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AL HABLA CON…Máximo Caminero

Con una trayectoria pictórica que abraza ya las cinco décadas, el reconocido artista visual dominicano Máximo Caminero se consolida como una de las voces más profundas, místicas y reflexivas del arte caribeño contemporáneo. Nacido en Santo Domingo en 1962, justo en los albores de una nueva era histórica para su país, y radicado en Miami desde finales de los años ochenta, Caminero ha sabido amalgamar en sus lienzos las raíces taínas, la luz y la sombra de su tierra natal con las tensiones de la sensibilidad moderna. Su más reciente exposición, Caos & Equilibrio, es un testimonio de su constante evolución humana, espiritual y esotérica; un espejo donde el orden, la ruptura y las complejidades de la experiencia humana dialogan en un mismo y vibrante lenguaje. Nos sentamos a conversar con él para adentrarnos en el lienzo de su propia vida, buscando el pulso y la conexión detrás de cada trazo.
PREGUNTA. Nacer en el Santo Domingo de 1962 significó ser testigo del renacer de un país que dejaba atrás una larga dictadura. ¿Cómo influyó ese ambiente de cambio y ebullición social en los primeros años de tu infancia?
RESPUESTA. Así es, nací justo cuando terminaba una dictadura de treinta años. No me tocó ser testigo de aquello, por lo que todo lo que vi, el renacer que mencionas, fue algo «normal» para mí; es decir, si acaso escuché hablar de Trujillo, lo vine a saber cuando ya era un adulto.

P- Se dice que desde muy joven mostraste inclinación por el arte creando historias gráficas, cómics de soldados y superhéroes con capa. ¿Qué queda hoy de ese niño con inmensa imaginación en el pintor consagrado que eres ahora?
R. De ese niño queda la nostalgia; fíjate que es interesante cómo somos «algo nuevo» constantemente. Cada etapa de nuestras vidas evoluciona y va dejando atrás «la otra vida que fuimos». Me encantaría volver por unas horas a «ese lugar» donde fui y poder verme desde afuera, como si fuera una película, pero estoy seguro de que, más que mirarme, me quedaría deleitado con el entorno, ya que eso es lo que alimenta la memoria.
P- ¿Cuándo fue el momento exacto en que descubriste que el color y las formas no eran solo un pasatiempo infantil, sino tu lenguaje definitivo para comunicarte con el mundo?
R- ¿Puedes creer que lo descubrí bastante tarde? Pero lo que descubrí no fue lo que muchos piensan, que el artista «sabe» lo que pinta. Descubrí que «la comunicación» en eso que llamamos «arte abstracto» no existe, o mejor dicho, está vedada a nuestra conciencia. Es un lenguaje de otras dimensiones lo que hace imposible recibir el mensaje, percibirlo sí, aunque no entendamos nada.

P. Has expresado recientemente que tus obras son «emociones de un momento» y que tu trabajo no es sólo arte, sino una «conexión» a través de la espiritualidad. ¿Cómo te preparas mental y espiritualmente antes de enfrentarse a un lienzo en blanco?
R. Precisamente, es una conexión, pero no tienes que hacer ningún ritual o ceremonia para conectarte; simplemente déjate llevar y fluye sin pensar en lo que vas a hacer. Solo tengo la certeza de que cualquier cosa que haga mi mano estará guiada por esa conexión. Luego de los trazos espontáneos, «entro yo», es decir, el individuo terrenal a colaborar agregando colores, texturas y volúmenes. Claro, yo sí me doy cuenta cuando una obra no se conectó bien. Por decirte, si en el medio de esos trazos me detengo y regreso en unas horas, la comunicación se pierde y se mezclan emociones que chocan, por lo que hay que definir «el lenguaje» al momento o la historia cambia.

P- A lo largo de tus 50 años dedicados a la pintura, tu lenguaje ha transitado por lo real, lo irreal, lo carnal y lo esotérico. Al mirar atrás, ¿cómo defines la metamorfosis de tu propia técnica? ¿Te encuentras hoy, como llegaste a sugerir con humildad, «más perdido que antes» o más cerca de tu verdad?
R- Hace tiempo que dejé de buscar «la verdad» y también hace tiempo que me olvidé de si estaba perdido o no. Ya no me importan las respuestas porque no me hago las preguntas. Lo que sí «tengo claro» es que la evolución de mi obra va de la mano con el nivel de espiritualidad que vaya escalando «ese Máximo» que fue un niño, un joven, un adulto, un señor y ya mismo un anciano. Cada saber que adquiero, o especulación de cualquiera de los misterios de la vida, abre la puerta a una nueva dimensión y,,. al ser yo el receptor de la misma, es lógico que cree algo distinto. Soy «un pintor» que no le teme a los cambios porque siempre he dicho que esto no es arte; como ya mencioné, es conexión.
P. En tus obras se respira el enigma y la luz de las raíces caribeñas. ¿Cuál es el secreto para traducir esos elementos antiguos a los códigos y las emociones del siglo XXI?
R. Eso fue un momento de principios cuando intentaba nutrirme de esa simbología dejada por los primeros pobladores de las islas del Caribe, taínos, caribes, entre otros. Me imagino que ese rasgo se quedó en mis manos y delata una forma de escribir aprendida, pero creo que va más allá de un lugar específico. En cuanto a las emociones, pienso que todos los creadores las transmitimos y estas estarán más marcadas en aquellos que «subconscientemente» estén conectados al lenguaje que vean de cierto creador. Es decir, el espectador está al mismo nivel espiritual que el que produjo la obra y por eso «siente» ciertas emociones aunque no las pueda entender.

P. En 1988 trasladas tu residencia a Miami, un epicentro artístico fundamental en tu carrera. ¿Cómo de complejo fue abrirte camino como creador latino en los Estados Unidos y lograr que tus obras conquistaran colecciones y museos norteamericanos y europeos?
R. El tiempo se encarga de todo. La persistencia termina por colocarte en «algún lugar», ya sea por la labor demostrada o por «el valor» que «eventualmente» tendrá «ese tipo» que jodió tanto.
P. Has sido un crítico abierto sobre la necesidad de democratizar el arte, proponiendo ideas como llevar a pintores y sociólogos a los pueblos para enseñar y proveer materiales a los niños de las escuelas. ¿Qué papel crees que debe jugar el artista dentro de la transformación social de su país de origen?
R. Pienso que el sentido de la vida «es dar», aunque también creo en el destino, pero sí es nutritivo alimentar el intelecto. No podemos hablar de democracia en pueblos que no tengan la capacidad de «discernir». Si no lees, sientes, desarrollas la sensibilidad, serás un animalito más comiendo y viviendo. La vida no se trata de durar más, sino de vivirla a gusto, así sea breve. El artista debe promover esos desahogos.

P. Tu más reciente propuesta, Caos & Equilibrio, explora las tensiones humanas, pero la composición nunca pierde la proporción. ¿Cómo se gestiona el caos del día a día en el taller para transformarlo en una obra equilibrada y estéticamente impecable?
R. Cuando escribes conectado al universo, no puedes traer una ecuación sin sentido. Si algo me sorprende de mi obra es precisamente «ese equilibrio» sin medidas o instrumentos o fórmulas calculadas. Es todo espontáneo y surge con un balance que roza la perfección; no porque lo diga yo, es porque se ve y reconozco que conscientemente nunca podría hacerlo, por lo que esto reafirma mi especulación de que es un lenguaje «filtrado» de otras dimensiones.
P. Más allá de los pinceles, has explorado la poesía y la composición musical. ¿Cómo se alimentan y conviven estas distintas vertientes creativas dentro de tu rutina diaria? ¿Es la palabra un refugio cuando la pintura no alcanza a expresar el drama humano?
R. Igual me sucede cuando escribo; hay un momento en que siento «un leve toque» y entiendo que «estoy conectado». Que todo lo que escribo también llega de otras partes. Los escritos que hago quejándome de las injusticias del hombre, esos sí son creados por mí, pero los otros, los que filosofan y vuelan, sin dudas, son de otra parte…
P. Detrás de las grandes exposiciones, los reconocimientos internacionales (como el de Artista Plástico del Año en Miami en repetidas ocasiones) y las subastas, está el hombre que vuelve a casa. ¿Cómo equilibras las demandas y las intensidades de la vida artística con la estabilidad y el cobijo de la vida familiar?
R. Reconozco que me han tenido consideración y paciencia, ya que suelo estar ausente una buena porción de ese tiempo tan importante. Me salva que soy un hombre «cariñoso» y que mis emociones vibran a buena carga, por lo que se sienten así; no diga nada.

P. Si tuviera que elegir una sola obra de toda tu trayectoria que resuma el legado que le quieres dejar a los tuyos y a la comunidad dominicana en el exterior, ¿cuál sería y por qué?
R. La obra de la vida misma. No creo que soy perfecto ni lo aspiro, pero creo que el legado que he dejado ha sido el amor y el desapego. Veo cómo la gente me quiere, aunque no sepa lo «HP» que podría ser, jajaja. Pero independientemente de «eso», creo que lo que ven superficialmente en mí les sirve. Porque no suelo dar para esperar, y siempre tengo las puertas abiertas a todos, menos a unos cinco que tuve que apartar últimamente de mi vida por razones de «carga pesimista». Mi legado será la solidaridad y el dar, como ya mencioné.

P: Para terminar… ¿Algo más que quieras añadir y que se haya quedado en el tintero?
R. Agradecerte, Juan Carlos, por las atenciones que has tenido conmigo. Eres un ejemplo de «ese sentido de la vida» que digo y repito constantemente, y en esta entrevista, por tercera ocasión, «dar», si supiéramos cómo las energías se limpian y los caminos se abren por el simple hecho de dar en buena fe. Sentir el bienestar del otro nos arranca el ego y nos llena de vibraciones limpias que no evitarán que te mueras, pero sí te darán una vida más ligera, ¿y qué otra cosa aspiraría alguien consciente de este breve momento? La condición humana es más sana cuando pones a pasar hambre a los apegos. ¡Salud!
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