

A pesar de la algarabía que generan más de un centenar de divertidos adolescentes, los monitores controlan con acierto las a veces dislocadas acciones de unos jovencitos que exhibiendo una desbordante vitalidad, dan rienda suelta a su frenética actividad en las cálidas playas de la bella Bahía de San Antonio, siempre abierta a la distendida diversión, allá donde se da cita la nueva Torre de Babel.

Tras la finalización de la media jornada, llega la comida en forma de pícnic, incluido en las dos horas de descanso disfrutadas en el frondoso palmeral donde se ubica un emblemático edificio a modo de la Gran Pirámide que conforma Florazar 2. Es la urbanización que se extiende desde las doradas arenas, hasta los pinos centenarios que la circundan.

No es el cansancio acumulado tras cinco horas de frenética actividad, ni el suculento bocadillo, ni la magnífica acción de los monitores que no permiten que los chavales se desmadren…

Es la milagrosa sedación que producen sus móviles lo que les mantiene obnubilados en posiciones que imitan exposiciones de arte moderno, reproduciendo la vida inanimada de seres aniquilados por una guerra bacteriológica.

Al contemplarlos inmersos en el más absoluto silencio, tengo la impresión de estar viendo un campamento con el piloto de «standby» encendido.

Los chavales permanecen inmóviles, tendidos en el cuidado manto de césped, sin levantar sus miradas de las fluorescentes pantallas de los esmarfones que iluminan sus enrojecidas caras quemadas por un Sol de justicia, pese a la protección que a buen seguro llevan.

Me sorprende el prolongado y profundo silencio reinante, así como su más absoluta indiferencia ante la presencia de decenas de perritos que vienen con sus dueños a hacer sus necesidades.

Ninguno de ellos parece prestar el menor interés por socializar con sus ocasionales compañeros caninos ajenos a la colonia.

Una chica que bien pudiera ser una bella sirenita, mira de soslayo al compañero que se halla tendido a su lado, incluso rozándose con la ligereza que lo pudiera hacer una pluma de ganso.

Ambos lucen el informal vestuario de baño de tono azul plateado de la colonia de verano al que han añadido una camiseta.

Los mozalbetes siguen abducidos, con los ojos como platos mirando embelesados las pantallas de sus esmarfones como si el tiempo se hubiese detenido ante ellos.

Nada, quietud absoluta, un silencio sepulcral reina en el frondoso y refrescante palmeral repleto de rechonchas palmeras datileras en perfecta convivencia con pinos centenarios y adelfas pintadas de colores… Y como complemento, pistas deportivas.

Fue una niña rubia, una sirenita de ojos celestes, la que inopinadamente acaricia la espalda con su desnudo pie al chico que se halla junto a ella.

El mozalbete en un acto reflejo se retira unos centímetros marcando distancia entre él y cualquier compañero que estuviese a su vera.

La niña rubia de carita sonrosada parece jugar con los rayos de sol que filtra el palmeral y sin pensarlo dos veces vuelve a acariciar la espalda de su compañero, un chaval tallado en ébano, que lucía una abombada cabellera, plena de caracolillos del más puro estilo afro.

Fue entonces cuando apartando la mirada sobre su móvil se encontró con la mirada azul de la sirenita rubia de carita nacarada con iris de rosas.

  • ¿Perdona, quieres echar una partida de videojuego?
  • Vale, contestó el jovencito.
  • Y después… ¿Quieres navegar conmigo?.
  • Vale, asintió el chavalete, tan delgado como un junco y tan ligero como el mimbre que se mece en las márgenes del Júcar.

De pronto sonó el silbato de uno de los monitores rompiendo la quietud del campamento, quien a continuación gritó:

  • ¡Todos a las tablas!

Como impulsados por un resorte salieron corriendo hacia las mochilas que se hallaban apiladas dentro de un velero varado junto a una caseta de madera. Tras un trasiego de idas y vueltas, todos guardaron sus móviles en las mochilas de mil colores y formas…

Al correr hacia la playa donde se hallaban las tablas de surf la niña rubia de ojos azules preguntó al chico espigado de piel de ébano

  • ¿Cómo te llamas?
  • ¡Hakimi! ¿Y tú?
  • ¡Aniska! Respondió ella
  • ¿Eres español?
  • Sí, claro. ¿Y tú
  • También.

Y ambos salieron corriendo uno tras el otro hacia las tablas de surf intentando no pisar en demasía la ardiente arena del bello escenario donde se fraguaba un incipiente y efímero amor de verano regateando entre encajes, puntillas y cenefas dejados sobre la arena por un mar en calma que emitía reflejos de los mil espejos que cada mañana muestran la bellísima bahía.

Es la vida de un octogenario fiel espectador del espectáculo que cada día ofrece el más maravilloso escenario situado en la bellísima cala plácidamente bañada por un Mediterráneo de ensueño, en este Olimpo dorado.

Enrique García-Moreno Amador

Presidente del Ateneo de Ocaña

Escritor y amante de Ocaña y su historia

Tags: El Atril de Enrique García-Moreno

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Enrique García-Moreno Amador

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