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El duelo después de unas elecciones

Todas las elecciones generan grandes dosis de apasionamiento para el que cree que puede ganar, y de incertidumbre para el que piensa qué será de él si las pierde, sobre todo si lleva mucho tiempo en política.

Hay personas que no se han dedicado a otra cosa que a ejercer la política, como ocurrió con Casado y podría pasar con Sánchez. ¿Qué pasa si esta opción laboral se acaba?

Me refiero al político que no ha sido elegido de nuevo. O al que pierde las elecciones y no le queda otro remedio que dimitir, como le ocurrió a Rivera. En estos casos, se suele producir un duelo. Surgen dudas y muchos por qué. ¿Qué ha pasado, cuál es el motivo de no ser reelegido, qué ha hecho su partido para tener resultado tan malo que lo ha dejado fuera del ejercicio de la política?

Al día siguiente de las elecciones cuando sabe que su puesto de trabajo no lo ejercerá a través de su escaño sea del Ayuntamiento, Diputación o Cortes Autonómicas o Generales, se da cuenta de lo que ha perdido. Lo primero, representar al pueblo. Le dolerá más con el más cercano, el que se encuentra en el mercado llenando la cesta de la compra, el que ve en el quiosco comprando la prensa o en el ascensor de la comunidad de propietarios donde vive, …

De la noche a la mañana se desvanece todo. Sus ambiciones, sus proyectos, sus inquietudes, su manera de ver y entender el ejercicio de la política, … Lo harán otros, pero ya no será él o ella quien aporte su personalidad en la toma de dediciones.

Se dará cuenta que no le recoge el coche oficial, si lo tenía. Que ha perdido sus privilegios en el transporte público cuando iba a los plenos en el Congreso de los Diputados, si esta era su responsabilidad. Que sus ingresos se verán mermados hasta que encuentre otra ocupación.

Tiene que ser duro tenerlo todo a sus pies y perderlo después del escrutinio electoral. El duelo, el drama si lo hay, depende de la fortaleza de cada uno. Tiene que ser fuerte, ya se que es fácil decirlo. Seguro que no imagina lo fuerte que puede llegar a ser en esa situación, pero la evidencia afirma que ser fuerte es la última alternativa que tiene. Por lo tanto, tiene que ejercerla.

Algunos dirán que se han visto realizados con su trabajo, que no les supone ningún dolor perder el poder que han tenido. Sospeche de esa sinceridad. Como decía Azorín, “la sinceridad cuesta mucho. Creemos muchas veces que somos sinceros y no los somos”.

Conozco algunos casos de personas de ideologías distintas que les costó mucho superar este duelo. Pero rehicieron su vida, no queda otra. Indirectamente a través de la política o desarrollando su trabajo en otra cosa, volviendo a su anterior responsabilidad en el mercado laboral si la tenía o emprendiendo una nueva. Ya lo decía John F. Kennedy al manifestar que “el cambio es la ley de la vida. Aquellos que solo miran al pasado, o al presente, seguramente perderán el futuro”. Pues eso.

Está claro todo esto para el político que no es reelegido, pero ¿qué pasa con los daños colaterales, con los perjudicados que sin ser políticos ni estar en primera línea, se ven envueltos en un despido improcedente porque quien le contrató ya no tiene el poder para mantenerte en tu puesto? Imagine que ese puesto de trabajo, además, es el resultado del esfuerzo y la dedicación de muchos años y que lo tenía por una promoción interna por sus propios méritos.

Supongo, y espero, que los criterios del ganador sobre el perdedor sean objetivos, no cesar a uno para poner a otro que, además, es su amigo. Conozco un caso reciente donde un técnico en un puesto relevante de la Comunidad Valenciana recibió una comunicación de su despido sin previo aviso, aunque fuera con la indemnización correspondiente. Debería articularse un método para esto, si no lo hay, y que los ceses no sean arbitrarios después de unas elecciones donde cambia el partido político administrador. En caso contrario, perdemos todos. Si el cesado hacía su trabajo con eficacia, como así ocurría, ¿por qué se le cesa?

Si estos criterios no son objetivos, corremos el peligro del clientelismo político de tiempos remotos. Espero que no sea este el sistema de cese, ¿verdad?

Pascual Rosser Limiñana

Colaborador de “El Consistorio”

Escritor

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Una historia de sentimientos, recuerdos y superación con el mar como trasfondo, donde el liderazgo y el compañerismo son imprescindibles entre sus protagonistas.

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Narro la partida, el exilio forzoso, cuando se deja todo sin mirar atrás buscando un mejor porvenir para tu familia, incluso para uno mismo. Y las cosas que pasan, algunas tremendas, hasta alcanzar la meta deseada, después de pasar experiencias que seguro les hubiera gustado no vivir.

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Tags: El Atril de Pascual Rosser Limiñana

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