AL HABLA CON… Ángel Fernández Rivas, Patrón de remolcador en el puerto de Alicante.

Ángel lleva doce años despertando bajo la luz blanca de Alicante, pero basta escuchar el eco de su voz para entender que su brújula interna sigue apuntando al norte, a su Burela natal.

 

Aunque cambió el rugido del Cantábrico por la calma aparente del Mediterráneo, este gallego no ha dejado que la distancia oxide sus raíces; al contrario, las ha fortalecido en el muelle, donde cada día se pone al frente de un remolcador de Boluda Corporación Marítima. Como patrón, su vida es un baile de precisión y fuerza, guiando a los gigantes de acero que entran al puerto con la humildad y destreza de quien aprendió a leer el mar. Hoy conversamos con él sobre esa vida que transcurre entre dos costas descubriendo que, aunque la rutina le haya puesto el ancla definitiva en Alicante, el alma de Ángel sigue navegando, intacta, por las aguas profundas de su origen gallego.

 

Pregunta: Ángel, ¿siempre tuviste claro que querías dedicarte a una profesión relacionada con el mar? ¿Cómo fueron tus principios y cómo llegas hasta formar parte del Grupo Boluda Corporación Marítima como Patrón de remolcador?

Respuesta: En mi caso, el mar no fue una elección, sino un destino que ya estaba escrito en casa. Mis hermanos ya tenían barco y yo crecí viendo ese mundo de cerca; se puede decir que el salitre me venía de familia. Aunque pasé por las etapas típicas de formación, como la EGB y una Formación Profesional que no terminó de cuajar, mi verdadera escuela empezó en la cubierta.

Recuerdo mis principios con la costera del Bonito. Trabajaba cuatro meses intensos y, con lo aprendido y ahorrado, me iba a estudiar Náutica. Fue un ciclo de ida y vuelta: de la marea a los libros. Estuve en Ferrol hasta completar los estudios de Patrón de Altura y Patrón Mayor de Cabotaje, y finalmente me desplacé a Vigo para titularme como Capitán de Pesca. Hasta el año 2010, mi vida fue la pesca en el negocio familiar; mis hermanos empezaron con un modesto barco de madera, progresaron a uno de hierro y, de hecho, ellos siguen hoy en día manteniendo viva esa tradición.

 

Sin embargo, llegó un momento en que el sector de la pesca empezó a flaquear. El esfuerzo no se veía recompensado económicamente y me encontraba en un momento anímico bajo. Fue entonces cuando un compañero que ya formaba parte de Boluda Corporación Marítima me habló de una vacante por jubilación. Envié mi currículum y así empezó mi etapa en los remolcadores.

Mi andadura en la casa comenzó en Ceuta, a bordo de un remolcador de altura. Tras un año allí, surgió la oportunidad de venir a Alicante para cubrir la plaza de un paisano de mi propio pueblo que se jubilaba. Entré primero como marinero, con la humildad de quien sabe que cada puerto es un mundo nuevo, y fui ascendiendo con esfuerzo hasta mi puesto actual de Patrón.

 

P: Para quien no os conoce en profundidad, ¿Puedes explicarnos cuál es la función que hacéis día a día los remolcadores?

R: Nuestra labor es, fundamentalmente, de precisión y seguridad. El día a día se basa en un sistema de guardias permanentes; siempre estamos listos para cuando recibimos la llamada. Nuestra misión principal es asistir en las maniobras de atraque y desatraque de los grandes gigantes que llegan al puerto: desde majestuosos cruceros y buques de carga general, hasta portacontenedores de dimensiones imponentes o barcos que transportan mercancías delicadas, como el clínker o materiales peligrosos.

En la mar, el tamaño de estos buques se convierte en un desafío cuando entran en la estrechez de la dársena. Nosotros somos sus «guías» y su fuerza externa: los ayudamos a virar, a aproximarse al muelle con suavidad o a separarse de él con seguridad. Además, nuestra presencia es vital cuando las condiciones meteorológicas se complican. Si el viento sopla con fuerza, el remolcador se convierte en el cinturón de seguridad de estos barcos, garantizando que mantengan su posición y evitando cualquier riesgo de colisión. En definitiva, somos los encargados de que el engranaje del puerto no se detenga y de que cada maniobra, por compleja que sea, termine con éxito.

 

P: ¿Qué significa para ti ser Patrón de un remolcador? ¿Qué habilidades, más allá de las náuticas, debe tener alguien que quiere trabajar como Patrón de remolcadores?

R: Significa, ante todo, cargar con una responsabilidad inmensa. Cuando estás en el puente, eres plenamente consciente de que bajo tu mando no solo está la seguridad de tu tripulación y de tu propio barco, sino también la de esos colosos de acero a los que asistimos. Estamos hablando de interactuar con buques de 200 metros de eslora o cruceros que alcanzan los 300 metros; ante semejantes dimensiones, cualquier error de cálculo o un mínimo fallo técnico puede derivar en una situación crítica. Tienes que vivir con los cinco sentidos puestos en la maniobra. Aunque operamos con barcos muy seguros y preparados para este trabajo, no dejamos de trabajar con máquinas y, como toda máquina, siempre existe la posibilidad de que algo falle en el momento más inoportuno. Ha ocurrido alguna vez, y es ahí donde la experiencia y el temple del Patrón marcan la diferencia.

Ser Patrón es entender que cada maniobra es un reto de precisión. No importa cuántas veces hayas atracado un barco: el respeto por la mar y por el tonelaje que manejamos debe ser absoluto. Es una labor de vigilancia constante para que todo fluya y el puerto siga siendo un lugar seguro.

 

Más allá de los títulos y la técnica, hay un componente psicológico fundamental. El sistema de guardias es exigente; pasamos muchísimas horas juntos en un espacio confinado, y hay que estar preparado mentalmente para gestionar esa convivencia. Para que el trabajo salga bien, es vital mantener la calma y cuidar el ambiente con los compañeros; la armonía a bordo es lo que evita que el cansancio se convierta en tensión o roces innecesarios.

Por otro lado, está la destreza técnica aplicada a la seguridad, como el conocimiento profundo de la cabuyería. No es solo saber hacer nudos, sino entender la física y la resistencia de los materiales. Debes conocer al detalle la fortaleza de los cabos para que aguanten la tensión del tiro cuando arrastras o frenas a esos barcos gigantes. Tienes que vigilar constantemente que nada sufra “fatiga”, porque si un cabo rompe en el momento de máxima fuerza, el peligro es inmediato. En este oficio, la paciencia y la observación son tan importantes como saber llevar el timón.

 

P: ¿Ha habido alguna maniobra o algún momento, que puedas contarnos, que te haya marcado especialmente a nivel profesional en tu dilatada trayectoria como Patrón de remolcador?

R: Sin duda, hubo una experiencia que guardo con especial nitidez. Sucedió durante mi etapa en Ceuta, cuando nos destinaron a Tan-Tan, en la costa atlántica de Marruecos, para participar en el reflotamiento de un buque. Fue un despliegue impresionante donde colaboramos con la prestigiosa empresa de salvamento Smit Salvage.

Lo que hizo que esa misión fuera inolvidable fue trabajar bajo la dirección de Silvia, una profesional de un nivel extraordinario. Para que te hagas una idea, ella fue la responsable de dirigir la maniobra de reflotamiento del famoso Costa Concordia en Italia, aquel crucero cuyo accidente dio la vuelta al mundo. Verla trabajar de cerca fue una lección magistral.

Fue una operación de una complejidad técnica enorme: coordinamos los remolcadores con el apoyo constante de un helicóptero y todos trabajando al unísono para liberar el barco. Me impactó muchísimo la metodología, la precisión en la forma de actuar y la profesionalidad con la que se gestionó cada movimiento en una situación tan crítica. Fue, sencillamente, fascinante.

 

P: Cuando una maniobra se complica y los nervios están a flor de piel, ¿cuál es tu estrategia para mantener la calma y que el equipo no entre en pánico?

R: Es, ante todo, una cuestión psicológica. La calma no es un lujo en este trabajo, es la herramienta de seguridad más importante que tenemos. Si permites que los nervios tomen el timón, la situación se vuelve mucho más peligrosa; puedes comprometer la integridad del buque y, lo que es más grave, poner en riesgo a tu tripulación.

Cuando la tensión sube, mi estrategia es inmediata: mantener la serenidad, identificar el origen del error y centrarme en corregirlo con la mente clara. El objetivo es finalizar la maniobra de la mejor manera posible, garantizando la seguridad de todos. Ya habrá tiempo para sentarnos y analizar qué falló en ese instante concreto.

 

P: ¿Qué importancia tiene el compañerismo en vuestro trabajo? ¿Cómo se forja la confianza entre los miembros de una embarcación que depende tanto del trabajo en equipo? ¿Qué cualidades valora más en tus compañeros?

R: El compañerismo es el verdadero motor del remolcador, ya que al ser una tripulación de sólo tres personas, la armonía a bordo es indispensable para que el trabajo fluya con seguridad. Es fundamental conocer a fondo a tus compañeros para saber cómo tratarlos, evitar roces innecesarios y priorizar siempre el buen ambiente frente a la jerarquía rígida. Al final, prefieres dejar los galones a un lado y actuar como un compañero más, convencido de que cuando se trabaja como una piña y con respeto mutuo, dejando atrás el autoritarismo, cualquier maniobra, por compleja que sea, sale de maravilla.

La confianza se construye escuchando y, sobre todo, respetando el mundo interior de cada uno. En un remolcador no solo compartimos maniobras, compartimos la vida, y eso implica entender que cada persona sube a bordo con su propia mochila de problemas personales o familiares. Para mí, la clave es la cercanía: hablar con ellos, conocer sus historias, sus amistades y sus preocupaciones. Al final, ese conocimiento es lo que te permite saber cuándo alguien está pasando un mal día y actuar en consecuencia. Se trata de proteger el equilibrio emocional del grupo. Esa es la base de la confianza: saber que, más allá de la técnica, nos cuidamos como personas.

Dado que las maniobras son repetitivas y se aprenden con la práctica, lo verdaderamente valioso es que los compañeros mantengan un ambiente sin tensiones y se cuiden mutuamente. Valoro mucho que mis compañeros sean capaces de vigilarse entre ellos, avisándose de posibles riesgos en cubierta para que nadie corra peligro, convirtiendo el trabajo en un ejercicio de protección compartida.

 

P: Se dice que el trabajo del remolcador es “90% esperar y 10% adrenalina pura”. ¿Qué haces para gestionar esa espera en las guardias?

R: Esa espera no es tiempo perdido, es el tiempo que usamos para que el barco esté impecable, porque al final esta es nuestra casa y nuestra seguridad. Por las mañanas nos repartimos el trabajo: mientras los marineros rascan, pintan o sanean la cubierta entre otras cosas, el mecánico se encarga de que la máquina esté a punto, vigilando filtros y niveles para que no falle nada. Yo me encargo de la gestión, los diarios de navegación y toda la burocracia. Jamás iríamos a una maniobra sabiendo que algo puede fallar, porque eso sería un peligro para nosotros y para el barco que ayudamos; por eso, aprovechamos la calma para que, cuando llegue la adrenalina, todo funcione como un reloj.

 

P: ¿Cómo se compagina una profesión tan exigente con la vida personal y familiar?

R: Viniendo de una familia marinera como la mía, en casa ya sabían de sobra lo que era vivir condicionado por la mar, y eso facilita mucho las cosas. Aquí en Alicante, los que trabajamos en los remolcadores trabajamos un mes seguido y descansamos otro. Si tu entorno está acostumbrado a la mar, se lleva bien, aunque reconozco que para quien no conoce este mundo puede ser duro al principio. Durante ese mes de guardia, trato de que la distancia no se note y, dentro de lo posible, ellos pueden venir al barco a verme. Se trata de hacer lo imposible para sentirte cerca de los tuyos a pesar de estar un mes viviendo a bordo, sabiendo que luego vendrá un mes entero para disfrutar de ellos al cien por cien.

 

P: ¿Qué consejo le darías a alguien que se está planteando enfocar su vida hacia una profesión tan exigente y dura como es el mar y en especial hacia el mundo de los remolcadores?

R: Mi consejo es muy claro y directo: antes de lanzarte a los libros, tienes que mojarte. Hoy en día veo a mucha gente que estudia Náutica sin haber pisado la cubierta de un barco en su vida, y eso es un error. Es como estudiar para ser fontanero sin haber tocado una tubería; necesitas saber si de verdad te gusta el oficio antes de invertir años en formación. La mar no es solo navegar; es la soledad, es estar fuera de casa y es, sobre todo, la convivencia en un espacio reducido. Yo les diría que prueben, que se mojen los pies, la cabeza y las orejas. Que saquen una titulación básica, se enrolen como marineros y empiecen desde cero. Yo lo hice así: alternaba los veranos en la pesca con los inviernos en la escuela. Además, les diría que no se cierren puertas. Muchos vienen a hacer las prácticas con nosotros y dicen: «Yo solo quiero remolcadores». Pero la mar es un abanico inmenso: tienes la marina mercante, los remolcadores, los cruceros, salvamento marítimo, la pesca… Hay una falta enorme de profesionales titulados ahora mismo y es una pena que la gente no aproveche todas las salidas. Prueba primero si psicológicamente aguantas estar lejos de los tuyos; si después de probarlo ves que te apasiona, entonces ve a por todas con el estudio. La mar te ofrece un futuro maravilloso.

 

 

P: Para terminar… ¿Algo más que quieres añadir y que se haya quedado en el tintero?

R: Solo una cosa: que quien decida embarcarse, sea en lo que sea, lo haga porque de verdad le gusta. La mar es demasiado exigente como para estar en ella sin ganas. A veces veo a gente que saca el título por sacarlo, o que se mete a estudiar Náutica simplemente por tener un papel o porque no sabía qué otra formación elegir mientras estaba en casa.

Mi mensaje es que:

esto hay que hacerlo por amor a la mar, por vocación”. La mar te da mucho, pero también te pide mucho,

y si no hay esa pasión detrás, el trabajo se vuelve cuesta arriba. El que venga, que venga convencido, con ganas de aprender y con respeto a la profesión. Al final, no se trata solo de tener un papel que diga que eres Patrón o mecánico; se trata de serlo de corazón y de hacer las cosas bien.

 

 

Juan Carlos Esteve Sala

Colaborador de «El Consistorio»

Profesor de Educación Primaria en la Especialidad de Educación Física en el Colegio Inmaculada-Jesuitas de Alicante.
Socio de la Real Liga Naval Española.
Vicepresidente del Club de Leones Alicante Costa Blanca.

Tags: El Atril de Juan Carlos Esteve Sala

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En este libro le cuento algunos datos de personajes y personajillos relacionados con Alicante. Ya verá. Unos lo son por nacimiento, otros son alicantinos de adopción que vinieron a Alicante por una u otra razón y aquí se quedaron, y están aquellos que estuvieron de paso por la capital alicantina y se marcharon llevándose un buen recuerdo.

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